Parte I: El declive del combustible.
El zumbido del generador portátil del Sector Dos cambió de frecuencia a las cuatro de la madrugada, pasando de un ronroneo constante a un petardeo intermitente, rítmico y asmático que hizo parpadear la hilera de luces de obra de la galería. Alfredo, que permanecía apoyado contra la defensa del todoterreno con los brazos cruzados, se incorporó de inmediato. No hacía falta consultar el panel analógico; el olor a gasolina mal quemada y la vibración del cárter indicaban que el motor auxiliar estaba succionando los últimos posos del depósito de reserva.
Carolina se acercó a su lado, sosteniendo una tableta de mantenimiento donde llevaba el registro del consumo de aire del túnel. Su máscara de protección seguía ajustada a la cara, pero las ojeras marcadas bajo sus ojos delataban la falta de sueño crónica.
—Nos queda menos de una hora de autonomía eléctrica, Alfredo —informó Carolina, bajando la voz para no alterar a los refugiados que dormían a pocos metros sobre las mantas—. Si el generador se apaga, las turbinas superiores del pozo tres que Gabriel reparó se detendrán por completo. Sin impulsión forzada, el aire purificado dejará de entrar y el dióxido de carbono acumulado volverá a subir a niveles críticos en menos de treinta minutos.
Tomás emergió de la penumbra de la entrada técnica, con la escopeta al hombro y el rostro contraído por la preocupación.
—Mis hombres han revisado los cuartos de mantenimiento de la autopista —explicó Tomás, limpiándose las manos sucias de hollín con un trapo—. No quedan bidones de combustible limpios. Todo lo que había en los vehículos abandonados de la rampa ya ha sido saqueado o está contaminado por el polvo de sílice. La única opción que tenemos es la estación de servicio del cruce del norte, en el kilómetro 142.
—Esa gasolinera está en el exterior, a campo abierto —advirtió Gabriel, uniéndose al grupo mientras consultaba el mapa topográfico—. La nube de ceniza ácida en esa zona baja directamente por la ladera del valle. Salir ahí fuera ahora mismo significa enfrentarse a una visibilidad inferior a tres metros y a una atmósfera con altos índices de compuestos de azufre. Además, el peso de la ceniza sobre la marquesina de la estación puede haber provocado un colapso estructural.
En ese momento, la silueta corpulenta del Ruso avanzó desde el fondo del túnel, acompañado por dos de sus hombres armados con barras de hierro. Su mono azul de trabajo estaba manchado de grasa y sus ojos reflejaban la hostilidad de quien se sabe acorralado por las circunstancias.
—Si hay que salir a buscar gasolina, yo voy en ese coche —sentenció el Ruso, señalando con la barbilla el todoterreno de Alfredo—. Conozco los depósitos subterráneos de esa estación de servicio porque trabajé en el tendido eléctrico de la zona. Tomás no sabe cómo forzar las bombas manuales de emergencia si los surtidores eléctricos están caídos. O voy yo con vuestro conductor, o ese todoterreno no se mueve de este arcén.
Alfredo miró al Ruso durante unos segundos en silencio. Sabía que meter a un hombre que había intentado amotinarse horas antes dentro del habitáculo reducido del coche era un riesgo tremendo, pero también comprendía que la lógica de la supervivencia exigía dejar a un lado las rencillas cuando el oxígeno se agotaba.
—Sube al asiento del copiloto, Ruso —ordenó Alfredo, sacando las llaves del bolsillo de su chaqueta con un movimiento decidido—. Pero deja la barra de hierro en el túnel. Si intentas un solo movimiento extraño mientras estemos en mitad de la nube gris, abriré tu puerta y te dejaré tirado en el asfalto para que respires el silicato de la superficie. ¿Está claro?
El Ruso soltó un bufido agrio, pero asintió con la cabeza, entregando la barra de hierro a uno de sus compañeros antes de abrir la pesada puerta metálica del todoterreno.
Parte II: El retorno al infierno gris.
Alfredo giró la llave de contacto y el motor del coche cobró vida con un rugido potente y regular. Gracias al nuevo cartucho de filtro que habían instalado, la admisión funcionaba con total limpieza, aunque el salpicadero seguía registrando pequeñas variaciones de voltaje debido a la carga electromagnética residual de la tormenta estática del exterior.
Tomás y Carolina se situaron junto al mecanismo manual de la compuerta de guillotina. Con un esfuerzo coordinado, hicieron girar la gran manivela de hierro hasta que el portón de acero se elevó un metro del suelo del túnel, lo justo para permitir el paso del vehículo. Una lengua de polvo gris y frío entró de inmediato por la abertura, siseando sobre el pavimento limpio.
—Tienen exactamente dos horas antes de que el Sector Dos se quede sin aire respirable —advirtió Carolina a través de la ventanilla—. Si no regresan con el combustible para entonces, tendremos que evacuar a la gente a pie por las galerías de servicio a oscuras, y la mitad de los ancianos no resistirá el trayecto. Buena suerte, Alfredo.
Alfredo engranó la primera marcha y pisó el acelerador de manera firme. El todoterreno cruzó el umbral de la compuerta, adentrándose de nuevo en la rampa de acceso que conducía a la autopista del norte. Al instante en que el techo de hormigón desapareció sobre sus cabezas, la realidad del cataclismo los envolvió por completo.
La acumulación de ceniza sobre la calzada había aumentado casi diez centímetros desde su última salida. El paisaje era un desierto monocromático de color plomo, donde las siluetas de los árboles de la ladera y las farolas de la carretera aparecían desfiguradas, cubiertas por una costra espesa y húmeda de roca pulverizada. El parabrisas se inundó de inmediato de partículas finas que los limpiaparabrisas arrastraban con un chirrido agudo, dejando apenas dos arcos de visión claros para Alfredo.
—La visibilidad es nula —murmuró el Ruso desde el asiento del copiloto, agarrándose con fuerza al asidero del salpicadero mientras sus ojos escudriñaban la penumbra exterior a través de las gafas de ventisca—. No veo las líneas del carril. Si nos salimos de la calzada en este tramo, caeremos por el terraplén del río seco.
—Mantén la calma y fíjate en el odómetro —respondió Alfredo, manteniendo las dos manos firmes sobre el volante, corrigiendo constantemente la trayectoria para evitar que los neumáticos patinaran sobre la nieve gris—. La estación de servicio debería estar exactamente a tres kilómetros del desvío. Avísame cuando veas el reflejo del cartel luminoso de la entrada.
Parte III: El cruce del kilómetro 142.
El avance era una tortura mecánica. Alfredo conducía en segunda marcha con la reductora conectada, sintiendo cómo el motor trabajaba bajo una resistencia extrema debido a la densidad del aire contaminado. Cada pocos metros, el coche pasaba junto a las formas fantasmales de otros vehículos abandonados en mitad de la calzada, algunos de ellos con las puertas abiertas y los interiores completamente llenos de polvo gris, cubiertos por el manto del invierno volcánico.
—Llevamos dos mil ochocientos metros —anunció el Ruso, inclinándose hacia el parabrisas mientras limpiaba la condensación interna con la manga de su mono—. Debería estar justo aquí, a la derecha. Reduce la velocidad, Alfredo, o nos pasaremos la entrada.
Alfredo levantó el pie del acelerador, permitiendo que la inercia del vehículo redujera la marcha. De repente, el haz de los faros halógenos chocó contra una estructura masiva que emergía de la penumbra. Era la gran marquesina metálica de la estación de servicio, la cual se encontraba peligrosamente deformada hacia el centro debido al peso de las casi dos toneladas de ceniza húmeda que se habían acumulado sobre las planchas de aluminio del techo.
El cartel de los precios del combustible estaba quebrado por la mitad, su estructura de hierro retorcida por el viento huracanado que soplaba desde el valle.
—La entrada está despejada de coches, pero hay un camión cisterna cruzado junto a los surtidores principales —observó Alfredo, desviando el coche hacia la zona de los depósitos subterráneos—. No podemos acercarnos a los surtidores; el techo de la marquesina está cediendo por minutos. Si una de las vigas principales se rompe mientras estamos debajo, el coche quedará aplastado como una lata.
—Los pozos de registro de los depósitos subterráneos están en la plataforma trasera, fuera del alcance del techo —indicó el Ruso, señalando una zona abierta cubierta por una capa uniforme de ceniza gris—. Necesitamos las llaves de vaso y la manivela de la bomba manual que trajiste en el maletero. Si la válvula de fondo no está obstruida por el sedimento, podremos sacar el combustible directamente de la cisterna de almacenamiento principal.
Alfredo detuvo el coche a cinco metros de las tapas metálicas del suelo, dejando el motor encendido al ralentí para evitar que la ceniza se solidificara en las válvulas calientes del radiador. Se encajó la máscara con fuerza contra el rostro y miró al Ruso.
—Vamos fuera. Tenemos quince minutos para llenar los cuatro bidones antes de que la carga estática vuelva a golpear la zona. Movámonos rápido.
Parte IV: El expolio bajo la nube ácida.
Al bajar del coche, el frío ártico de la superficie golpeó los hombros de Alfredo con una intensidad renovada. La temperatura continuaba descendiendo a una velocidad alarmante debido al bloqueo absoluto de la radiación solar. El aire olía de forma insoportable a dióxido de azufre, un olor punzante que generaba una quemazón inmediata en la piel expuesta de las muñecas y el cuello, obligándolos a subir los cuellos de las chaquetas hasta el límite.
El Ruso se arrodilló sobre la ceniza, utilizando una pala corta para retirar la acumulación de polvo que cubría la tapa circular del pozo de registro del depósito de gasolina de noventa y cinco octanos. La ceniza estaba compacta y pesada, mezclada con la humedad ácida de la atmósfera superior, lo que dificultaba cada palada.
—¡La tapa está sellada por el óxido y el polvo! —gritó el Ruso, su voz amortiguada por la máscara de doble filtro—. ¡Pásame la palanca de hierro de las herramientas, Alfredo! ¡Hay que romper el pestillo de seguridad manual!
Alfredo introdujo el extremo de la barra de acero bajo el labio de la tapa de fundición, haciendo fuerza hacia abajo con todo el peso de su cuerpo. El metal emitió un crujido seco y la tapa se levantó unos centímetros, revelando la boca de llenado de bronce del depósito subterráneo, la cual afortunadamente se mantenía limpia de sedimentos gracias al cierre hermético de la junta de goma interior.
Mientras el Ruso acoplaba la manguera de la bomba manual de aspiración al conducto del depósito, un destello azulado y violento rasgó la penumbra del cielo. Un rayo volcánico impactó contra la antena de telecomunicaciones de la gasolinera, situada a escasos treinta metros de ellos. El estallido fue tan brutal que la onda expansiva los obligó a agacharse sobre el asfalto deslizante, mientras una lluvia de chispas y cascotes de plástico quemado caía alrededor del todoterreno.
—¡El aire se está cargando de nuevo! —advirtió Alfredo, manteniendo la linterna táctica enfocada en el bidón de plástico que comenzaba a llenarse con el líquido ámbar—. ¡Dale a la manivela, Ruso! ¡No dejes que el flujo se detenga o la bomba perderá la presión de vacío!
El Ruso trabajaba con una energía frenética, sus brazos moviendo la palanca de hierro de la bomba manual con un ritmo rítmico y constante. El combustible fluía con fuerza a través de la manguera transparente, llenando el primer bidón de veinte litros en apenas un par de minutos. Alfredo selló la tapa del recipiente con rosca estanca y posicionó el segundo bidón bajo la boquilla de salida.
De repente, a través del ruido del viento huracanado y del siseo de la ceniza al caer, un sonido sordo y metálico resonó en el lateral de la tienda de la estación de servicio. Las puertas de cristal templado del establecimiento, que habían resistido el primer impacto de la erupción, acababan de ser destrozadas desde el interior.
Parte V: Los rezagados de la gasolinera.
De la oscuridad del interior de la tienda emergieron dos figuras humanas. No eran refugiados organizados del túnel; eran saqueadores rezagados, individuos que habían quedado atrapados en la estación de servicio durante las primeras horas del desastre y cuyos rostros reflejaban el desvarío del hambre y la intoxicación por gases tóxicos. Llevaban los ojos inyectados en sangre, sin gafas de protección, y sus respiraciones eran audibles desde la distancia, un estertor agudo y seco provocado por el daño irreparable que las partículas de sílice habían causado en sus alveolos pulmonares.
Uno de ellos, un hombre joven con la chaqueta rasgada y cubierta de lodo gris, sostenía un machete de cortar caña, avanzando hacia Alfredo con pasos erráticos pero decididos.
—¡Ese coche tiene combustible limpio! —gritó el saqueador, su voz rota por la irritación de las cuerdas vocales—. ¡Danos las llaves, forastero! ¡Nos vamos a llevar ese transporte al sur! ¡Aquí dentro no queda aire!
El Ruso detuvo el movimiento de la bomba manual de inmediato, girándose hacia los intrusos. Con un movimiento rápido derivado de su instinto de supervivencia en el túnel, desenganchó la llave de grifa pesada que llevaba oculta bajo el mono de trabajo y se colocó junto a Alfredo, plantando cara a los dos atacantes en una postura agresiva y firme.
—¡Atrás, escoria! —bramó el Ruso, alzando la llave de hierro con una fuerza que hizo dudar al hombre del machete—. ¡Este combustible es para la gente del Sector Dos! ¡Si dais un solo paso más hacia el coche, os reventaré las costillas antes de que podáis levantar esa hoja! ¡Atrás!
Alfredo no perdió el tiempo en discusiones. Terminó de cerrar la válvula del tercer bidón con un movimiento seco, metió los tres recipientes llenos en el maletero del todoterreno y cerró el portón trasero con un golpe de chapa que resonó en toda la plataforma. Se colocó al lado del Ruso, sosteniendo la palanca de acero de las herramientas en la mano derecha, el haz de su linterna táctica enfocado directamente a los ojos del agresor principal.
La luz concentrada de mil quinientos lúmenes volvió a funcionar como un escudo visual efectivo. El hombre del machete se cubrió el rostro con el antebrazo, retrocediendo dos pasos al perder por completo la orientación en mitad de la penumbra gris. Su compañero, al ver que los dos mecánicos estaban armados y dispuestos a defender el todoterreno hasta las últimas consecuencias, sujetó al agresor por el hombro, arrastrándolo de nuevo hacia la seguridad relativa de las ruinas de la tienda.
—¡Vámonos, Alfredo! —ordenó el Ruso, subiendo de un salto al asiento del copiloto mientras guardaba la llave de grifa—. ¡Ya tenemos sesenta litros limpios en el maletero! Es suficiente para mantener el generador en marcha durante las próximas cuarenta y ocho horas. ¡Sácanos de este infierno antes de que la marquesina se venga abajo del todo!
Alfredo se introdujo en el habitáculo, cerró la puerta con fuerza y engranó la marcha atrás con un movimiento violento. El todoterreno giró sobre su propio eje en la plataforma de la gasolinera, levantando una nube de polvo grisáceo con los neumáticos traseros antes de lanzarse de nuevo a toda velocidad por la calzada de la autopista en dirección al túnel del norte.
Habían conseguido el combustible y habían sellado una tregua de sangre con la facción más dura del subsuelo, pero ambos sabían que el invierno volcánico apenas estaba mostrando sus primeros dientes en la superficie de la montaña.
FIN DEL CAPÍTULO 6.
Editado: 13.07.2026