Harry
Llegar a casa por la noche se había vuelto una rutina rústica y pesada, pero ver a Alicia esperándome en el gran salón lograba aplacar un poco la maraña de pensamientos que cargaba desde mi encuentro con Neya. Me agaché sobre mi cuerpo fornido para quedar a su altura, notando de inmediato que la niña derrochaba una gracia y una alegría que varios meses atrás eran imposibles de ver en ella. Estaba concentrada, iluminando una hoja de papel pulcro con sus crayones.
—Hola, mi princesa —le dije con mi voz ronca, suavizando el temperamento duro que me caracterizaba en la oficina—. ¿Qué estás dibujando hoy?
Alicia alzó la vista, con sus ojos oscuros brillando con una emoción verídica. —¡Hola, papá! Mira, dibujé el salón de clases del kínder. Esta de aquí, con el vestido bonito, es mi maestra Neya —explicó, señalando la figura con un orgullo infantil que me provocó un vuelco salvaje en el pecho. Sostener el nombre de Neya en mi propia casa me causaba una debilidad crónica.
—Te quedó muy bonita, Alicia —mancillé, intentando mantener la suficiencia ante mi hija—. ¿Y quién es el que está a su lado con esa guitarra?
—¡Es el profesor de música! —respondió la niña con picardía, derramando una sonrisa limpia—. Él es sumamente bueno, papá. Siempre que va a nuestro salón a darnos clase, le lleva rosas hermosas o dulces pulcros a la maestra Neya. Todos en el kínder dicen que se ven muy bien juntos.
Sentí que la mandíbula se me ponía rígida por completo y una oleada de calor rústico me quemó las entrañas. ¿Rosas? ¿Dulces? ¿Un intruso intentando ganarse el corazón de la mujer que me había pertenecido? Aunque me obligara a odiarla, la sola idea de otro hombre anulando la distancia con Neya, tocando sus manos o haciéndola reír como yo lo hacía en el campus universitario, me despertó unos celos posesivos, salvajes e irracionales.
—¿Ah, sí? ¿Y la maestra Neya recibe esas rosas, Alicia? —pregunté en un hilo de voz helada, intentando ocultar la furia crónica que me destrozaba el orgullo.
—Sí, ella sonríe mucho cuando él llega —asintió la pequeña con timidez infantil, volviendo a su dibujo sin notar que acababa de desatar un infierno en mi cabeza.
Me puse de pie con una rigidez corporal absoluta. No podía permitir esto. No sabía qué hacer con la maraña de dudas sobre el pasado, pero de algo estaba verídicamente seguro en mi fuero interno: todavía amaba a Neya con una locura destructiva, y no iba a quedarme de brazos cruzados viendo cómo otro hombre entraba en su vida real.
Perspectiva de la escena (Narrador)
Mientras Harry intentaba digerir el veneno de los celos en la sala de su casa, Sienna bajaba las escaleras portando un vestido de diseñador y derrochando su habitual prepotencia. Miró a su esposo y a su hija con un desprecio crónico, ignorando por completo el dibujo de la niña.
—Harry, ¿te pasa algo? Tienes la cara rígida como si fueras a matar a alguien —siseé Sienna con suficiencia, acomodándose los diamantes de sus muñecas.
—No me pasa nada, Sienna. Déjame en paz —sentenció Harry con su voz ronca y helada, dándole la espalda por completo y caminando hacia su despacho privado.
Sienna soltó una queja rústica y se marchó con sus amigas, ajena a la tormenta que se gestaba. En la mente de Harry, una decisión estaba tomada. A partir del día siguiente, ya no dejaría que la nana o el chofer se encargaran de los traslados de la niña. Él mismo iría a llevar y a buscar a Alicia al kínder. Se obligaría a irrumpir en el mundo real de Neya, varios días seguidos si era necesario, solo para vigilar al profesor de música y descubrir quién era el intruso que osaba acercarse a la mujer que, a pesar de los años, la prisión y la sangre, seguía siendo dueña de su alma entera.