Neya
Ver a la pequeña Alicia llegar al kínder todos los días se había convertido en el motor de mis mañanas. Era una niña preciosa, pero cargaba con una timidez y un aislamiento que me rompían el corazón. Mientras los demás niños corrían por el patio y derrochaban energía con varios juegos, ella se sentaba en la esquina del salón con sus crayones, dibujando en absoluto silencio. Su retraimiento no era normal; era el reflejo de un vacío emocional profundo.
Me acerqué a ella con cuidado, sentándome en una silla pequeña a su lado para anular la distancia sin invadir su espacio.
—Es un dibujo hermoso, Alicia —le dije en un hilo de voz dulce, acariciando su cabello—. ¿Quiénes son las personas que pintaste?
La niña me miró con sus ojos oscuros, unos ojos que extrañamente me daban un vuelco salvaje en el corazón, provocándome una familiaridad verídica que no lograba comprender.
—Esta soy yo —dijo, señalando una figura pequeña y solitaria—. Y este es mi papá. Pero siempre lo pinto lejos porque él trabaja mucho en su oficina y casi nunca está en la casa.
—¿Y tu mamá? —pregunté con delicadeza, notando que no había ninguna figura materna en el papel.
La pequeña bajó la mirada, apretando el crayón con sus manos temblorosas.
—A mi mamá Sienna no le gusta que la dibuje. Ella dice que no tiene tiempo para estas cosas y se enoja si le ensucio sus vestidos bonitos. Ella no me quiere, maestra Neya... siempre me dice que soy una molestia y se va de fiesta con sus amigas.
Un nudo rústico y amargo se me formó en la garganta. Sentí una rabia verídica hacia esa mujer, esa tal Sienna, que trataba con semejante desprecio a una criatura tan pulcra e inocente. Alicia buscó refugio en mis brazos, y yo la abracé con una fuerza protectora, prometiéndome a mí misma que en mis horas de clase ella jamás se sentiría sola o rechazada. Sabía que tenía que intervenir; el bienestar de la niña estaba en juego y, como su maestra, era mi deber citar al padre para hablar seriamente de lo que estaba ocurriendo en ese hogar.
Perspectiva de la escena (Narrador)
Con el paso de las semanas, el cambio en Alicia fue evidente para todo el personal del kínder. Gracias a la paciencia, la gracia y los dulces estímulos de Neya, la niña empezó a sonreír más, a interactuar con varios compañeros y a derramar una alegría que tenía guardada bajo llave. El aula de clase se convirtió en su verdadero santuario del mundo real.
Neya, decidida a que la situación familiar de la niña mejorara, llenó el formulario de citación oficial. En el sobre pulcro, escribió con letras firmes la solicitud para una reunión urgente con el tutor legal de la menor.
Ella no sabía que ese pedazo de papel llegaría directamente a las manos de Harry Lewis. Tampoco imaginaba que la "mamá Sienna" de la que la niña hablaba con tanta tristeza era Sienna Mouth, la mujer que años atrás le había robado la libertad, el futuro y al amor de su vida. Las cartas estaban sobre la mesa, y el reencuentro que detendría el tiempo para ambos estaba a solo una firma de distancia.