Cicatrices del Pasado

Capítulo 17: El hilo de la verdad

Perspectiva de la escena (Narrador)

Marcus no era un detective común; poseía una suficiencia meticulosa que infundía temor en el bajo mundo de la ciudad. Menos de varios días le tomaron desenterrar lo que la policía, cegada por la prisa y los informes manipulados, pasó por alto cuatro años atrás. Su primera parada en el mundo real fue el antiguo club nocturno del campus universitario, buscando el eslabón más débil de la cadena: el barman que estuvo de turno la noche del accidente.

Tras una rústica y tensa confrontación en un callejón oscuro, el dinero y la presión de Marcus hicieron que el hombre derramara una confesión verídica que le heló la sangre. El barman admitió, con un hilo de voz tembloroso, haber recibido una fuerte suma en efectivo de una mujer rubia y de una prepotencia innegable. La descripción coincidía a la perfección con Sienna Mouth. Ella le había entregado un polvo químico crónico para que lo vertiera en los tragos de Tomás Lewis y Neya Ricci.

Pero esa no fue la pista más rústica que Marcus descubrió.

Al revisar varios registros archivados de una cámara de seguridad civil de una estación de gasolina ubicada a dos kilómetros de la curva fatal, el detective encontró el golpe de artillería definitivo. En el video pulcro, grabado minutos antes del impacto rústico, se veía claramente el auto de Tomás perdiendo el control por el efecto de la sustancia; y justo detrás, a escasos metros, una silueta deportiva de alta gama: el auto de Sienna, siguiéndolos como un buitre en la penumbra de la carretera mojada.

Harry

Marcus entró a mi oficina de la firma Lewis sin llamar, cerrando la puerta rústica a sus espaldas con una rigidez corporal que me hizo ponerme de pie de inmediato sobre mi cuerpo fornido. El corazón me dio un vuelco salvaje en el pecho.

—Dime que lo tienes —siseé con mi voz ronca, sintiendo una debilidad crónica en las rodillas.

—Es peor de lo que imaginabas, Harry —mancilló el detective, arrojando una carpeta pulcra y barios archivos digitales sobre mi escritorio de madera—. Neya Ricci siempre tuvo la frente en alto porque decía la verdad. Tu esposa, Sienna Mouth, planeó todo. Ella pagó para que los drogaran en el club.

Marcus le dio play a la pantalla de mi computadora. Mis ojos oscuros se abrieron de golpe, fijos en las imágenes del video del mundo real. Sentí que la mandíbula se me ponía rígida por la rabia, una furia crónica y devastadora que me quemó las entrañas. Allí estaba el auto de Sienna, persiguiéndolos. Ella esperó a que chocaran. Ella sacó a Tomás del asiento del conductor sabiendo que estaba muerto, arrastró a Neya inconsciente frente al volante y alteró cada rastro para destruir a la mujer que yo amaba con locura.

—Mató a mi hermano... —el susurro salió de mi garganta como un rugido ahogado, roto por un dolor rústico que me destrozó el orgullo militar y civil—. Sienna mató a Tomás. Y yo... yo metí al amor de mi vida en un infierno por cuatro años por culpa de su maldito despecho y manipulación.

El veneno de los celos posesivos que sentía por el profesor de música desapareció en un segundo, devorado por una culpa mortal y un asco absoluto hacia mí mismo. Había sido ciego. Había compartido mi cama, mi apellido y una hija con el monstruo que destruyó a mi familia. Con el temperamento duro de los Lewis hirviendo en mis venas, tomé los informes de Marcus y salí de la oficina a pasos salvajes. El mundo real iba a temblar, porque estaba listo para encarar a Sienna y arrastrarla ante la justicia, antes de caer de rodillas a pedirle perdón a Neya.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.