Los días pasaron silenciosos pero apresurados, como tratando de que Amelie no se diera cuenta de que huían de ella en puntas de pie. Las horas se le iban entre trabajos finales, miradas descuidadas hacia cierto lugar del comedor escolar y charlas interminables sobre cosas sin sentido con sus amigos en noches estrelladas que alegraban el alma.
Muchas veces hablaba con Bastian mientras él le servía su comida en la cafetería. También solían escaparse al bosque, donde nadie los había descubierto hasta ahora y un día se quedó dormida entre sus brazos y se sintió tan cómoda y cálida que quiso quedarse para siempre en ellos y habitar en la soledad del bosque eternamente.
La mayoría del tiempo se hacían bromas como en una especie de flirteo, para esconder lo que realmente querían decir pero callaban y aunque era un tanto doloroso, ambos pasaban momentos agradables. Ella se divertía mucho con las cosas que él decía y le encantaba la inocencia que tenía por momentos.
Bastian nunca mencionó nada sobre el beso en Playa Calma en todo ese tiempo, por lo que la muchacha pensó que las cosas estaban más que claras y él realmente no estaba interesado en ella. Eso le era algo bastante difícil de entender, estar tan cerca suyo y no poder tocar su piel o besar sus labios.
Amy creía que el hecho de seguir hablando con él como amiga, cuando realmente quería ser algo más, le sería muy doloroso al final.
De todos modos, para su suerte, con todo lo que el fin de año traía consigo, lograba olvidarse de eso por momentos. Pero apenas se quedaba sin cosas por hacer, Bastian aparecía de nuevo en su cabeza y se hacía sentir en su corazón.
Durante el mes de noviembre se dedicó junto al resto de sus compañeros al diseño de la decoración para la fiesta de graduación de los alumnos de quinto. Aunque ésta tendría lugar en diciembre y faltaba un mes, querían que fuera espectacular, no por agradar a los del último año, con quienes casi no se hablaban, sino para que no fuera una fiesta aburrida como solían ser.
Decidieron que la decoración se remontara a cientos de años atrás, influidos por Nadia y Amelie, quienes propusieron al curso transformar el gimnasio en la mansión de Charles Bingley, donde las hermanas Bennet solían asistir a fantásticos bailes. Y al ser las únicas que habían leído el libro y visto la película Orgullo y Prejuicio, de Jane Austen, los demás confiaron en su decisión.
Finalmente, unos cuántos días antes del baile, el salón quedó terminado para alegría de todos y había quedado más que perfecto. Cuatro arañas de cristal que Amelie no sabía quién había conseguido, pendían majestuosamente del techo. Las paredes estaban cubiertas por lienzos blancos que formaban ondas, imitando las cortinas de grandes ventanales antiguos en salones que habían sido tocados por la música de violines. En ambos laterales había tres cuadros pintados por Clara Herman que le daban un toque especial y elegancia al lugar.
Pero lo más importante: el gran escenario era lo que los había dejado con la boca abierta. Se las ingeniaron para construir la fachada de un palacete inglés como el del señor Bingley. Por la gran puerta saldrían los egresados en pareja y bajarían una escalinata donde se tomarían la foto de recuerdo. Unos pasos más adelante, colocaron una fuente de agua que estaría iluminada y funcionaría esa noche. En el centro del salón había una gran pista de baile y en los laterales, bajo los cuadros, largas mesas de manteles blancos donde estaría la comida.
El día en que todo quedó listo, los alumnos se sintieron más que satisfechos con la tarea realizada. Cuando la directora entró a inspeccionar, porque antes le habían prohibido hacerlo, casi se desmayó al ver la magnitud de la decoración de sus queridos alumnos de cuarto año.
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Ya en diciembre, unos días antes del baile, Nadia planificó un sábado de compras en el que irían a elegir la ropa en las tiendas.
«A las mejores tiendas de Puerto Azul», había dicho ella. Definitivamente la necesitaría, porque hacía mucho que Amy no compraba vestidos para galas especiales y no tenía demasiada idea de qué cosa estaba a la moda o no.
Para ello, tomó el dinero que tenía ahorrado para libros y su madre le dio un poco más. Salió apresurada cuando el auto de color negro estacionó en el lugar de siempre. Alexis, quien no parecía demasiado animado, también elegiría su ropa ese día.
Mientras el vehículo avanzaba lentamente por la calle principal, Amelie se dio cuenta de que nunca le había prestado atención al centro de la ciudad, porque siempre que pasaba por allí iba distraída y se metía en la librería, pero ese día se tomó un tiempo para observar.
La gran avenida estaba llena de luces fluorescentes y autos que circulaban a poca velocidad. Las veredas se hallaban repletas de personas indecisas, las madres tiraban a sus hijos pequeños del brazo, alejándolos de las tentadoras jugueterías. Las grandes vidrieras tenían ropa muy a la moda y también cosas excéntricas.
Como era de imaginar, el trámite no sería para nada corto. Nadia los llevó de una tienda a la otra, haciendo que se probaran miles de prendas, lo que al final se tornó agotador.
—Siempre es mejor saber lo que todas ofrecen, así después volvemos a la tienda que tenía la mejor ropa. Sería tonto no hacerlo de esa manera, ¿no creen? Gastarse el dinero en un lugar y luego ver el vestido perfecto en otro lado —dijo guiñándoles el ojo, como una experta en compras que había develado un gran secreto que les cambiaría la vida.
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Editado: 17.07.2026