Cicatrices y Fuego

Capítulo I: Entre Sombras... (I parte)

La gloriosa copa de los árboles multicolores era mecida con suavidad por el viento del oriente. Cada roce provocaba la muerte de hojas marchitas que viajaban en una danza celestial por todo el bosque, tomando su último aliento en el cristalino y tranquilo lago. El cuerpo de agua derramaba belleza al reflejar los trocitos de plata que acompañaban al astro y dueño de la noche, quien a su vez bañaba cada rincón de la tierra en un acto de misericordia con la lastimada y perdida raza humana. Las caricias que sus rayos hacían a la tierra intentaban calmar el dolor y el miedo que un pasado trágico y violento había provocado. Ahora que toda la discordia entre las razas había perecido, la tierra podía concentrarse en reconstruir, con todas las partes rotas, su belleza y su color. La paz que se reflejaba en la naturaleza era como una tregua para las fatigadas almas viajeras que aún buscan un descanso en la obscuridad de la noche 
De repente, el hermoso lago se tiñó de un rojo vivo un rojo vivo que opacó las estrellas y que entorpeció el baño de luz de la luna. El viento comenzó a arrastrar gritos de desesperación y una espesa humareda obscura proveniente de la aldea cercana se hizo presente, haciendo estragos en el canto de las aves nocturnas
El llanto y la confusión de todos los habitantes que corrían sin rumbo fijo volvían aún más pesada la atmósfera. La paz que caracterizaba a aquel lugar iba extinguiéndose junto a la esperanza de un nuevo amanecer debido a un evento que ninguno hubiese podido predecir:
-¡Se han robado La Espada del Phoenix! –Exclamó un hombre alto y un tanto robusto entre una tos seca. El sujeto llevaba una armadura plateada con acabados de oro. Poseía el cabello castaño y corto con unas cuantas canas escondidas; sus ojos eran color café obscuro y su tez era morena clara. Su grito logró apenas sobresalir del escándalo mientras su cuerpo aún escapaba de las garras de las llamas que consumían una enorme y hermosa casa de madera fina. Su respiración era entrecortada, sus ojos lloraban por la irritación y su cuerpo, cansado y con la adrenalina en descenso, apenas lograba sostener su propio peso, el de la armadura y el de una gran espada de doble filo.
Ante su llamada angustiosa aparecieron decenas de soldados dispuestos a cumplir con sus mandatos. El castaño se incorporó lentamente tras tomar una gran bocanada de aire. Siendo su respiración más estable, volteó a ver el devastador incendio mientras trataba de entender lo que había sucedido... Tras unos segundos de divagar en sus pensamientos y admirar cómo los pueblerinos luchaban contra las llamas, dirigió su penetrante mirada hacia sus hombres y esta vez, la primera figura que divisó fue la de un joven apuesto y de constitución física fuerte. El sujeto, acaudalado por portar un apellido de gran reputación, sonrió forzadamente como si intentase tranquilizar su espíritu de alguna forma:
-Mason, se acaban de robar La Espada y también secuestraron a toda la familia del General Del Valle. Necesito que dirijas una búsqueda. - ¿Búsqueda, señor? -indagó el joven Mason. – ¡No! Tienes razón. Esto no puede ser una búsqueda debido a su misma naturaleza quiero que inicies una cacería. ¡Quiero a esa criminal arrestada para que pague por todas sus fechorías! ¡Nadie descansará hasta que sea capturada!... ¡Búsquenla en todos lados! ¡No puede escapar! ¡Si no logran traerla viva, tráiganla muerta, pero tráiganla!... ¡¿Qué esperan?! ¡¡Muévanse ya!! 
El joven Mason le dirigió un saludo en señal de respeto para luego darse media vuelta y exclamar con inquietud: -¡Mi caballo! -su grave y melodiosa voz penetró en los oídos de sus compañeros, quienes se apresuraron a seguirle el paso mientras uno de ellos colocaba las riendas de un hermoso ejemplar blanco en sus fuertes y dañadas manos. Mason montó al imponente animal, se volvió en dirección a la casa en llamas y luego dirigió su penetrante y expresiva mirada a su gente:
- ¡Ya saben a quién buscamos! ¡No puede estar muy lejos, así que démonos prisa! ¡Dividámonos en parejas y que cada una tome una dirección! ¡Recuerden que esta joven es peligrosa, lista y muy fuerte, así que deben estar preparados para lo que sea! Tengan siempre presente esto: ¡Si ella no ha tenido piedad de la gente que vino a atacar, nosotros tampoco la tendremos con ella! -¡Sí, señor! 
Respondió al unísono el valiente ejército. El joven realizó una seña con la mano, marcando el comienzo de la cacería más mortífera a la que se ha enfrentado en toda su carrera. Los soldados corrieron a buscar sus caballos, los montaron y comenzaron a cabalgar hacia el obscuro y mortal bosque. Mason vio alejarse a sus valientes soldados y permaneció únicamente en compañía de su fiel acompañante, Simón:
-¿Estás listo, Simón? –Siempre, señor. Bien sabe que no importa lo difícil o peligroso de la situación, mi deber es acompañarle, incluso hasta la muerte. -Nos enfrentamos a una de las amenazas más grandes de la historia. Ella es una joven astuta, impredecible y muy bien entrenada no es una presa fácil. –Y menos lo será entre la obscuridad de la noche, señor. –Será una cacería entre las sombras. Por eso debemos movernos pronto o logrará una distancia significativa. –Como usted ordene, señor.
Respondió el enclenque y leal Simón. Mason golpeó suavemente a su caballo en el costado y éste comenzó a correr. El cabello castaño claro del apuesto soldado bailaba con el viento gélido de la noche. Su mirada color azul se clavó en el bosque y su boca rosada esbozó una pequeña sonrisa. Su piel, naturalmente morena clara, comenzó a tornarse a un blanco espectral mientras su armadura plateada reflejaba los rayos de la luna y su espada de doble filo cortaba lo que quedaba de paz: Había comenzado la cacería. 
El robusto hombre, de apellido O'connel, se limitó a observar las siluetas de ambos perdiéndose entre el espeso manto nocturno. Al pasar unos cuantos segundos de silencio, fijó su misteriosa y fúrica mirada en la casa en llamas:
-¡Es imposible! ¡Creí que había muerto durante su última batalla! No puede seguir suelta, debe morir ¡Debe dejar de estorbar! ¡April Hemsworth! ¡Tu sangre correrá entre mis dedos tarde o temprano! ¡Eso lo juro por mi vida y por el honor que porto! ¡La humanidad o sufrirá de otra guerra provocada por culpa de tu arrogancia y egoísmo! ¡ESO LO JURO!
Los ojos color café obscuro de O'connel fueron cubiertos por una cortina de odio mientras esbozaba una pequeña sonrisa de satisfacción...




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