Cicatrices del Pasado

Capítulo 8: Un nuevo comienzo

Neya

El sonido de la puerta metálica abriéndose por última vez fue el alivio más verídico que había sentido en cuatro años. La luz del sol golpeó mi rostro, cegándome por un instante, pero el aire fresco de la calle, cargado de la libertad que tanto soñé, me supo a gloria. No llevaba nada conmigo más que una mochila sencilla y la certeza de que mi vida empezaba de cero.

A unos metros, mis hermanos estaban esperando junto a un auto sencillo. Al verme, corrieron a abrazarme con una fuerza rústica que me devolvió el alma al cuerpo.

—Lo lograste, hermana —dijo mi hermano mayor, con la voz entrecortada por la emoción—. Te sacamos de este infierno. Ya no tienes que esconderte de nadie.

—Gracias —respondí, dejando que las lágrimas corrieran por mis mejillas sin la vergüenza de los muros de la prisión—. No sé qué voy a hacer, no sé cómo empezar...

—Ya tenemos un plan —respondió él, entregándome una carpeta—. Eres maestra ahora, Neya. No dejaste que te quitaran el título. Conseguimos que te entrevisten en un kínder privado muy reconocido en la zona norte de la ciudad. Tienen vacantes para maestras auxiliares y tu perfil encaja perfecto.

La idea de volver a estar frente a niños, de compartir mi conocimiento y mi paciencia, me devolvió una chispa de felicidad que creí haber perdido para siempre. Pasé la entrevista con una gracia y una seguridad que ni yo misma reconocía. Me contrataron de inmediato. Era el primer paso para reconstruir mi reputación y mi existencia.

Perspectiva de la escena (Narrador)

La primera semana de Neya en el kínder fue un aprendizaje constante. Aprendió a conectar con los niños, a usar su dulzura natural para apaciguar el caos del aula y a recuperar el sentido de propósito que le habían robado. Pero una niña en particular llamó su atención desde el primer día: era pequeña, de ojos oscuros muy expresivos, y siempre se mantenía al margen de los juegos grupales.

Se llamaba Alicia. Era una niña retraída, silenciosa, que observaba todo con una tristeza rústica y prematura.

—Alicia, ¿quieres jugar con nosotros? —le preguntó Neya un día, acercándose a ella con una sonrisa limpia, entregándole un crayón rojo.

La niña la miró con atención, analizando su rostro, y después de unos segundos, habló con un hilo de voz:

—Mi mamá dice que los niños que hacen ruido son molestos. Y mi papá... mi papá nunca está.

Neya sintió un pinchazo de angustia en el pecho. Comprendió de inmediato que esa pequeña cargaba con una soledad que no le correspondía. A medida que pasaban las semanas, Neya se convirtió en su refugio, la única persona que escuchaba sus silencios y le dedicaba la atención que en su hogar no recibía. Lo que Neya no sospechaba —ni siquiera en sus sueños más locos— era que, en la ficha de inscripción del kínder, el nombre de los padres de Alicia aparecía claramente: Harry Lewis y Sienna Mouth.

El destino estaba a punto de cruzar sus caminos de una forma que ni el despecho de Harry ni la maldad de Sienna podrían impedir por mucho tiempo.




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