Neya
La palabra "asesina" resonó en las paredes de la pequeña oficina del kínder, rompiendo la paz del lugar como un golpe rústico. Cuatro años atrás, ese insulto me habría destruido, pero el dolor de la prisión me había templado el alma. Di un paso firme hacia adelante, anulando la distancia que nos separaba, obligando a Harry a sostener la mirada limpia y digna que le dedicaba.
—Mídete, Harry Lewis —le siseé con una voz firme y pulcra, conteniendo la maraña de emociones que amenazaba con desbordarse—. Estás en mi lugar de trabajo y exijo que me respetes. No te permito que me hables con esa prepotencia.
—¿Respeto? ¿Deberías estar tras las rejas y me pides respeto? —rugió él en un hilo de voz bronca y ahogada, apretando sus puños grandes sobre el escritorio con una rigidez corporal que derrochaba furia—. Se te dieron siete años por el accidente donde murió Tomás. Siete años. ¿Qué haces afuera caminando por el mundo real como si nada hubiera pasado?
—Salí por buena conducta y porque demostré barios méritos académicos tras las rejas —respondí, manteniendo la barbilla en alto, aunque mi corazón daba un vuelco salvaje por tenerlo tan cerca—. Pero, sobre todo, estoy afuera porque yo pagué una condena siendo completamente inocente, Harry.
Harry soltó una carcajada rústica y amarga, una burla que reflejaba la ceguera crónica en la que vivía.
—Sigues con la misma mentira de la universidad, Neya. La escena del crimen no mentía. Las pruebas apuntaban a ti.
—¡Porque la escena fue manipulada! —le grité de vuelta, perdiendo la paciencia, sintiendo que las lágrimas de impotencia querían salir, pero me las tragué por puro orgullo—. Yo no conducía esa noche, Harry. El que iba al volante era tu hermano Tomás. A nosotros nos echaron algo en los tragos en ese club, y la única persona que sabía exactamente dónde estábamos y que llegó sospechosamente rápido al accidente fue Sienna. Ella armó todo este infierno.
—No metas a mi esposa en esto —siseó Harry con una suficiencia gélida, aunque sus ojos oscuros parpadearon por un microsegundo, denotando una leve duda que intentó aplastar de inmediato—. Sienna ha estado conmigo cuidando lo que dejaste roto.
—Sienna Mouth no te ama, Harry. Ella solo está obsesionada contigo —sentencié con una calma verídica que pareció congelar el ambiente—. Y si viniste aquí como tutor legal, hablemos de lo importante: hablemos de tu hija Alicia. Ella es una niña sumamente retraída porque su madre la trata como una molestia y porque tú nunca estás en casa. Tu odio hacia mí te ha dejado ciego ante el desastre de tu propia familia.
Harry
Sus palabras me golpearon el pecho con la fuerza de un impacto rústico. Verla defender su inocencia con tanta vehemencia, vistiendo ese vestido sencillo con una dignidad pulcra que no encajaba con la imagen de un monstruo, me causó una confusión destructiva en la mente. Quería odiarla, necesitaba odiarla para justificar el dolor crónico por la pérdida de Tomás, pero tenerla a centímetros de mí, oliendo a esa pureza que me volvía loco en el campus universitario, me estaba quebrando las defensas.
—No sabes nada de mi hija —alcancé a decir con mi voz ronca, intentando recuperar mi habitual temperamento duro.
—Sé más que tú, porque yo soy quien la escucha todos los días mientras dibuja sola en un rincón —me interrumpió Neya, con una mezcla de lástima y firmeza que me caló hondo—. Alicia necesita atención, Harry. Necesita amor verídico, no los lujos vacíos con los que Sienna intenta tapar su desprecio. Si viniste a atacarme, puedes irte; pero si viniste por la niña, siéntate y escúchame como el padre que ella merece que seas.
Me quedé estático, atrapado entre la rabia y una alegría irracional, salvaje y posesiva por volver a tenerla frente a mí. Mi mente era un caos absoluto. La firmeza de Neya no era la de una culpable; derrochaba la pulcritud de quien ha sido pisoteado injustamente.
Miré la carpeta que reposaba sobre la mesa y luego a ella. Sin decir una sola palabra más, di la vuelta y salí de la oficina a pasos rápidos, arrastrando una tormenta en mi cabeza. El nombre de Sienna y las acusaciones de Neya empezaban a dar vueltas en mi mente como un veneno letal, abriendo una grieta en la verdad que creí poseer durante varios años.