Cicatrices del Pasado

Capítulo 18: El colapso del imperio de mentiras

Harry

El trayecto desde la firma Lewis hasta las colinas de la ciudad fue un viaje rústico a través del mismísimo infierno. Conducía con una rigidez corporal absoluta, apretando el volante con una furia crónica que amenazaba con desbocarse. En el asiento del copiloto, la carpeta pulcra con los informes de Marcus parecía quemar el aire.

Sienna mató a mi hermano. Sienna sepultó en vida a Neya.

Crucé el umbral de la casa azotando la puerta rústica principal. El eco alertó de inmediato a Sienna, quien bajaba las escaleras luciendo un vestido costoso y derrochando esa prepotencia de diva que ahora me causaba un asco mortal.

—¡Harry! ¿Qué son estos modos? Pareces un animal... —su voz chillona se cortó en un hilo seco cuando me acerqué a ella, anulando los centímetros de distancia con una zancada salvaje e imponente.

—¡Cállate! —rugió mi voz ronca, un sonido tan desgarrador que la hizo retroceder con una timidez verídica. Le arrojé los papeles de Marcus directo al rostro, haciendo que las fotografías de la estación de gasolina y las transcripciones del barman volaran por todo el salón pulcro—. ¡Míralas, Sienna! ¡Mira la prueba de tu maldita maldad civil y criminal!

Sienna se agachó con torpeza, y a medida que sus ojos escaneaban los varios registros del mundo real, el color de su rostro desapareció por completo. Su suficiencia se transformó en un pánico rústico y asfixiante.

—Harry... mi amor, esto... esto es una trampa, alguien quiere destruir nuestro matrimonio pulcro... —balbuceó, intentando tocar mi brazo con manos temblorosas.

—¡No me toques! —le siseé con un desprecio absoluto, apartándome como si fuera una hiedra venenosa—. Lo sé todo. Pagaste para que los drogaran. Seguiste el auto de Tomás en tu deportivo. Esperaste que chocaran y arrastraste el cuerpo inconsciente de Neya para ponerla detrás del volante. Mataste a mi hermanito, Sienna... ¡y condenaste a la mujer que yo amaba con locura por un crimen que tú cometiste!

Sienna

El mundo real se desmoronaba bajo mis pies con la fuerza de un impacto de artillería pesada. Al ver las fotos de mi auto deportivo esa noche en la pantalla de la laptop que Harry sostenía, comprendí que mi imperio de despecho y manipulación rústica había terminado. La mirada inyectada en sangre de mi esposo derrochaba un odio tan letal que supe que no había marcha atrás.

—¡Lo hice por ti, Harry! —grité, perdiendo por completo la gracia y la cordura, dejando que las lágrimas de rabia y desesperación arruinaran mi maquillaje pulcro—. ¡Ella no te merecía! Yo te amaba con una locura destructiva varios años antes de que apareciera esa mosquita muerta. Tomás solo fue un daño colateral... ¡tú tenías que ser mío, tenías que darme tu apellido y tu vida!

—Eres un monstruo, Sienna —me siseé Harry, con una frialdad helada que me congeló el alma en el pecho. Su temperamento duro se había transformado en una pared de metal indestructible—. No te di mi vida; me la robaste. Pero la farsa se acabó.

Dos oficiales de la policía, alertados previamente por el detective de la firma, cruzaron la puerta principal en ese instante. Al ver las esposas de metal brillante, solté un grito rústico de prepotencia frustrada. Los guardias sujetaron mis brazos, anulando mi resistencia mientras me arrastraban hacia la salida, despojándome de mis vestidos bonitos, de mi orgullo y de mi libertad.

Giré la cabeza por última vez y vi a Harry de pie en medio del salón, derrochando una debilidad crónica en sus hombros. Había ganado mi apellido, sí, pero él jamás me perteneció. Ahora se quedaba solo en esa inmensa estructura sin alma, destruido por la culpa mortal de saber que la mujer que metió a la cárcel por cuatro años era completamente inocente.




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