El Mercedes se detuvo frente a la entrada de la villa Laguna Oscura, y el motor se apagó, dejando tras de sí un silencio breve, casi antinatural. Beatrice D’Amato estaba al volante, observando el edificio que debería haber sido su hogar. Casi lo fue durante cinco años.
Abrió lentamente el espejito, revisó su maquillaje con calma, sin prisas. Su rostro estaba impecable, como siempre. El cabello castaño oscuro recogido en un elegante moño, sin un solo mechón fuera de lugar. El lápiz labial rojo delineaba perfectamente sus labios, las líneas de eyeliner resaltaban sus ojos castaños con precisión. Los pendientes de diamantes —un regalo de su padre por su trigésimo cumpleaños— destellaban con cada leve movimiento de su cabeza. El traje negro de Armani le quedaba como hecho a medida, y los tacones Louboutin añadían altura y una sensación de superioridad.
Se veía como solía sentirse: poderosa, hermosa, controlada, completamente dueña de sí misma. Y la sola idea de que una insignificante restauradora de museo se hubiera atrevido a pensar que podía ocupar su lugar desataba en su interior una furia densa y ardiente, aunque externamente no se filtraba ni un solo rasgo de esa emoción.
La noche anterior, un informante del palacio Valdani en Florencia la había llamado. Lorenzo había llevado a una chica. Firmó un contrato por tres años, después de que ella hubiera esperado cinco. Después de que su padre lo apoyara en la guerra contra los napolitanos. Después de que ella estuviera a su lado en sus momentos más oscuros, cuando otros se apartaban o desaparecían.
Beatrice salió del coche, ajustó su falda con un movimiento habitual y seguro, y se dirigió a la entrada. Marco, el guardia que conocía desde hacía tres años, la saludó con un leve tono de cautela en la voz:
— Buongiorno, señorita D’Amato. El señor Valdani no avisó de su visita…
— Es una sorpresa — respondió ella con una sonrisa fría y autoritaria, sin detenerse. — ¿Dónde está?
— En Milán, señorita. Regresará esta noche.
Era perfecto. Justo como ella quería. Ver a la chica sin Lorenzo, sin su presencia ni su protección, evaluar a su rival a solas, sin testigos.
— ¿Y su… invitada? — pronunció con una leve pausa que subrayaba el significado.
Marco dudó. Conocía a Beatrice lo suficiente como para saber lo celosa y peligrosa que podía ser cuando se sentía amenazada. Tras un breve momento de silencio, respondió:
— En el jardín, señorita.
Beatrice pasó junto a él y entró en la villa. El espacio le era familiar hasta el último detalle: había estado allí decenas de veces, conocía cada pasillo, cada habitación, cada giro de las escaleras. Cruzó el salón hasta las puertas francesas que daban al jardín y se detuvo en cuanto la vio.
La chica estaba sentada en un banco de piedra junto a la fuente, mirando el lago. Su cabello oscuro estaba suelto, su ropa sencilla —un suéter y jeans—, sin maquillaje, sin joyas, sin ningún esfuerzo por impresionar. Común, nada especial.
Beatrice sintió cómo surgía en su interior una mezcla de sorpresa fría y desdén. "¿Qué vio en ella?"
Salió al jardín y caminó por el sendero de piedra, paso a paso, sin prisa. Era hora de mostrarle a esta niña quién era la verdadera dueña aquí.
***
Liana Bernardi
La mañana transcurrió desempacando herramientas, un proceso que resultó casi meditativo para Liana. Lorenzo se había marchado temprano, a las siete, y desde la ventana ella escuchó cómo el motor del coche cobraba vida en el patio y luego el sonido se desvanecía al doblar la avenida. Desayunó sola, en silencio, sin prisas, tratando de concentrarse en cosas simples. Después bajó al almacén y pasó unas tres horas organizando los pinceles por rigidez, los pigmentos por tonalidades, los químicos por grado de agresividad, creando un orden que siempre la ayudaba a mantener sus pensamientos bajo control.
Alrededor de las once, de repente se dio cuenta de que le costaba respirar. Las paredes del almacén, que por la mañana solo le parecían masivas y antiguas, ahora la oprimían; el aire se sentía pesado, como impregnado de décadas de encierro. Liana dejó las herramientas, se quitó los guantes y subió, consciente de que necesitaba espacio y aire fresco.
El jardín de la villa descendía hacia el lago en terrazas, revelándose lentamente, nivel por nivel. Los cipreses verde oscuro se alzaban como guardianes silenciosos, los adelfas aún no habían florecido, y los senderos de piedra estaban cubiertos de hojas caídas. La vista del lago era tranquilizadora: el agua ese día era casi un espejo, reflejando las montañas y el cielo gris con tanta claridad que la línea entre la realidad y el reflejo parecía difusa. El viento era fresco, pero suave, y Liana pensó que la temperatura rondaría los diez grados.
Se sentó en un banco de piedra junto a una fuente antigua del siglo XVI. La estatua de Neptuno, ennegrecida por el tiempo, miraba al vacío, y el agua gorgoteaba suavemente, creando un ritmo constante y calmante. Ese sonido la ayudaba a centrarse.
Sus pensamientos, sin embargo, seguían volviendo a la noche anterior. A su rostro cuando hablaba de su hermana, a cómo se había acercado demasiado en su dormitorio, a cómo miraba sus labios sin prisa ni vergüenza. Recordaba su propia reacción, inesperada y casi ofensiva para sí misma, y trataba de entender por qué su mente no alcanzaba a seguir a su cuerpo.
Estaba aún sentada cuando una voz femenina resonó a su espalda, melodiosa, segura, con un leve acento del sur:
— Tú debes ser Liana.
Liana se giró y se levantó del banco. Por el sendero se acercaba una mujer, y la impresión fue tan fuerte que era difícil formularla de inmediato. Alta, esbelta, con cabello oscuro y un rostro que parecía acostumbrado a las cámaras y las miradas. Un traje negro de corte impecable resaltaba su figura, los tacones altos añadían aún más seguridad a cada paso. Su sonrisa era cortés, pulida, pero su mirada seguía siendo fría y atenta, como si ya estuviera elaborando una lista mental.
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Editado: 26.05.2026