Harry
La casa que compartía con Sienna en las colinas de la ciudad era inmensa, lujosa y pulcra, pero carecía por completo de calor. Era una estructura fría, un reflejo exacto del matrimonio que habíamos construido sobre las cenizas del despecho. Cada rincón derrochaba el dinero de la firma Lewis y la prepotencia decorativa de Sienna, pero en cuatro años, jamás se sintió como un verdadero hogar.
Entré al vestíbulo principal arrastrando el cansancio crónico de una jornada rústica en la oficina. Mi mirada se desvió de inmediato hacia el gran salón, donde mi pequeña hija, la luz de mis ojos oscuros, estaba sentada en la alfombra. Apenas tenía tres años, pero era una niña sumamente retraída, silenciosa y de una timidez que a veces me preocupaba profundamente. Casi no hablaba. Se pasaba las horas jugando sola, refugiada en su propio mundo.
—¡Harry! Al fin llegas —la voz chillona de Sienna interrumpió el silencio desde lo alto de las escaleras. Bajaba luciendo un vestido costoso y barios diamantes que titilaban bajo las luces de la sala—. Tienes que firmar los cheques para la servidumbre. Y por favor, dile a la nana que se lleve a la niña a su habitación. He tenido un dolor de cabeza crónico todo el día y no soporto sus balbuceos.
Sentí que la mandíbula se me ponía rígida por la rabia. Me acerqué a la niña y me agaché sobre mi cuerpo fornido para besar su frentecita, sintiendo una ternura verídica que solo ella lograba despertarme.
—Sienna, es tu hija. ¿Te cuesta tanto mostrarle un poco de afecto? —le siseé con mi voz ronca y fría, poniéndome de pie para encararla.
—Yo no nací para ser una niñera, Harry. Le doy todo lo que necesita: ropa de diseñador, la mejor habitación y un apellido pulcro —respondió ella con suficiencia y una gracia desalmada, cruzándose de brazos—. Además, tú nunca estás en casa. Te la pasas metido en la firma para evitarme, así que no me vengas a dar sermones de moral.
Sienna tenía razón en algo: yo no soportaba estar cerca de ella. Aunque me doliera en lo más profundo de mi orgullo militar y civil, casarme con ella había sido una condena autoimpuesta. El amor que alguna vez sentí con locura por Neya se había transformado en un fantasma que me perseguía en cada rincón, y el despecho me había atado a una mujer que no quería a nuestra propia hija.
Miré de reojo a la pequeña, quien jugaba con un bloque de madera sin levantar la vista, ajena a los gritos, pero sumida en una soledad que ningún lujo de internet o de la vida real podía llenar.
Sienna
Ver a Harry ignorarme para volcar toda su atención en esa niña me ponía muy furiosa. Me molestaba la debilidad que sentía por ella; me molestaba que esa mocosa tuviera los mismos ojos oscuros de la familia Lewis que a mí me volvían loca. Yo me había casado con el gran Harry Lewis para ser la reina de su mundo real, no para criar a una criatura retraída que ni siquiera derrochaba la viveza de nuestro apellido.
—Me voy a cenar con mis amigas, Harry. No me esperes despierto —anuncié con prepotencia, tomando mi bolso de diseñador de la mesa de entrada.
—Haz lo que quieras, Sienna. Siempre lo haces —respondió él sin mirarme, dándome la espalda con esa rústica indiferencia que venía arrastrando desde el día de nuestra boda.
Salí de la casa azotando la puerta, subiéndome a mi auto deportivo con una rabia sorda en el pecho. Habían pasado varios años desde que logré deshacerme de Neya Ricci, enviándola a podrirse tras las rejas de la prisión de Los Ángeles. Había manipulado la escena del accidente a la perfección, borrando a Tomás del mapa y asegurando mi lugar como la señora Lewis. Había ganado la guerra, sí, pero la victoria se sentía amarga.
Harry seguía siendo un témpano de hielo conmigo en la cama. Me tocaba por pura inercia, con una rústica frialdad que me destrozaba el orgullo, y yo sabía perfectamente que, aunque la odiara con el alma, él todavía seguía amando con locura a la mosquita muerta que destruyó a su hermano. Pero no me importaba. Neya estaba encerrada, pagando por un delito que yo cometí, y mientras ella siguiera tras las rejas, mi pulcro secreto estaría a salvo del mundo real.