Cicatrices del Pasado

Capítulo 10: Cara a cara con el pasado

Harry

La citación del kínder de Alicia estaba sobre mi escritorio de la firma Lewis, justo al lado de un fajo de contratos rústicos que no había podido revisar en toda la mañana. "Reunión urgente con la maestra titular por el bienestar de la menor", decía el papel con un sello pulcro. Sentí un vuelco salvaje de preocupación en el pecho. Sabía perfectamente que Alicia era una niña retraída, pero que la escuela interviniera significaba que la frialdad de Sienna en casa estaba dejando huellas crónicas en mi hija.

Me puse de pie, ajustando mi saco sobre mi cuerpo fornido, y salí hacia el estacionamiento. Conducir por las calles de Los Ángeles me daba demasiado tiempo para pensar, y mi mente seguía siendo una maraña caótica.

Al llegar al kínder, el ambiente derrochaba una alegría infantil que contrastaba con el invierno que yo cargaba por dentro. Una de las directoras me guio por el pasillo pulcro hasta la pequeña oficina de atención a los padres.

—La maestra de Alicia ya viene, señor Lewis. Ella está terminando de acomodar a los niños para la siesta —dijo la mujer con amabilidad.

Me quedé de pie, de espaldas a la puerta, observando los dibujos coloridos pegados en las paredes. Escuché el sonido de la puerta abrirse y unos pasos ligeros y decididos entrar.

—Buenas tardes, lamento la demora, señor Lewis... —la voz que pronunció mi apellido era un hilo de suavidad que me congeló la sangre en las venas.

Ese tono, esa melodía rústica y dulce que había escuchado en mis sueños y en mis peores pesadillas durante cuatro largos años. Me giré con una lentitud rústica, sintiendo que el aire abandonaba mis pulmones por completo. Frente a mí, sosteniendo una carpeta contra su pecho, estaba Neya.

No llevaba el uniforme gris de la prisión, sino un vestido sencillo y pulcro que resaltaba su belleza natural. Su cabello estaba recogido y sus ojos, esos ojos que me habían mirado con locura en el campus universitario, se abrieron de golpe al reconocerme. El tiempo en el mundo real se detuvo. No supe qué sentí en ese maldito segundo: si una rabia ciega que me quemaba las entrañas por recordar a Tomás, o una alegría verídica, salvaje y posesiva de volver a verla viva, libre y respirando el mismo aire que yo.

Neya

El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí que se me salía del pecho. La carpeta que sostenía tembló en mis manos. El hombre de 1.85 de altura, de hombros anchos y mirada oscura e imponente que estaba frente a mí no era un padre de familia cualquiera. Era Harry. El amor de mi vida, el hombre que me había prometido un futuro pulcro antes de juzgarme, culparme y abandonarme a mi suerte en una celda fría.

Tardé varios segundos en procesar lo que mi mente ya estaba uniendo con una velocidad vertiginosa. Alicia... Alicia tenía sus mismos ojos oscuros. Alicia era una Lewis. Y su "mamá Sienna", la mujer desalmada que no la quería... era Sienna Mouth.

La prepotencia del destino me golpeó con fuerza. Estaba frente al hombre que todavía habitaba en mis recuerdos más dolorosos, cuidando a la hija que había tenido con la mujer que me destruyó la vida. La timidez corporal que me había dejado la prisión desapareció, reemplazada por una dignidad de hierro. Di un paso al frente, anulando la distancia, y sostuve su mirada fría con la barbilla en alto.

—¿Harry? —mancillé, forzando a mi voz a sonar firme, pulcra y sin el llanto que amenazaba con romperme por dentro.

—¿Qué haces tú aquí? —siseé él con su voz ronca, dando un paso hacia mí con una rigidez corporal que derrochaba peligro. Sus ojos oscuros destellaban una furia crónica—. ¿Qué hace una asesina en libertad

cuidando a mi hija?

El insulto me caló hondo, pero ya no era la universitaria indefensa del hospital. El mundo real me había hecho fuerte tras las rejas, y no iba a permitir que me pisoteara de nuevo.




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