Capítulo 4
La juventud es ese punto exacto de la vida donde uno se siente invencible. Uno camina responsable, trabajador, con ideales nuevos, limpios y brillantes… y entre todos ellos, aparece el primero de todos: el amor.
El amor joven. Ese que se vive con el corazón entero, sin reservas, sin experiencia y sin recaudos; ese que te hace creer que el futuro ya está escrito y que cada pieza encaja a la perfección. Una pareja estable, proyectos, planes, convivencia: un camino de a dos. Parecía simple. Parecía firme. Parecía para siempre.
Pero así como llegó, un día se quebró.
La ruptura fue un golpe directo al alma. No solo se rompió la relación; se rompió la ilusión, se rompió el ideal. Se desmoronó la imagen que el joven tenía de sí mismo, del otro y del futuro. La belleza de aquel primer amor dejó, al mismo tiempo, la fealdad del primer desamor: la frustración, el dolor, la deslealtad y la decepción. Son heridas que no cicatrizan rápido; marcas que quedan para siempre, aunque más adelante ya no duelan.
Porque la verdad es esta: uno nunca vuelve a amar como la primera vez. Después del primer amor, se aprende que el amor no es solo luz; también es quiebre, límite y realidad.
Y para sobrevivir al dolor, aparecen las frases de siempre:
—«Un clavo saca otro clavo».
—«Un amor hace olvidar a otro amor».
Frases hechas, sí. Pero en ese momento, ayudan. Sostienen, dan aire, permiten respirar. Porque fue amor. Y por eso duele, y por eso marca, y por eso enseña.