Al llegar a los dieciocho años, el adolescente ya mostraba los rasgos de un joven adulto. Tenía seguridad, reconocimiento y una firme confianza en su capacidad para manejar las situaciones a su favor. Esa sensación fortaleció un comportamiento más centrado en sí mismo; sin advertirlo, empezaba a construir una identidad sostenida por los elogios y la aprobación de su entorno.
Cuando llegó el momento del sorteo para el servicio militar obligatorio, creyó que la suerte estaría de su lado. Estaba convencido de que no le tocaría. Pero los números cantados aquella mañana marcaron un destino diferente. Ese golpe inesperado lo enfrentó, por primera vez, a una realidad que no podía controlar.
El día de la citación asistió con la ingenua certeza de que volvería a su casa para el mediodía. Esa ilusión se derrumbó por completo al cruzar el umbral del Distrito Militar Buenos Aires. La dureza de la revisión médica, el dolor físico de una vacuna directa en la espalda y el trato uniformador del entorno lo hicieron sentir un número más, un ser completamente anónimo. Perdió su centro; su protagonismo había dejado de existir.
Poco después, el desconcierto fue total cuando lo trasladaron en avión a Comodoro Rivadavia. Esa decisión lo descolocó por completo. Se encontró solo, a miles de kilómetros, sin contención y lejos de la estructura familiar que siempre lo había protegido. Allí, en la inmensidad del sur, su seguridad se desmoronó y el orgullo que tanto había alimentado quedó sin efecto.
Dentro del batallón, la figura del jefe —un hombre autoritario, rígido y convencido de su propia norma— reforzó su sensación de sometimiento. Sin embargo, el destino del joven dio un vuelco cuando llegó una orden superior que modificaba su rumbo, provocando el evidente descontento de aquel jefe. Su autoridad local acababa de ser desplazada por una jerarquía mayor, un imprevisto que no estaba en sus planes.
El joven, sin entender del todo los hilos que se movían a su alrededor, recibió la notificación de su traslado inmediato al Estado Mayor General del Ejército. Ese cambio repentino marcó un fuerte contraste entre la vulnerabilidad que sentía en su interior y la mirada de sorpresa del entorno militar, que observaba su situación con intriga y atención.
Ante esa mirada ajena, y casi como un mecanismo de defensa, volvió a brotar su necesidad de destacarse. Aquella aceptación momentánea reactivó el deseo de sentirse importante, una vanidad que creía haber perdido en el sur. Esa reacción contradictoria sería apenas el inicio de los dilemas que arrastraría hacia su vida adulta.