Neya
Pasan los meses y el kínder se convierte en el escenario de un milagro silencioso. Alicia ya no es la niña sumamente retraída que se escondía en los rincones del salón. Bajo mi cuidado, su timidez crónica comenzó a desvanecerse; ahora derrocha una alegría limpia, corre por el patio con sus compañeros y su risa es el sonido más pulcro de mis mañanas. Le he dado el amor verídico que su propia madre le niega, y la afinidad entre las dos ha crecido hasta volverse un lazo indestructible.
Sin embargo, mientras el alma de la niña se sana, mi mente no deja de trabajar en una maraña de recuerdos del pasado.
Una tarde, mientras ordenaba los expedientes académicos del aula, me quedé observando la ficha de inscripción de Alicia. Al ver el nombre completo de la madre escrito con tinta negra, "Sienna Mouth", una oleada de frío rústico me recorrió la columna vertebral. Los recuerdos de la universidad regresaron de golpe a mi mente con una claridad verídica y aterradora.
"Todo cuadra", me siseé a mí misma en la soledad del salón vacío.
A Sienna siempre le gustó Harry. Estaba obsesionada con él con una prepotencia de diva que rayaba en la locura. Recordé su perfume empalagoso cruzándose en nuestro camino en el campus, sus amenazas crónicas grabadas en las páginas de chismes estudiantiles, y la forma tan extraña en que apareció en la carretera del accidente antes que las propias ambulancias. Ella sabía que Tomás y yo saldríamos a festejar esa noche. Ella pagó para que nos echaran algo en los tragos. Ella nos siguió, esperó el impacto rústico del auto contra el muro de contención y, aprovechándose de mi inconsciencia y de la muerte de Tomás, movió los cuerpos para culparme.
Sienna manipuló la escena para destruir mi vida pulcra, meter de cabeza a mi alma en la cárcel y aprovecharse de la debilidad y el dolor de Harry para casarse con él por despecho. Sentí un vuelco salvaje de rabia en el pecho. Había pagado cuatro años de prisión por un delito que no cometí, pero la verdad ya no estaba oculta en mi cabeza. Las piezas del rompecabezas encajaban a la perfección.
Perspectiva de la escena (Narrador)
Mientras Neya unía los hilos de la traición en el aula de clases, en la firma de abogados Lewis la tensión se sentía más alta de lo normal. Harry pasaba las tardes de pie frente al gran ventanal de su oficina, ignorando los contratos de artillería legal, con la mandíbula rígida por una frustración crónica.
Las palabras de Neya en el kínder se habían convertido en un eco molesto en su cabeza: "Yo pagué una condena siendo completamente inocente... Sienna armó todo este infierno".
Harry intentaba aferrarse a su temperamento duro, al desprecio que se obligó a sentir varios años para sobrevivir a la pérdida de su hermano, pero la duda ya había echado raíces en su orgullo. Sabía perfectamente que su matrimonio con Sienna era un desierto sin alma, que ella derrochaba una gracia falsa ante la sociedad, pero trataba a su propia hija con una indiferencia rústica. La firmeza y la dignidad con la que Neya lo había encarado no eran las de una asesina cínica; eran las de una mujer pulcra que exigía justicia.
El mundo real de Harry Lewis comenzaba a tambalearse, atrapado entre el recuerdo del amor con locura que aún sentía por su antigua prometida y la sospecha de que la mujer con la que compartía el techo era un monstruo capaz de haber reescrito la historia con sangre.