Los meses siguientes fueron duros para Amelie, porque poco a poco se iba acostumbrando a esa vida nueva que le había tocado vivir, pero recordaba todo lo que había perdido. La mayoría del tiempo se la pasaba encerrada en su habitación, con la vista perdida en el cielo que se podía observar a través de la ventana. No hablaba mucho, ni siquiera cuando sus amigos trataban de alegrarla, solo se quedaba en la cama con una frazada cubriendo sus piernas y un libro abandonado sin leer a su lado. Siempre había un plato sobre la mesa de luz, pero ella casi no probaba bocado, no podía tragar la comida.
Todos en la casa se preocupaban por la muchacha y trataban de hacerla sentir lo mejor posible. Ella agradeció que no fuera de manera insoportable e insistente porque no estaban todo el tiempo sobre ella, sino que le daban el espacio que necesitaba para estar sola.
Cuando llegó marzo otra vez y tuvo que volver al colegio, nadie mencionó nada sobre el accidente, ni siquiera Leo se acercó a decir «lo siento», porque seguramente estaba nervioso y no sabía que más decir. Muchos de sus compañeros le dedicaron una sonrisa genuina al verla, pero nadie se acercó a hablarle. Nadia y Alexis estaban a cada momento con ella aunque fuera en silencio.
A pesar de las cosas malas que podían llegar a deprimirla y que siempre la rondaban como fantasmas, iba a hacer todo lo posible para poder finalizar el colegio, porque ya estaba en quinto año. Tenía que enfocarse en eso, al menos iba a distraerse un poco.
Un día tuvo ganas de volver a su antigua casa, pero sola, no quiso que nadie la acompañara, pues era uno de esos momentos que sentía que debían ser íntimos y debía guardarse ciertas cosas para ella. Había decidido conservar la casa por un tiempo más. No estaba dispuesta a ponerla en venta todavía, porque allí estaban todos sus recuerdos, pero Héctor y Clara la habían convencido de hacerlo. Decían que sería una prueba, una forma de cerrar esa historia y luego de mucho pensarlo, entendió que tenían razón, si de todos modos el recuerdo de su familia estaba en su corazón. Ya había dos compradores muy interesados que no querían esperar un segundo más.
De la casa de su abuela en Santa María se harían cargo unos tíos que ni sabía que existían, pero pensó que era un problema menos para ella, algo menos en qué pensar.
Ese día tenía que empacar todo para llevárselo, pero solo quería fotos, algunos regalos que le habían hecho, libros y cosas que habían pertenecido a la familia por generaciones. Los demás muebles serían vendidos junto con la casa.
Apenas puso un pie en el living que estaba en penumbra, el vacío desolador la azotó, le tocó los brazos y se enredó en sus cabellos. Y luego le golpeó el pecho como empujándola hacia afuera y haciéndole notar que ese lugar no le pertenecía. Ya no había risas provocadas por cosquillas, olor a tostadas, ni ruidos; ya no había vida. Sobre el sofá estaba la muñeca que Martina había olvidado y por la que se había estado lamentando en la camioneta. La tomó sin pensar, apretándola fuertemente sobre su pecho.
Con pasos lentos llegó a la cocina y encontró el diario que ya era viejo doblado sobre la mesa donde su padre lo había dejado. Quitó las fotografías que estaban pegadas en la heladera con imanes, pero no quiso verlas por mucho tiempo porque se pondría a llorar. Halló sobre la mesada una caja blanca que aún tenía el perfume de su madre y las guardó allí dentro.
Antes de subir las escaleras, observó el retrato familiar sobre la mesita de patas altas y no pudo evitar pensar en aquel día en que se había caído al suelo, como un presagio. Parecía que cien años habían pasado desde aquel día. Finalmente, subió las escaleras viendo más fotos familiares de épocas felices, en portarretratos de marcos dorados, los cuales quitó de la pared también.
La puerta de su habitación chirrió al abrirse, dándole la bienvenida a su viejo mundo que estaba intacto, con un poco más de polvo que de costumbre pero igual que siempre.
«Nunca debí haber salido de aquí», se lamentó, pero no podía culparse por el hecho de querer vivir en el mundo real como los demás.
Se recostó sobre la cama y se propuso recordar su antigua historia, porque a medida pasaban los días las cosas conocidas se alejaban de su mente. Pudo verlo todo, desde su primer recuerdo de niña hasta ese momento. Las imágenes comenzaron a pasar frente a sus ojos sin que hiciera el menor esfuerzo.
En un momento se tuvo que haber dormido, porque despertó asustada, miró el reloj y dos horas ya habían pasado desde su llegada. Se levantó apresuradamente y miró hacia la gran catedral.
Sus torres estaban vacías y oscuras, sin vida como su antigua casa. Fue allí que recordó a alguien quien hacía meses se había vuelto invisible.
Después de pensarlo entendió que él, de quien ya hasta le era difícil pronunciar su nombre, también formaba parte de su lista de pérdidas irreparables. Su rostro ya no era bello y tierno en sus recuerdos, porque estaba casi desdibujado y borroso, como la isla lejana en Playa Calma.
Bastian había renunciado a su trabajo como ayudante en la cafetería del Highland y no lo veía nunca en la ciudad. Supuso que se había marchado para siempre. Se tendría que olvidar de sus dulces labios y de sus manos cálidas, de él por completo. Aunque era doloroso, de alguna manera lo haría, porque había comprobado que era bastante fuerte teniendo en cuenta lo que había sucedido y que siempre era mejor superar las cosas malas y seguir adelante, hacia donde la vida quisiera llevarla.
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Editado: 17.07.2026