Cielo prohibido

Capítulo 3

La nueva mañana sorprendió a Amelie con su claridad cuando aún estaba en la cama. Las mariposas móviles, que colgaban cerca de la ventana, producían una bella melodía metálica al ser agitadas por la brisa fresca que ingresaba del exterior. Ese simple hecho hacía que quisiera quedarse en la cama y no salir jamás. Pero una pregunta apareció en su mente antes de que pudiera pensar en otra cosa.

«¿La ventana está abierta?», se preguntó desconcertada. No recordaba haberla abierto antes de irse a dormir. Y como siempre que necesitaba resolver un misterio, recordó cada uno de los pasos que había hecho antes de cubrirse la cara con la sábana y no tenía registro de ella abriendo la ventana. Seguramente había quedado sin traba, entonces el viento la empujó por la noche. O también estaba la posibilidad de que en sueños, porque Martina le había dicho que era sonámbula y la había visto deambular por la casa ese último tiempo, se hubiera levantado a dejar ingresar aire fresco en la habitación, cada vez más calurosa que de costumbre. Era 0ctubre, la primavera ya había comenzado con sus flores estallando en colores por todos lados y los días se habían tornado sumamente calurosos en Puerto Azul, como nunca antes. Al menos eso decían los habitantes del lugar, pero como era su primer verano allí, no tenía cómo probarlo.

Siguió dando vueltas en la cama un rato más. Las sábanas le producían agradables escalofríos al rozar su piel y de pronto se dio cuenta que tenía una gran sonrisa dibujada en sus labios. Aún estaba feliz por lo que le había ocurrido el día anterior.

En un momento trató de recordar su sueño y comprobó que era el mismo que tenía todas las noches. Cuando sus ojos se abrieron, lo primero que vio fue el cuadro que Clara le había regalado. Aunque no creyera en la presencia física de un ángel en su habitación, cada vez que repitiera la plegaria, recordaría el rostro del muchacho en la pintura.

De repente recordó que sus amigos pasarían a buscarla para llevarla al colegio. Miró el reloj: las siete y cinco de la mañana. Comenzaban las clases a las ocho, así que tenía tiempo de sobra para prepararse y desayunar algo. Además a Alexis no le gustaba andar despacio en su auto porque le parecía que era una pérdida de tiempo, y teniendo en cuenta ese detalle, nunca llegarían tarde.

Volvió a esconderse bajo las sábanas, pero esa vez no fue para refugiarse de los rayos del sol que inundaban el cuarto, sino para tenderle una trampa a su pequeña hermana. Amelie se quedó allí, inmóvil, pretendiendo estar dormida y mirando hacia la puerta con ojos expectantes. Algo se podía apreciar a través de la sábana. Unos minutos después pudo ver su figura ingresando, lista para comenzar con el ataque de cosquillas. Ella se acercaba lentamente, con sus dos pequeñas pero mortales manos estiradas. Cuando estuvo a punto de tocar a Amelie, esta saltó dando un grito. La niña salió corriendo de prisa, protestando en voz alta y desapareció de la habitación en un segundo. Tomó velocidad para seguirla escaleras abajo, donde la encontró y comenzó su ritual de risas. Sin embargo, Amelie se dio cuenta de que algo no iba bien ese día. Martina estaba furiosa y se aguantó las carcajadas que quería dejar salir de su boca.

—Lo lamento, Marti, no volveré a asustarte de esa manera nunca más, te lo prometo —dijo Amelie mirándola con ojos tiernos, pero no hubo caso. Martina parecía realmente enojada. Se levantó del sofá y la miró con unos ojos tan dolidos y llenos de rabia a la vez que no parecía ella.

—Nunca más —dijo, en un tono de voz profundo, para nada infantil. Eso hizo que el corazón de Amelie se le detuviera en el pecho y se sintiera completamente sorprendida. Ella nunca le había hablado así, de manera tan cortante. No era la primera vez que se hacían esa clase de bromas, pero ese día la pequeña no lo soportó. Martina se dirigió a desayunar y Amelie sacudió su cabeza, todavía reprochándose lo que había hecho, mientras subía a su habitación a cambiarse.

En cuanto terminó de vestirse, decidió peinarse en la forma que siempre hacía, usando la cinta de color azul. Si a otras personas les había gustado la forma en que arreglaba su cabello, sintió que no debería alejarse de lo seguro y hacerse cualquier otra cosa ridícula en el pelo. Amelie se miró en el espejo, esa vez más confiada que nunca y notó que la imagen que el reflejo le devolvía no era para nada desagradable. Tampoco podía compararse con la belleza que su amiga tenía, pero por un momento se sintió segura de sí misma y por más que no lo dijera en voz alta, estaba pensando que era linda.

Volvió a bajar las escaleras para sentarse a desayunar en la cocina junto a los demás. Su padre ya no estaba porque tenía una reunión y mucho trabajo en la municipalidad, entonces se había marchado más temprano que de costumbre. El diario que leía todos los días estaba doblado sobre la silla que siempre ocupaba.

Las tres mujeres de la casa desayunaron solas esa mañana. Aún eran las siete y media, así que había tiempo para una conversación sobre la noche anterior. Trataría de hablar con su madre porque su hermana tenía la vista fija en su taza de leche y no emitía palabra. Amelie no se reconoció en ese momento, tratando de contar cosas sobre su vida. Pero definitivamente algo estaba cambiando porque cosas interesantes le estaban sucediendo y por eso tenía la necesidad de hablar. Finalmente tenía algo que contar.

—¿Cómo te fue con la vida social ayer, cariño? —preguntó su madre mirando a su hija menor y haciéndole una mueca porque sabía que algo no estaba bien. Aun así Martina seguía con la mirada perdida y en silencio, en otro mundo. Nunca antes se había comportado de esa manera.




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