Llegaron a la casa de Nadia con la música del auto a todo volumen. Amelie tuvo miedo de que en algún momento le llegaran a sangrar los oídos o la nariz. Seguía pensando en sangre roja, en la caída del cuadro familiar y fue allí que bajó la mirada hasta sus manos y observó la bandita que cubría su dedo cortado y esa herida en forma de cruz.
—Amelie, es hora de bajar del auto. ¿Quieres quedarte allí toda la tarde? Podríamos hacer la tarea y comer aquí adentro, pero no es demasiado cómodo —dijo Alexis un tanto inquieto pero siempre sonriente, mientras Nadia la observaba. A eso sí que no se podría acostumbrar, a sus miradas penetrantes ante cualquier cosa que hacía o dejaba de hacer. Hiciera o no hiciera algo, nunca pasaría desapercibida ante sus ojos amistosos pero analizadores.
«Es hora de bajar de la nube en la que estoy viviendo también. Trata de ser normal y deja de pensar tonterías», se dijo inmediatamente, porque si quería mantenerlos en su lista de seres queridos, era importante que viviera en el mundo real y no pareciera una loca pensativa frente a sus ojos atónitos. Debía dejar de analizar cada situación pero se había dado cuenta que eso sería algo difícil de lograr.
—Ya sé que es hora de bajar, pero es que el asiento es tan cómodo, mi querido amigo —bromeó (o trató de hacerlo) y en ese segundo pensó que no podía haber dicho algo más patético que eso. ¿A quién más que a la loca solitaria se le podía ocurrir una respuesta tan mala? A pesar de sus juicios mentales, a Alexis le encantó que hablara bien de su auto. Todavía no conocía la técnica de volver al pasado para revertir situaciones embarazosas porque en ese momento la hubiese usado. También pensó que si tal vez podían reunirse más seguido, su vida no sería tan monótona. Le llevaría tiempo acostumbrarse a las bromas de Alexis y a los fuertes abrazos de Nadia, pero nada podía ser tan terrible.
—¡Hola, chicos! —les saludó una mujer efusivamente—. ¿Cómo les fue hoy en la escuela? ¿Tú eres Amelie Roger no? Buena combinación de nombre y apellido, me gusta.
Parecía que no iba a dejar de hablar nunca. Cuando Amelie la miró con detenimiento, sorprendida porque sabía su nombre completo, se dio cuenta de que era la réplica exacta de Nadia o su amiga la réplica de aquella mujer. Debía ser su madre. Tenían la misma altura, color de pelo y los mismos rasgos en sus rostros.
—Está bien, muchas preguntas para esta hora, lo sé. Dejaré de atormentarlos, bastante habrán sufrido hoy en el colegio —dijo luego, como disculpándose—. Soy Clara, la mamá de Nadia. ¿Cómo estás?
Le plantó un beso en la mejilla, sin temor a la reacción de la muchacha que acababa de conocer. Entonces Amelie recordó los abrazos despreocupados de su hija y confirmó que también se comportaban de la misma manera.
Clara le cayó bien desde el principio porque parecía tan espontánea, transparente y divertida que era agradable su compañía. Supuso que la ciudad no era lo demasiado grande como había pensado y que todos debían haber estado comentando sobre su familia, los nuevos residentes y gobernantes de Puerto Azul y por eso ella conocía su nombre o podía ser que Nadia le hubiera hablado de ella.
—Estoy bien... Veo que usted ya me conoce, así que el gusto es mío, Clara —dijo fingiendo una risa tonta, mientras Nadia tiraba de su mano para que subieran las escaleras, como si no quisiera que su amiga se quedara a hablar con su mamá.
—Bueno, Amelie, me alegro de que mi hija tenga una amiga que por fin conozco. Desde pequeña pasa todo el día con Alexis. Ya les dije que van a terminar siendo novios —comentó Clara mientras preparaba masa sobre la mesada de la cocina, dejándose las manos llenas de harina. Le dio una mirada tierna a Alexis porque tal vez la idea le gustaba, pero en realidad era para que el chico no se sintiera mal después de haber dicho que su hija solo lo tenía a él como amigo.
Eso llamó la atención de Amelie, pero era verdad. Nadia nunca frecuentaba a más personas, al menos que ella supiera y no sabía demasiado de las vidas de los demás. En eso eran iguales, las dos pensaban que los varones eran más comprensivos y protectores como amigos, tenían menos problemas y no eran tan complicados como las chicas que asistían al colegio, que te matarían si usabas un vestido parecido en una fiesta o le sonreías al chico que a ellas le gustaba.
—Deja de decir esas cosas, mamá, por favor. Y preguntas cómo nos fue en la escuela como si tuviéramos siete años —exclamó su hija un tanto sonrojada y mordiéndose el labio inferior, como si estuviera molesta—. Llámanos cuando las pizzas estén listas, ¿sí?
Su madre sonrió y siguió cocinando sin prestarle demasiada atención.
—Mi padre dice lo mismo cuando ella va a casa, pero allá no es tan valiente como para decirle que se calle y le cocine algo —bromeó Alexis, que siempre parecía estar de buen humor. Miró a Nadia y sacudió su cabeza indicando que era hora de seguir camino hacia el piso de arriba.
Atravesaron un angosto pasillo para llegar a la habitación. La casa era un tanto más chica que la de Amelie, pero estaba bellamente decorada y al reparar en eso, se preguntó de quién sería el buen gusto, la elección de los colores en las paredes, las cerámicas de los pisos que combinaban, las delicadas cortinas y adornos.
Y en un momento todo lo que había a su alrededor se desvaneció como por arte de magia, los colores se diluyeron como un pincel recién usado que se limpia en un vaso de agua y se juntaron en otro lado para formar una imagen. Solo una cosa pudo ver y nada más que eso.
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Editado: 17.07.2026