Harry
El peso de la culpa mortal era un ancla rústica que me arrastraba hacia el abismo. No había dormido en toda la noche; la imagen de Sienna siendo arrastrada por la policía y el eco de los varios informes de Marcus se repetían en mi cabeza como una tortura crónica. Conducir hasta el kínder de Alicia fue el acto más difícil de mi existencia. Mi temperamento duro se había evaporado, dejando solo una debilidad crónica en el pecho y un vacío absoluto en mi orgullo de los Lewis.
Entré al salón de clases vaciado de alumnos. Neya estaba de espaldas, acomodando los varios juguetes pulcros en los estantes. Al escuchar mis pasos rústicos, se giró lentamente, sosteniendo su barbilla en alto con esa gracia y suficiencia limpia que la caracterizaba.
—Señor Lewis, la nana ya se llevó a Alicia. No entiendo qué hace aquí... —su voz, un hilo de suavidad pulcra, se cortó cuando vio mi rostro demacrado.
No pude sostenerle la mirada varios segundos. Mis ojos oscuros se humedecieron y, perdiendo toda la prepotencia militar y civil que alguna vez cargué, dejé caer mi cuerpo fornido de rodillas sobre el suelo frío del aula. Frente a ella. Frente a la mujer que destruí por despecho.
—Perdóname, Neya... por favor, Dios, perdóname —mancillé con mi voz ronca, rota por un llanto salvaje que me quemaba las entrañas. Apoyé mis manos temblorosas cerca de sus zapatos sencillos—. Sienna fue arrestada ayer. El detective lo descubrió todo... las fotos, el barman, la sustancia en los tragos. Ella manipuló la escena. Tenías razón, siempre tuviste la frente en alto porque eras inocente... y yo te condené al infierno por cuatro años. Me odio, Neya, me odio con locura por haber sido tan ciego.
Las lágrimas empaparon mis mejillas mientras aguardaba su desprecio, sintiendo que los celos posesivos que antes me quemaban por el profesor de música eran una ridiculez ante la inmensidad de mi propio pecado.
Neya
Ver al imponente Harry Lewis, el hombre de 1.85 de altura que derrochaba una suficiencia gélida en la corte, de rodillas ante mí y destrozado por la culpa, provocó un vuelco salvaje en mi fuego interno. Una parte de mi alma, la que todavía recordaba el amor con locura del campus universitario, flaqueó varios grados; pero la armadura rústica que me forjó la prisión de Los Ángeles me mantuvo firme.
No me agaché para levantarlo. Me quedé estática, mirándolo desde mi pulcra posición con una timidez espiritual que se transformó en pura dignidad verídica.
—Levántate, Harry —le siseé con una voz firme que no tembló en el aire del mundo real—. No me conmueve verte así. Pasé mil cuatrocientos sesenta días de mi juventud viendo muros de metal industrial y vistiendo un uniforme gris porque tú decidiste creerle a Sienna antes que a mí. Tu despecho firmó mi condena.
Harry se puso de pie lentamente, derramando una debilidad crónica en sus hombros, con el rostro empapado y la mirada fija en mí, suplicando un milagro.
—Sé que no merezco nada de ti, Neya... pero déjame limpiar tu apellido, la firma se encargará de varios trámites civiles para borrar tu antecedente de los registros de internet y del gobierno —balbuceó él en un hilo de desesperación rústica.
—Eso lo harás porque es tu deber moral, no porque te lo esté agradeciendo —sentencié, dando un paso al frente para anular los centímetros de distancia, sosteniendo sus ojos oscuros con una fijeza implacable—. Me quitaste mi juventud y mi carrera, Harry. Me alegra que la verdad haya salido a la luz y que Sienna pague por la muerte de Tomás, pero el daño en mi alma ya está hecho. Ahora, sal de mi salón. No mezcles tu culpa con el cuidado de tu hija, porque por Alicia seguiré siendo la maestra ejemplar que ella necesita, pero para ti, el mundo real ya nos cerró la puerta.
Harry asintió con una rústica amargura, tragándose el dolor de mi rechazo. Dio la vuelta y caminó hacia la salida con paso torpe, dejándome sola en el aula. Cuando la puerta pulcra se cerró, solté un suspiro largo y limpio. Mis hermanos y yo habíamos ganado la guerra. Mi inocencia era verídica ante el mundo, y aunque mi corazón guardara varios fragmentos