Cicatrices del Príncipe

Capítulo 1

No podía ser posible.

¿Qué estaba pasando?

Mi corazón casi dejó de latir al encontrarme con la mirada penetrante del príncipe Dalton sobre mí, con una sonrisa que ni yo misma me atrevo a describir. ¿Siniestra? ¿Triunfante? No lo sabía.

Giré mi cabeza para encontrarme con la mirada orgullosa de mi madre, quien sonreía aplaudiendo como todos los demás. Mi padre, en cambio, tenía los labios en forma de una línea no tan convencido como ella, pero de igual forma, aplaudía.

Luego vi a mi hermana.

Ella estaba tan en shock como yo. Pero pude ver en ella la decepción, la misma pregunta que yo me hice al inicio estaba plantada en su bello rostro.

¿Por qué? ¿Por qué yo? No soy la mayor...

Esto debía ser un error.

Retrocedí un paso, pero mi madre al ver la vacilación en mi rostro, se acercó rápidamente a mí y me tomó del brazo con ligera fuerza.

—¿Qué estás esperando? —fingió una sonrisa susurrándome casi suplicante—. Apresúrate en ir con los reyes.

—Pero mamá, esto no... Clara...

—Clara perdió su oportunidad. Avanza, Eleonora —me dio un ligero empujón por mi espalda y yo tuve que avanzar. Ella siguió sujetando mi brazo hasta llevarme hacia los tronos reales. Les sonrió y se inclinaron en reverencia como ella.

Y allí me dejó.

Mis manos volvieron a temblar, mi respiración ligeramente agitada delataba lo nerviosa que estaba. Nuevamente giré mi cabeza para localizar a mi hermana como si con la mirada le fuera a pedir ayuda.

Pero, ¿qué le iba a pedir? ¿Qué se interpusiera y le dijera al príncipe que ella puede ser mejor esposa? ¿Qué se había equivocado al elegirme a mí? ¿Que yo no me quiero casar con él porque ni siquiera me atrae?

No. Clara no podría hacer nada para ayudarnos.

La busqué lo más rápido que pude con los ojos, pero ella había desaparecido.

Me culpé.

Volví mi mirada hacia el frente para encontrarme con los reyes y su hijo a su lado. Lentamente, subí los pocos escalones frente a mí hasta ponerme al lado del último mencionado.

El rey Aldric prosiguió elevando la voz.

—Usted, princesa Eleonora Ross de Elyndora, —tomó mi mano y la de Dalton, uniéndolas. Me ericé al sentir la piel del príncipe— es proclamada la nueva prometida de mi hijo Dalton, príncipe de Umbrelia. ¡Un aplauso, por favor!

Miré hacia el frente. Seguía sin poder sonreír. Toda la nobleza aplaudía felizmente, emocionados por la nueva noticia.

No me giré a ver a Dalton en ningún momento. Simplemente, no podía verle la cara al hombre que acababa de arruinarme la vida.

Ya lo esperaba cuando me susurró.

—Vamos al frente, princesa.

Tomé una respiración y aún sujetándonos de las manos, bajé los escalones a su lado y ambos, nos inclinamos hacia adelante doblando ligeramente las rodillas. Nuevos aplausos resonaron por toda la enorme sala.

Ambos nos volvimos a girar el uno hacia el otro y él se arrodilló. Inhalé profundamente por la boca.

Dios, por favor, no...

No pude evitarlo, lo miré a los ojos. Esos azules mi miraban penetrantes, atravesándome por la mitad. Sacó un cofre de su bolsillo y lo extendió hacia mí, abriéndolo.

Me estremecí al ver lo que había dentro. Era un hermoso anillo dorado, probablemente de oro. En medio, había un diamante cristalino que brillaba con la luz.

Era precioso...

—Princesa Eleonora, —inició— sé que mi padre ya la anunció como mi prometida, pero por el respeto que le tengo, se lo preguntaré yo mismo antes de continuar con esto. Siéntase segura de responder lo que usted crea correcto.

Sí, claro. Como si pudiera.

—Usted... ¿Quiere casarse conmigo?

No tenía otra opción. Si intentaba escapar, mis padres me encontrarían, y si no lo hacían ellos, toda la guardia real lo haría.

Mis ojos empezaron a picar, mi garganta por un momento se secó. Respiré nuevamente y encontré mi voz.

—Sí.

Aplausos otra vez.

Sacó el anillo del cofre, devolvió al último a su bolsillo y luego, con delicadeza, lo colocó alrededor de mi dedo anular. Finalmente, se levantó sonriéndome.

—Gracias, Eleonora.

No respondí.

—¡Música por favor! —pidió la reina Samara.

—¿Me concede esta pieza, prometida mía?

La melodía de cada instrumento volvió a llenar la habitación.

Mi cuerpo entero estaba tenso cuando me extendió su mano nuevamente. Probablemente él ya había notado como estaba temblando. Aun así, me esforcé por no empujarlo lejos y descansé mi mano sobre la suya. Él la sujetó con una sonrisa que pude percibir y me jaló suavemente a su cuerpo, por lo que, mi otra mano aterrizó sobre su hombro.

Ambos empezamos a bailar. Pero mi cabeza no podía concentrarse en ello. No dejaba de recordar la expresión en el rostro de mi hermana y el hecho de que, había desaparecido.

No miré el rostro de Dalton en ningún momento más. Estaba ardiendo por dentro de rabia, dolor, decepción, locura, desesperación y todas las malditas emociones juntas.

Debí escapar cuando pude.

No conté el tiempo que pasamos bailando. Pero cuando vi la oportunidad de irme, lo hice.

—Con permiso.

Frunció el ceño suavemente.

—¿A dónde vas, princesa?

—Necesito ir al baño.

Él me sonrió y asintió.

—Aquí te espero.

Solo asentí y salí lo más rápido que pude.

Demonios, ¿dónde estaba Clara? Me apresuré en buscarla. Pasé varios pasillos casi corriendo, sintiéndome lo suficientemente sofocada como para desmayarme. Mi respiración se agitó hasta hacerme jadear, hasta que finalmente, llegué a nuestra habitación. No tuve la paciencia de tocar, simplemente abrí las puertas de golpe.

Y allí estaba ella.

—Clara —pronuncié aliviada.

Ella estaba frente a la ventana de espaldas frente a mí. Me acerqué rápidamente y ella se giró de golpe.

—No te atrevas, Eleonora.

Me detuve en seco al verla. Su rostro estaba empapado de lágrimas.

—Clara...




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