Cicatrices doradas: Su contrato, su corazón

CAPÍTULO 8.2: La primera mañana

Entre ellos se instaló un silencio denso, casi tangible. Liana respiraba despacio, intentando ordenar sus pensamientos y aceptar lo que acababa de escuchar.

— Está bien — dijo finalmente. Su voz era baja, pero más firme. — Entiendo lo de la seguridad. Pero necesito espacio. No solo físico. Mental. No puedo simplemente sentarme aquí, mirando las paredes, y esperar.

Por primera vez, un destello de interés cruzó su rostro.

— ¿Y qué quieres hacer?

— Trabajar — respondió sin dudar. Su mirada se endureció. — Restaurar. Tienes antigüedades por todas partes. Las vi ayer en los pasillos. Déjame trabajar con ellas.

Lorenzo la observó durante un largo rato, evaluándola en silencio. Luego asintió lentamente.

— Tercer piso, ala este — dijo, suavizando el tono. — Hay un viejo almacén. Estatuas, cerámicas, fragmentos de frescos. No se han tocado en unos cincuenta años. Puedes trabajar allí. Haz una lista de las herramientas que necesites y dásela a Rosa.

Un alivio cálido y casi doloroso recorrió su cuerpo ante esa primera concesión real.

— Gracias.

— Pero — levantó una mano, deteniéndola antes de que pudiera alegrarse por completo. Su dedo marcaba cada palabra con precisión. — Todo lo que uses pasa por mí. Herramientas, materiales, acceso. Nada sin mi aprobación.

Las palabras eran tranquilas, incluso cotidianas, y por eso cortaban más profundamente.

¡Por supuesto! ¿Cómo iba Valdani a aceptar algo tan fácilmente?

— No dañaré nada — dijo Liana con firmeza. — Es mi trabajo.

— Lo sé — respondió de inmediato. — No se trata de confianza en ti. Se trata de responsabilidad por lo que me pertenece.

La ofensa la pinchó con precisión, recordándole los límites. Incluso aquí, en su única zona de libertad, la llave seguía en sus manos. Lorenzo regresó a la mesa, tomó su taza, como si la conversación ya hubiera terminado.

— Entrega la lista de lo necesario a Rosa. La revisaré.

“No nosotros. Yo…”.

— Y otra cosa — añadió, dando un sorbo. — Cenamos juntos. Todas las noches, a las ocho. Sin excepciones.

— ¿Para qué? — lo miró con atención, tratando de entender la verdadera razón.

— Porque yo lo quiero — respondió simplemente, sin explicaciones.

Liana se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en la mesa.

— ¿De verdad quieres jugar a la vida normal, fingir cenas acogedoras? — había ironía, casi burla, en su voz. — ¿Después de chantaje, coerción y un contrato?

Una sombra oscura cruzó sus ojos, y su rostro se endureció por un momento.

— Quiero orden. Estructura — dijo tras una pausa. — Y quiero saber que comes. Anoche apenas tocaste la comida.

Ese comentario la tomó por sorpresa.

— No tenía hambre.

— Hoy la tendrás — se levantó, dejando claro que la conversación había terminado. — La doncella te mostrará la villa. Si necesitas algo, díselo a ella. Volveré por la noche.

— ¿Te vas? — preguntó, viéndolo dirigirse a la puerta.

Él se detuvo y se giró.

— A Milán. Negocios. — Se acercó de nuevo, deteniéndose a un brazo de distancia. — Compórtate con sensatez, Liana. No hagas tonterías.

— ¿Como qué?

— Como intentar escapar — su voz era baja, pero amenazante. — Las puertas están vigiladas. El lago está helado, cinco grados o menos. La ciudad más cercana está a veinte kilómetros, cruzando las montañas. No llegarías.

Ella se enderezó, alzando la barbilla.

— No soy estúpida.

— Lo sé — levantó una mano y tocó su barbilla con un dedo, suavemente, casi sin peso. La obligó a mirarlo a los ojos. — Pero eres desesperada. Y las personas desesperadas suelen hacer tonterías.

Entre ellos volvió a surgir una electricidad no deseada, tensa. Liana contuvo el aliento, su corazón latía tan fuerte que parecía que él debía escucharlo. Su mirada se deslizó por un instante a sus labios, se detuvo, y luego regresó a sus ojos.

Retrocedió, bajando la mano.

— Hasta la noche, cara mia.

Se marchó, y el sonido de sus pasos resonó en el pasillo durante un rato, como si la casa no se resignara de inmediato a su ausencia. Cuando las impresiones y sensaciones finalmente se asentaron, Liana se quedó de pie junto a la mesa, sin moverse. Su mano se alzó casi sin querer y tocó su barbilla, justo donde había estado su dedo. La piel allí parecía demasiado sensible, como si recordara el roce mejor que ella misma.

La doncella apareció unos cinco minutos después, como si hubiera esperado el momento adecuado para no interrumpir algo importante. Se presentó como María: cuarenta y cinco años, acento siciliano, una postura reservada de alguien que ha visto mucho y ha aprendido a no hacer preguntas innecesarias. Diez años en la casa de Valdani habían dejado su marca: en su mirada, en su hábito de hablar con suavidad, pero con precisión.

— ¿La signorina está lista para ver la villa? — preguntó con una sonrisa cálida, casi maternal. Liana asintió y la siguió.

La casa se revelaba poco a poco, como si deliberadamente no tuviera prisa por mostrarse por completo. La planta baja la recibió con espacio y silencio, más parecido a un museo que a un hogar. En el salón había muebles antiguos y pesados, un piano en la esquina cubierto con una tela blanca, como algo que no se había tocado en mucho tiempo, pero que tampoco se atrevían a retirar. La biblioteca impresionaba por su escala: las paredes, de suelo a techo, estaban llenas de libros, encuadernaciones de cuero oscurecidas por el tiempo, con grabados dorados que captaban tenuemente la luz. La cocina, por el contrario, era sorprendentemente moderna: acero inoxidable frío, encimeras de mármol, un horno doble, como si alguien hubiera insertado el siglo XXI en el corazón de una casa antigua.

Frente a la puerta del despacho de Lorenzo, María se detuvo. Madera oscura, un marco macizo, una sensación de peso y clausura.

— Aquí no se entra — dijo sin sonrisa. — El señor no permite entrar sin él.




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