Prologo
El primer amor es como una huella imborrable en el alma.
Marca el corazón con una intensidad que nunca se olvida, pero
también deja heridas que, a veces, tardan en sanar. Para ella,
ese amor fue un sueño roto, una promesa incumplida que la
dejó sumida en la tristeza. Su corazón, roto lleno de ilusión,
se convirtió en un refugio de preguntas sin respuesta y de
lágrimas que parecían no tener fin. Pero la vida, en su
misteriosa forma de actuar, siempre encuentra la manera de
sorprendernos.
Él era todo lo que ella no esperaba. De apariencia rebelde, con
una mirada que desafiaba al mundo, parecía ser la última
persona capaz de entender su dolor. Sin embargo, detrás de
esa fachada dura, había un corazón que sabía lo que era sufrir,
que había aprendido a vivir con sus propias cicatrices. Y fue
precisamente esa conexión invisible, esa comprensión
silenciosa, lo que comenzó a unirlos.
La amistad fue su primer puente. Un vínculo que nació sin
pretensiones, pero que poco a poco se convirtió en algo más
profundo. A través de risas compartidas, conversaciones bajo
las estrellas y momentos de silencio que hablaban más que
mil palabras, ella comenzó a sentir que su corazón, aunque
roto, aún podía latir con fuerza. Él, por su parte, descubrió que
el amor no tiene edad, que no se mide en años, sino en la
capacidad de sanar y de dar luz incluso en los momentos más
oscuros.
Juntos, aprendieron que el pasado no define quiénes somos,
sino que nos prepara para lo que está por venir. Que las
heridas, aunque duelen, también nos enseñan a ser más
fuertes. Y que el amor verdadero no es aquel que llega sin
obstáculos, sino el que se atreve a superarlos, el que nos
ayuda a reconstruirnos cuando creemos que ya no hay
esperanza.
Esta es su historia. Una historia de amistad, de pérdidas, de
segundas oportunidades y de un amor que desafió todas las
barreras. Una historia que nos recuerda que, aunque el camino
sea difícil, siempre hay algo hermoso esperando al otro lado
del dolor.