Cielo prohibido

Capítulo 1

Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, no me dejes sola, sino me perdería…

La pasada noche, después de dar mil vueltas en la cama porque el sueño no quería visitarla, Amelie repitió varias veces esa oración que su madre le enseñara cuando era pequeña.

A pesar de que tenía dieciséis años y que a esa edad nadie que conociera rezaba, ella sí lo hacía. Susurraba esa plegaria cada vez que se iba a dormir, con sus dedos entrecruzados sobre el pecho, para sentirse tranquila y protegida de las sombras que se movían en la penumbra de su habitación. Era todo un ritual para ella. Tal vez no lo hacía porque creyera que había alguien realmente, de pie a su lado y cuidándola por las noches, sino que repetir esas palabras en voz alta le proporcionaba cierta seguridad.

Había algo en las noches y las sombras danzarinas que se escabullían por los rincones; los sueños feos. Simplemente la dejaban intranquila porque se repetían casi todo el tiempo y el de la noche anterior había sido igual de intenso que los demás. Nunca variaban, se repetían de manera eterna como siguiendo un patrón. Era una rutina que estaba obligada a vivir cuando el silencio se apoderaba del mundo.

Al terminar de decir la plegaria y exhalar un suspiro, finalmente se durmió. Condenada como todas las otras noches.

Amelie estaba de pie cerca de la ruta, sola y un tanto nerviosa, con una fuerte idea en la cabeza y cuando trataba de alejarla solo lograba lo contrario; ella volvía y ocupaba toda su mente como una mancha negra que se esparcía por todos lados. Los autos que pasaban a gran velocidad se veían borrosos frente a sus ojos. El vestido blanco y liviano que llevaba puesto comenzaba a flotar en el aire cuando la brisa proveniente de un bosque cercano llegaba hasta ella, acarreando hojas secas que rozaban sus pies descalzos.

En lo más profundo de su ser estaba el sentimiento, las ganas de querer dar un paso adelante, cerrar los ojos y esperar al primer automóvil que quisiera quitarle la vida. Y no había nada ni nadie que pudiera hacerla desistir. Así de simple y trágico, por alguna profunda e indescifrable razón ansiaba el momento de pararse sobre el asfalto negro y que sucediera lo inevitable. No entendía el motivo de su decisión, era como sentirse tentada a cometer el error. Tal vez un psicólogo diría que su inconsciente estaba tratando de decirle algo o advertirle alguna cosa, pero ella estaba segura de que el suicidio no formaba parte de su lista de cosas por hacer antes de cumplir diecisiete años.

Llegaba entonces ese instante en el sueño en el que estaba por tomar la drástica decisión y comprendía que no estaba completamente sola, porque alguien aparecía de la nada para tocarle el hombro izquierdo. Solo ese gesto era suficiente. Se quedaba del todo paralizada, congelada, estática porque no podía mover su cuerpo y sin embargo, sus sentidos estaban más alerta que nunca. Podía oler los perfumes que el viento llevaba, oír el ruido que se colaba por sus oídos y ver las cosas con más nitidez, a pesar de que estaba un tanto oscuro.

Giraba sobre sus pies sin prisa, asustada, para ver quién era el que estaba parado detrás de ella, pero la misteriosa figura se había alejado en una fracción de segundo. No podía distinguir su cara ni ver el color de sus ojos, perdidos a metros de ella. Pero su sola presencia hacía que la electricidad la recorriera de pies a cabeza; era una sensación familiar, como si conociera a aquel espectro de una vida pasada. Entonces tomaba coraje, decidida a acercarse para mirar su rostro y en ese preciso momento, alguien de la vida real le impedía hacerlo y la devolvía al mundo. Tenía la sensación de que era él quien no deseaba mostrarse.

Esa mañana se despertó dando un salto al escuchar los gritos de su padre, provenientes del piso de abajo.

—¡Amelie, es hora de levantarse! ¡Tienes que ir a la escuela!

Se puso la almohada en la cara, llena de rabia, porque otra vez habían interrumpido su sueño en el momento más importante. Era frustrante el hecho de querer ver el rostro de alguien y nunca poder hacerlo. No tenía despertador sobre la mesa de luz, porque con los gritos de su familia todas las mañanas no era necesario.

—¡Ya voy, papá! Solo un segundo más por favor —trató de decir en un tono dulce que le hiciera ganar más tiempo para remolonear, pero hacerse la niña ya no servía con él. Se dio cuenta de que su voz se escuchaba áspera y seca. Esos sueños eran tan reales que la cansaban demasiado. Al día siguiente se levantaba con finas líneas rojas que parecían serpientes en sus ojos. Parecía salida de una película de terror, una zombi o algún monstruo de esa clase. Pero por suerte su padre siempre recordaba comprarle unas gotas que hacían que la irritación se fuera en minutos, porque ni loca saldría a la calle con esos ojos.

Bueno, «salir a la calle» era un decir cuando de Amelie se trataba. Esa no era una de sus actividades preferidas, porque no creía ser como las demás chicas que se la pasaban fuera de casa y volvían a altas horas de la noche. Tampoco le interesaban las mismas cosas, como la ropa cara, el maquillaje y salir a bailar, pero hacía un gran esfuerzo por respetar los gustos ajenos.

A sus padres esto les preocupaba. Y en su afán para que fuera más sociable, trataban de obligarla para que saliera a la vida por decirlo de alguna manera. Pero a Amelie eso no le importaba demasiado y lograba el efecto contrario, que se retrajera un poco más.

Ella creía que con tal de que se comportara como los demás, no les hubiese importado que volviera a casa un domingo a las seis de la mañana, descalza y borracha, acarreada por amigos que la dejaran vomitando en la puerta principal. De lo que sí estaba segura era de que sus padres se reprochaban que su forma de ser tenía que ver con el trabajo de su papá. Porque hasta su hermana menor tenía más amigos que ella.




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