Cicatrices doradas: Su contrato, su corazón

CAPÍTULO 1.1: Una llamada del pasado

El teléfono sonó a las 22:47.

Liana se quedó inmóvil sobre un fragmento de cerámica del siglo III antes de Cristo, con el pincel suspendido en el aire. El timbre rompió el silencio del sótano del Museo de Arte Antiguo, donde llevaba trabajando seis horas seguidas, olvidándose de la cena, del dolor de espalda, de todo, excepto de ese pedazo de un antiguo jarrón griego.

Otro timbre, agudo, insistente. Miró la pantalla y su corazón dio un vuelco, doloroso y punzante.

«Papá (móvil)»

Seis meses de silencio. Seis meses en los que casi había llegado a creer que él había desaparecido para siempre de su vida. Y ahora, una llamada en la noche de un lunes.

Liana se quitó los guantes, con las manos temblando. Sabía que esa llamada no traería nada bueno, porque su padre nunca llamaba por simple cortesía. Solo lo hacía cuando estaba en problemas, solo cuando necesitaba algo.

Pero un instinto maternal —tan absurdo cuando se trataba de su propio padre— la obligó a presionar el botón verde.

— ¿Hola?

Su voz sonó cautelosa, contenida, con un matiz de fría distancia que había perfeccionado con los años.

— Liana... — su padre respiraba con dificultad, presa del pánico, algo completamente inusual en él. — Liana, estoy... estoy en un lío. Un lío grave. No sé qué hacer...

Un escalofrío recorrió lentamente su espalda.

— ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estás?

— No puedo decírtelo. — Hizo una pausa, y ella escuchó cómo tragaba aire de forma entrecortada, como si estuviera corriendo o escondiéndose. — Escucha... La he cagado. A lo grande... Pedí dinero a las personas equivocadas. ¡Muy equivocadas!

El corazón de Liana pareció hundirse en su estómago, dejando un vacío en su pecho.

— ¿Cuánto? — preguntó con frialdad, aunque por dentro ya estaba gritando.

Tras una larga pausa, su padre finalmente soltó:

Tres millones de euros.

El silencio se instaló en el sótano como un sudario.

Liana no respiraba ni parpadeaba, como si se hubiera convertido en una estatua. La cifra era tan irreal, tan absurda, que su mente se negaba a procesarla. Tres millones de euros eran como números de un libro de historia, algo que no tenía relación con la vida real de una simple restauradora.

— Dime que estás bromeando. — Escuchó su propia voz, apagada y lejana. — Papá, dime que estás bromeando.

— Ojalá, Liana. Dios, ojalá... Pero me están buscando... Y también a ti y a mamá. Saben dónde vives... Lo saben todo...

Sus manos temblaron tanto que tuvo que sujetar el teléfono con ambas.

— ¿Quiénes son?

La palabra salió demasiado suave, casi sumisa. En realidad, no quería la respuesta, pero al mismo tiempo retrasaba el momento de tener que aceptarla.

— La gente de Valdani.

El nombre golpeó como una bofetada.

Liana conocía ese apellido. De hecho, todo el mundo en Florencia lo conocía. No se hablaba de él en voz alta, pero se susurraba en los rincones oscuros de las cafeterías. Lorenzo Valdani, el hombre que controlaba la mitad de los negocios de la Toscana. Un hombre al que no se acudía salvo en casos de extrema necesidad, un hombre que nunca perdonaba una deuda.

Y ahora su padre le debía tres millones.

— Quiero que sepas que lo siento — la voz de su padre se quebró. — Por todo. Por haberte metido en esto. Pero la única posibilidad es que vayas a verlo en persona. Él te recuerda, Liana, le caíste bien hace un año, cuando restauraste para él...

El recuerdo la golpeó de repente, la distrajo y le ayudó a recuperar el aliento.




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