Cicatrices del Pasado

Capítulo 15: El pánico de Sienna

Sienna

El frasco de perfume de cristal estalló contra el espejo del tocador, esparciendo varios fragmentos brillantes por todo el suelo pulcro de mi habitación. El olor empalagoso inundó el aire, pero no lograba calmar la furia crónica y el pánico salvaje que me atenazaban el pecho.

—¡No puede ser! ¡Esa maldita muerta de hambre está libre! —siseé para mis adentros, caminando de un lado a otro con una rigidez corporal absoluta.

Me había enterado esa misma tarde por un descuido de la nana, quien mencionó que una "maestra Neya" adoraba a Alicia. El nombre Ricci y Mouth volvieron a chocar en mi cabeza. Cuatro años de tranquilidad en el mundo real se vinieron abajo en un segundo. Si esa mosquita muerta estaba cerca de mi hija y de Harry, era cuestión de tiempo para que la venda de despecho que le puse a mi esposo se cayera por completo. Tenía que actuar con prepotencia y rapidez antes de que descubrieran que yo alteré la escena de la universidad.

Escuché los pasos rústicos de Harry en el pasillo y abrí la puerta con brusquedad. Él portaba su traje de la firma, pero su rostro derrochaba ese temperamento duro y distante que me dedicaba varios años atrás.

—¡Harry! Tenemos que hablar ahora mismo —le grité, perdiendo toda gracia de diva, derramando una desesperación que intenté camuflar con timidez verídica—. Esa mujer... Neya Ricci está libre. Es la maestra de nuestra hija. ¡Es una asesina, Harry! Tienes que usar tus influencias en la firma para inventar cargos, lo que sea necesario, ¡pero muévete para que la vuelvan a meter a la cárcel de inmediato! No podemos tener a un monstruo cerca de Alicia.

Harry

Ver a Sienna descompuesta, gritando con una locura crónica que rayaba en la histeria, me provocó un vuelco salvaje de rechazo en el estómago. Me quedé estático, cruzándome de brazos sobre mi cuerpo fornido, observándola con una suficiencia fría que pareció congelar sus palabras.

—Cálmate, Sienna —sentencié con mi voz ronca y helada, manteniendo una calma rústica que la enfureció más.

—¡¿Cómo me pides que me calme?! ¡Esa tipa mató a Tomás! —rugió ella, acercándose para anular la distancia, tocando mi brazo con una prepotencia que me hizo retroceder—. Llama a la policía. Inventa que amenazó a la niña o que falsificó sus méritos académicos en la prisión. Tú eres el mejor abogado de la ciudad, haz que la encierren y limpien nuestro apellido pulcro.

Miré a mi esposa fijamente. Las palabras de Neya en el kínder regresaron a mi mente con una claridad verídica: "Ella armó todo este infierno... Tu odio hacia mí te ha dejado ciego".

Analicé el rostro de Sienna. No vi la preocupación pulcra de una madre; vi el pánico crónico de un criminal acorralado. Por primera vez en cuatro años, su manipulación rústica no surtió efecto en mí. El veneno de los celos que sentía por el profesor de música y el amor con locura que todavía me quemaba las entrañas por Neya me hicieron ver las cosas con una lucidez rústica.

—No voy a inventar pruebas, Sienna. No voy a meter a la cárcel a nadie sin fundamentos —siseé con mi voz ronca, apartando su mano de un tirón—. Neya ya pagó una condena ante la ley del mundo real. Si está en el kínder, es porque el sistema la avala. Deja de meterte en este asunto.

—¡Lo haces porque la sigues amando! ¡Sigues obsesionado con esa muerta de hambre! —gritó ella con una rabia desalmada.

No le respondí. Le di la espalda con un desprecio absoluto y caminé hacia mi despacho, cerrando la puerta rústica tras de mí. Mi mente era un caos absoluto, pero una grieta inmensa se había abierto en mi orgullo: Sienna tenía demasiado miedo, un miedo verídico que no encajaba con la inocencia. Necesitaba descubrir la verdad detrás de ese maldito accidente, por la memoria de Tomás y por el alma de Neya.




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