Neya
El silbato que marcaba el final de las clases del kínder resonó en el patio pulcro, y los niños corrieron entusiasmados hacia la salida. Yo estaba terminando de abrochar la mochila de Alicia cuando la puerta del salón se abrió de golpe, revelando una silueta imponente que me congeló los sentidos.
Harry estaba allí, parado bajo el umbral, con su imponente presencia y portando un traje de la firma que resaltaba su cuerpo fornido. Sus ojos oscuros escanearon el aula con una suficiencia rústica que se transformó en una fijeza absoluta al cruzarse con los míos. El corazón me dio un vuelco salvaje; no esperaba verlo dos días seguidos, ya que antes barios choferes se encargaban de la niña.
—¡Papá! —gritó Alicia con una alegría verídica, corriendo a abrazar sus piernas rústicas.
—Hola, mi princesa —mancilló Harry con su voz ronca, pero su mirada no se despegaba de mí ni un solo milímetro, anulando mentalmente la distancia que nos separaba.
En ese preciso instante, unos pasos ligeros se escucharon a mi espalda. El profesor de música entró al salón, portando su guitarra y derrochando esa gracia amable de siempre. Tenía en su mano un pequeño paquete de dulces pulcros que solía traerme para amenizar la jornada.
—Neya, te dejé las partituras en... —el profesor se interrumpió al notar el ambiente gélido del aula.
La mandíbula de Harry se puso rígida al instante. Dio un paso al frente con una rigidez corporal que derrochaba peligro, clavándole al músico una mirada cargada de una furia crónica y unos celos posesivos tan evidentes que me hicieron morder el labio por la timidez de la escena. Harry se interpuso sutilmente entre el profesor y yo, marcando territorio con una prepotencia salvaje que me devolvió de golpe a nuestros años de universidad.
—Buenas tardes —siseé Harry con un tono helado y cortante, tomando la mano de Alicia con firmeza—. Nos retiramos. Vámonos, Alicia.
Me mantuve firme, con la barbilla en alto, sosteniendo su mirada posesiva antes de que diera la vuelta. Sentí una maraña de emociones en mi pecho; por un lado, rabia por su actitud rústica tras haberme juzgado y metido a la cárcel, pero por el otro, una debilidad crónica en mi fuero interno al ver que, a pesar de todo, él seguía sintiendo una locura irracional por mí.
Harry
Ver al maldito profesor de música entrar con esa gracia ridícula y barios dulces para Neya hizo que el temperamento duro de los Lewis me quemara las venas con un odio rústico. Me costó mucho autocontrol no romperle la guitarra en el cabeza ahí mismo. La sola idea de que ese intruso intentara cortejar a Neya, que viera la pulcritud de su sonrisa todos los días mientras yo estaba atrapado en un matrimonio sin alma con Sienna, me estaba volviendo loco.
Subí a Alicia al auto con movimientos rápidos, arrastrando una frustración crónica en mi mente.
—Papá, ¿por qué miraste feo al profesor de música? Él es muy bueno con la maestra Neya —preguntó la niña desde el asiento trasero con timidez infantil.
—Solo aseguraba que todo estuviera en orden en tu kínder, Alicia —le respondí en un hilo de voz ronca, apretando el volante con una fuerza rústica que hizo que mis nudillos se pusieran blancos.
Tenía una maraña inmensa en la cabeza. Llevaba varios días yendo personalmente a buscar a mi hija solo para espiarla, solo para ver quién se le acercaba. No podía seguir negándolo ante el mundo real: la amaba con una locura destructiva. La odiaba por lo que creía que le había hecho a Tomás, pero la deseaba y la celaba con una posesividad salvaje que me carcomía el orgullo. Necesitaba respuestas, necesitaba que esta maldita confusión terminara antes de que los celos terminaran por destruirme a mí mismo.