Los días pasaron más rápido que de costumbre, como últimamente estaba sucediendo en su nueva vida. Amelie estaba segura de que se debía a que pasaba muchas horas con sus dos amigos divirtiéndose. Pero a pesar de que eran tiempos de alegría, no quería que esos días se le escaparan tan rápido, quería disfrutar cada segundo y que nunca terminaran.
A veces, cuando se quedaba sola por la mañana, se aburría y solo esperaba que llegara la tarde para encontrarse con Nadia y Alexis. Se sentaba en el sillón frente a la ventana, con un gran cuaderno y se ponía a dibujar, mientras miraba cómo las nubes, que parecían pedazos de algodón, se movían lentamente por el cielo. De repente, el auto negro se estacionaba frente a su casa y salía corriendo, pasaba toda la tarde con Nadia y Alexis, siempre cenaban juntos cuando caía la noche cerca del puerto, así que volvía tarde a su casa.
Su familia no la veía mucho esos días, pero al menos tenían a la abuela con quien entretenerse mientras ella no estaba. Llevaban a la mujer a recorrer lugares y enseñarle las atracciones de Puerto Azul, tratando de convencerla de que se mudara a vivir con ellos, pero ella se oponía rotundamente a la idea, decía que ya extrañaba mucho a sus perros, sus flores y todas sus cosas que tenían un lugar especial en su corazón.
Navidad, Año Nuevo y vacaciones de verano fueron momentos en los que Amy se sintió plenamente feliz, como ese poco de felicidad que había experimentado el día del baile en el colegio.
Nadia comenzó a insistir con su idea de producirse mucho para salir a bailar, a lo que sus padres accedieron porque había aprobado el año sin reprobar ninguna materia y se había comportado más que bien. Pero dentro de todo lo maravilloso que estaba viviendo había algo ausente que de una forma u otra se hacía notar.
Sus ojos trataban de encontrar a esa persona, su nariz quería volver a respirar su perfume y sus labios querían sentir la frescura de los suyos, aunque él nunca quisiera besarla.
El presentimiento que había tenido aquella noche después del baile se hizo realidad, pues no había vuelto a ver a Bastian y ya casi había pasado un mes, así que realmente se había despedido de ella y tal vez para siempre. Trató de encontrar razones que explicaran su decisión pero no lo logró. Estaba confundida porque él había insistido tanto con quedarse en su vida y justo cuando se lo permitió, de un momento a otro, había desaparecido. No quería pensar mal de él, porque al menos la había pasado bien junto a Bastian, había experimentado por fin lo que era sentirse enamorada.
A veces inventaba excusas para andar cerca de la catedral, como ir a misa por ejemplo, cosa que nunca había hecho en años, pero ni noticias de él. Así que a pesar de mostrarse feliz la mayoría del tiempo, por dentro sentía que su amor se iba marchitando poco a poco, como los pétalos de una flor que se desprendían resistiéndose a cambiar de estación. Porque, ¿cómo se supone que te debes sentir cuando has probado la felicidad misma y esta se desvanece en el aire de repente dejándote con ganas de más? Amelie no encontró otra respuesta que tristeza y decepción.
A medida que los días transcurrían empezó a olvidarse de ciertos detalles que antes le eran muy claros, como la sensación de sus manos en su cintura y los escalofríos que provocaban. Incluso se alejaba de ella su tierno y bello rostro. No estaba segura de recordar el color exacto de sus ojos. Se iba su perfume, con el que se daba cuenta que él estaba detrás de ella, a pesar de no poder verlo. Se estaba olvidando de sus manos cálidas, su aliento con aroma a menta y miel y su sonrisa blanca. La ausencia de su figura en cada rincón al que volteaba era devastadora, porque tenía que reconocer que Bastian ya no estaba cerca de ella.
«¿Dónde quedó tu insistencia por estar cerca de mí y cuidarme?», se cuestionó una noche, cerca de la ventana de su habitación, mirando las torres de la catedral que parecían vestidas de oscuridad.
Nadia y Alexis no se habían animado a decir nada, solamente trataban de que se distrajera cuando la veían con la mirada perdida, porque sabían que estaba pensando en él. Su amigo se sintió bastante estúpido por haber depositado confianza en ese muchacho que ahora había puesto triste a Amy.
Hasta sus sueños lo habían eliminado por completo, ya que el ángel había vuelto a ser el mismo y no llevaba su cara. Era otra vez alguien que no quería darse a conocer. Así, entre alegría y ausencia unos días más pasaron.
~⁜~⁜~⁜~⁜~⁜~⁜~⁜~⁜~⁜~⁜~⁜~⁜~
Cuando su padre le dijo que llevarían a la abuela de regreso a Santa María, Amelie no supo bien qué pensar. A pesar de que no vería a sus amigos por unos cuantos días, sabía que debía darles tiempo para respirar y estar juntos también, no quería ser una carga para ellos por más que le dijeran lo contrario.
Creyó que el estar lejos de Puerto Azul, el volver a recorrer las calles de Santa María, le ayudarían un poco a superar la tristeza de no ver a Bastian, pero no creía en recetas ni soluciones mágicas.
Sabía que lo amaba profundamente y que no podría sacárselo de la cabeza así tan fácil.
Tal vez en marzo, cuando las clases comenzaran otra vez, lo volvería a ver detrás de la barra de comidas. Él estaría sonriente, hermoso y le hablaría nuevamente, pero sabía que eso no sucedería.
Se despidió de los chicos por la tarde, al igual que de Clara y Héctor. Los padres de Nadia eran como unos tíos muy queridos para ella. Se había acostumbrado tanto a tenerlos cerca esos últimos meses, que fue difícil que los ojos no se le llenaran de lágrimas al verlos despidiéndola, mientras la gran camioneta roja familiar se alejaba.
#566 en Fantasía
#336 en Personajes sobrenaturales
#71 en Paranormal
ángeles guardianes y demonios, romance juvenil drama, ángel y protegida
Editado: 17.07.2026