El jueves pasó rápido, pero aun así la semana se negaba a terminar. Amelie comenzó su día de la peor manera, porque su sueño de todas las noches había cambiado; la variación se había producido. Lo conocía tan de memoria que una simple hoja de árbol que antes no estaba ahí llamaría su atención.
Había llegado otra vez a la parte en la que se acercaba hasta el ser misterioso para ver su rostro, cuando se dio cuenta de que un automóvil se había sumado al paisaje. Un auto que le parecía conocido y que tenía luces fuertes pasó por la ruta detrás de ella y alumbró por un segundo la cara de su antes invisible compañero. La pudo ver nítida como si fuera de día bajo los abrasadores rayos de un sol de enero. Su piel era clara, los ojos verdes y el cabello negro recién cortado. Su mano, en la que llevaba un anillo dorado que brillaba desprendiendo destellos, aún estaba puesta en su hombro, quemándola y recordándole cosas que la torturaban.
—¡Bastian! —dijo en voz alta, abriendo los ojos de repente. Trató de respirar porque era como si alguien le hubiera pegado en la boca del estómago y dejado sin aire. El enojo hacia él y a su manera de entrometerse, que se había esfumado hace unos días, volvió de repente.
«¿No es suficiente con estar en cada lugar al que miro en el colegio? ¿No le basta con hacerme sentir como una tonta que no sabe reaccionar? Ahora también se mete en mis sueños», protestó y se puso una almohada en la cara para ahogar un grito. Antes se moría de ganas por ver el rostro de la persona que aparecía en su sueño, pero en ese momento no estaba segura de si lo que había visto la conformaba.
A pesar de que Bastian le atraía cada vez más, no podía evitar pensar en lo que había dicho Alexis. Él era un chico que pasaba tiempo con otras chicas en la soledad del bosque, estando comprometido. Alguien que, por más educado que fuera, rompería la triple alianza con sus amigos. No lo podía permitir.
De repente sus pensamientos se vieron interrumpidos por un estruendo en la ventana que por poco la hizo dar un salto. El corazón casi se le salió por la boca y se sentó repentinamente en la cama. Se paró despacio y observó lo que había pasado. Cuando se acercó hasta ella, en los mosaicos del pequeño balcón había un ave negra con las alas extendidas. Su pico había quedado abierto y sus ojos, que eran como pequeñas bolas oscuras, estaban estáticos y puestos en el cielo. Entendió que ya no tenía vida. Abrió el ventanal hacia el pequeño balcón y se arrodilló junto a la criatura.
Su dedo tocó el suave plumaje y el gordo pecho que antes se había inflado. Pero la criatura no estaba muerta y al instante un graznido horrendo interrumpió el silencio y estalló en sus oídos. El cuervo cobró vida en un segundo y Amelie cayó sentada al suelo muerta de miedo.
Asustada todavía, se deslizó hacia atrás impulsándose con las piernas y logró cerrar la ventana. Soltó un grito de terror cuando el ave comenzó a volar y arremeter contra el vidrio, como si quisiera quebrarlo con su afilado pico.
Su madre y su hermana llegaron hasta la habitación corriendo desesperadas por el grito que habían oído desde la cocina. El ave ya se había marchado, era solo una mancha negra en el cielo azul.
—Amelie, ¿qué te pasa hija? ¿Qué fueron esos gritos? —preguntó con la voz preocupada, mientras su hermana la miraba como si estuviera viendo a una loca. Logró calmarse apenas su mamá la abrazó. Era el efecto que los abrazos de su madre siempre tenían. El mundo podría venirse abajo, su cielo podría derrumbarse pero los brazos de su madre eran un escudo. Allí todo estaba bien.
—Creí... creí que estaba muerta... —Muy pronto se convenció que no tenía por qué asustar a su madre. Era solo un ave. Una muy amenazante, pero ave después de todo. No podía hacerle daño—. No es nada serio. ¡Qué tonta! Es solo que un ave se estrelló contra la ventana y me dio un tremendo susto.
Fingió una sonrisa que logró tranquilizar a la mujer. La verdad era que se había sentido atacada por un pájaro que ni siquiera habitaba esas zonas y no quería admitirlo, porque estaba segura de que no creerían que un cuervo andaba por Puerto Azul. Lo más seguro era que se tratara de otra clase de ave.
—Eres mi chiquita aún. Tienes todo el derecho de asustarte — bromeó su madre y las tres comenzaron a reír.
Si el día anterior no había podido lidiar con la presencia de Bastian, esa mañana con el enojo que tenía por su intromisión en su más hermoso sueño, no le sería difícil ignorarlo. Sintió que era lo que debía haber hecho desde un principio. Sumado a eso, aún se sentía rara por lo que le había pasado con el cuervo y un miedo indescriptible se había instalado en su cuerpo.
Cuando la hora del almuerzo llegó y tuvo que pasar por la cafetería y frente a la bella sonrisa de Bastian, ella solo le dijo: «Hola. Una manzana por favor». Ni siquiera lo miró a la cara, tomó la bandeja casi vacía y se alejó rápidamente sin esperar su reacción. El muchacho se quedó desconcertado, por decir poco. Después de todo lo que había pasado en el bosque, sintió que las cosas habían quedado bien. Pensó que tal vez sus amigos se habían molestado, que él no les caía bien y por eso ella se mostraba distante. Bastian sentía que iba a estallar con los cambios de ánimo de Amelie, quien podía pasar de ser la persona más tierna del colegio a una chica completamente fría y distante, lo que no le agradó en absoluto. En un momento pensó en ir a buscarla y preguntarle qué le estaba pasando pero sacudió la cabeza y siguió con su trabajo.
#566 en Fantasía
#336 en Personajes sobrenaturales
#71 en Paranormal
ángeles guardianes y demonios, romance juvenil drama, ángel y protegida
Editado: 17.07.2026