Cielo de Ceniza.

Capítulo 12: Frecuencias hostiles.

​Parte I: El eco de la amenaza.
​El zumbido de estática del transceptor militar Harris se mantuvo estable durante las dos horas posteriores al mensaje de Alfredo. En el interior del puesto de mando móvil del camión Pegaso, el aire se había vuelto denso, cargado con el olor a café recalentado y el calor que emitían las pantallas analógicas. Carolina vigilaba el nivel de las baterías de gel, mientras Gabriel anotaba en su cuaderno las variaciones de la presión atmosférica exterior.
​Faltaban quince minutos para cumplirse el turno de escucha pactado cuando el altavoz de la radio emitió un chasquido seco. No fue la voz filtrada y protocolaria del operador de la base naval de Rota. Esta vez, la señal entró con una potencia limpia, nítida y cercana, lo que indicaba que el emisor se encontraba a menos de cinco kilómetros de la cantera, en la base del mismo valle.
​—Vaya, vaya... miren lo que ha desenterrado la tormenta gris —la voz del otro lado del hilo de cobre era rasposa, cargada de una ironía violenta y un acento rudo—. Un nido de supervivientes con juguetes militares en la cantera vieja de la vertiente oeste. Escúchame bien, conductor. Hemos copiado tus coordenadas al dedillo. Cuarenta personas son demasiadas bocas para tan poco aire, pero esos camiones Pegaso y los dos mil litros de gasóleo de los tanques de la explotación nos van a venir de perlas para nuestros transportes.
​Alfredo se inclinó sobre la consola, su mano derecha cerrándose con fuerza alrededor del micrófono de baquelita. Carolina e Isabel intercambiaron una mirada de alarma inmediata.
​—Aquí grupo de refugiados civiles —respondió Alfredo, manteniendo un tono de voz frío y monocorde—. Esta frecuencia está reservada para la red de contingencia nacional de la Unidad Militar de Emergencias. Identifíquese.
​—¿Identificarme? No me hagas reír, civil —escupió la voz con un siseo de desprecio—. Llámame el "Eje". En este valle ya no hay ministerios, ni militares, ni leyes de tráfico. Solo queda el que tiene tracción y el que se queda sepultado bajo el polvo. Nos estamos moviendo en tres todoterrenos con filtros de doble etapa modificados. Estaremos en la rampa de acceso de la cantera antes de que termine la hora. Si bloqueáis las puertas o intentáis esconder el combustible, entraremos con los parachoques reforzados y no habrá medicinas para nadie. Corto.
​La comunicación se cortó con el silencio digital definitivo del canal.
​Parte II: El consejo de la piedra.
​Al enterarse de la transmisión, Tomás y el Ruso subieron de inmediato a la caja del camión de transmisiones. La noticia de que una banda organizada avanzaba hacia su posición quebró la frágil sensación de seguridad que las familias habían alcanzado junto a las hogueras de las casetas de mantenimiento.
​—Son los mecánicos del desguace del cruce inferior —sentenció el Ruso, golpeando con el puño la chapa del bastidor de la radio—. Conozco al Eje. Es un tipo que acumulaba vehículos pesados y armas de montería antes de la erupción. En cuanto el cielo se volvió gris, su gente se dedicó a saquear los coches atrapados en las retenciones de la autovía. Si dicen que vienen con tres todoterrenos modificados, es porque tienen la capacidad mecánica para avanzar por encima de la ceniza profunda.
​—La rampa de entrada a la cantera es un embudo natural —analizó Gabriel, señalando el plano topográfico sobre el capó del camión de volteo—. La carretera de acceso asciende entre dos paredes verticales de granito de doce metros de altura. Si logramos bloquear el paso en el punto de inflexión de la curva, sus vehículos no podrán maniobrar y perderán la ventaja de la movilidad técnica.
​Tomás se descolgó la escopeta de caza del hombro, revisando los cartuchos de perdigones pesados en su cinturón.
​—No tenemos suficiente munición para entablar un tiroteo abierto a campo del este —advirtió Tomás, mirando a Alfredo—. Pero esta es una cantera de granito. Aquí tenemos más herramientas pesadas y bloques de piedra que ellos cartuchos. Alfredo, el Ruso... vosotros conocéis las máquinas. Decidme qué podemos mover para cerrar esa maldita entrada antes de que aparezcan sus faros en la penumbra.
​Parte III: La fortificación de la rampa.
​El anfiteatro de la cantera se transformó en un hervidero de actividad industrial bajo la penumbra plomiza del invierno volcánico. Alfredo tomó el mando de las operaciones mecánicas, subiendo a la cabina de la excavadora Caterpillar de sesenta toneladas que habían revisado en el primer sector de los talleres.
​Utilizando los cables de arranque que el Ruso había traído para la radio, Alfredo hizo un puente directo en el motor de arranque de veinticuatro voltios. El enorme motor diésel de seis cilindros rugió con un estallido de humo negro que ascendió hacia el techo del tinglado, vibrando con una fuerza tectónica que demostró que la máquina estaba lista para el combate.
​—¡Ruso, colócate en el camión de volteo Dumper! —ordenó Alfredo a través de la ventanilla de la excavadora—. ¡Vamos a arrastrar dos de los bloques de granito de rechazo de diez toneladas hasta el centro de la rampa de acceso! ¡Crearemos una barricada en zigzag!
​El Ruso asintió, encendiendo el camión pesado cuyo motor siseó con la presión de los frenos neumáticos. Bajo la dirección de Alfredo, la pala de la excavadora empujó los colosales cubos de piedra por la rampa inclinada, arrastrándolos sobre la fina capa de ceniza hasta encajarlos en mitad de la calzada, justo en el punto ciego de la curva de entrada.
​Mientras tanto, Carolina e Isabel coordinaban a los refugiados del túnel, trasladando a los niños y a los enfermos hacia el fondo de la galería de drenaje del acuífero, el único espacio completamente protegido contra posibles impactos de bala o fragmentos de roca desprendidos.
​Parte IV: El rugido en la niebla.
​A los cincuenta minutos de la transmisión, el sonido de motores sobrealimentados comenzó a resonar desde el fondo del valle inferior. No era el ronroneo pausado de los vehículos de emergencia; era el bramido forzado de motores de gran cilindrada equipados con tubos de escape directos que desafiaban el silencio mineral del monte.
​Alfredo apagó el motor de la excavadora y se parapetó tras el primer bloque de granito de la barricada, sosteniendo la palanca de acero de las herramientas en la mano derecha. A su izquierda, Tomás y el Ruso permanecían cuerpo a tierra, con las armas listas y los haces de las linternas apagados para no revelar su posición exacta en mitad de la niebla gris.
​A través de la cortina de polvo fino que flotaba en la entrada, tres siluetas mecánicas emergieron de la penumbra. Eran tres todoterrenos Nissan Patrol modificados, con los radiadores protegidos por rejillas de metal soldado contra los pájaros y tomas de aire elevadas tipo snorkel de gran diámetro para evitar la saturación por el silicato. Llevaban potentes barras de luces led en el techo que cortaban la oscuridad como cuchillas blancas.
​El vehículo de vanguardia detuvo su marcha en seco a escasos cinco metros de la barricada de granito, sus neumáticos de gran diámetro patinando sobre la ceniza húmeda.
​—¡Vaya parachoques os habéis montado, civiles! —la voz del Eje resonó a través del megáfono exterior del coche de cabeza—. ¡Pero esa piedra no os va a dar más aire! ¡Salid con las manos sobre la cabeza y las llaves de los camiones Pegaso si no queréis que empecemos a quemar las casetas con la gasolina del taller!
​Parte V: El bautismo de hierro.
​Tomás no respondió con palabras. Dio un paso al frente desde el lateral de la roca y disparó el primer cartucho de su escopeta directamente contra la barra de luces led del vehículo del Eje.
​¡¡BANG!!
​El estallido de los cristales y las chispas eléctricas apagó de golpe la iluminación del primer coche, sumergiendo la rampa de acceso en una penumbra rota únicamente por los faros de los otros dos todoterrenos traseros. El pánico se apoderó de los asaltantes por un instante; no esperaban encontrar una resistencia organizada y armada en mitad de una evacuación minera.
​—¡Fuego de cobertura! —bramó la voz del Eje desde el interior del habitáculo protegido.
​Dos fogonazos de armas de fuego cortas iluminaron el interior del todoterreno, las balas impactando contra la superficie del bloque de granito de Alfredo con un chasquido metálico y seco que desprendió esquirlas de piedra. Alfredo se mantuvo firme, esperando el momento exacto en que la inercia de los asaltantes se detuviera por completo ante el obstáculo insalvable de la roca..
​—¡Ruso, activa la línea de purga ahora! —gritó Alfredo, dando la señal convenida.
​Desde la cabina de la excavadora Caterpillar, que permanecía oculta tras el recodo superior, el Ruso soltó el freno de mano mecánico de un tercer bloque de piedra que habían suspendido mediante las cadenas de arrastre del taller. El bloque de granito se deslizó rampa abajo con la fuerza de un alud controlado, impactando de lleno contra la aleta delantera izquierda del segundo todoterreno de los saqueadores con un crujido de chapa y rotura de ejes estructurales que dejó el vehículo completamente inutilizado en mitad del carril de escape.
​El Eje, al ver que su columna mecánica quedaba fracturada y que la cantera se había transformado en una fortaleza industrial inexpugnable para vehículos ligeros, engranó la marcha atrás de forma violenta.
​—¡Esto no ha terminado, mecánicos! —rugió el megáfono mientras el coche de cabeza maniobraba de forma errática sobre la ceniza profunda—. ¡Nos volveremos a ver en la carretera del sur! ¡Nadie sale de esta montaña sin pagar el peaje del Eje!
​Los dos todoterrenos operativos retrocedieron a gran velocidad por la rampa, sus luces perdiéndose en el fondo del valle de ceniza como dos espectros moribundos en mitad de la noche. Habían defendido el refugio y el combustible, pero todos en la cantera sabían que la tregua de la montaña se había terminado. La guerra por los últimos recursos del planeta acababa de llamar a su puerta.
​FIN DEL CAPÍTULO 12.



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En el texto hay: drama, acción , catastofre

Editado: 13.07.2026

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