Lo primero que vio al llegar al aeropuerto fueron los rostros de sus amigos y sus expresiones de ansiedad. Los dos la esperaban a lo lejos, reteniendo las ganas de correr hacia ella hasta que acortaron la distancia a pasos agigantados por el resbaloso piso.
—Hola hermanita —saludó Alexis enredando sus brazos en la cintura de Amy, para levantarla en el aire—. Por fin llegas, ya nos estábamos cansando de esperar.
—Pensé que los amigos se esperaban eternamente y no se cansaban —bromeó ella, ante las risas de Nadia, a quien pudo abrazar cuando el muchacho la soltó—. ¿Me extrañaron? ¡Yo los extrañé muchísimo! Los amigos de Nando eran divertidos pero ustedes no tienen comparación.
—Obvio que te extrañamos, nena. Aunque no lo parezca las Barbies también tenemos sentimientos bajo todo el plástico, no es solo una cara bonita —bromeó Nadia, soltando una carcajada—. Ya nos estábamos aburriendo sin ti.
Los chicos ayudaron a Amelie con su equipaje y caminaron hacia el exterior del aeropuerto.
—Clara y Héctor están trabajando, ¿no es así? Pensé que vendrían a recibirme también.
—Sí… como siempre. ¿Dónde más estarían? —dijo Nadia, mirando a su novio de manera extraña.
Amy se sintió muy a gusto cuando subió al auto, ya que por fin estaba en su país, rodeada por las cosas y personas que conocía. El lugar donde también vivía Bastian. Seguramente eso era lo que más contenta la tenía, pues estaba ansiosa por volver a verlo. Se preparó ante el hecho de no saber cómo él se había tomado su repentina partida. Creyó que estaría furioso o dolido, aunque al final no lo estuviera por mucho tiempo, nunca lo hacía.
Durante el camino hacia Puerto Azul, Alexis encendió la calefacción del auto debido al invierno colándose por las ventanas. Las vacaciones de julio terminarían en menos de una semana, así que Amelie tendría que recuperar el tiempo perdido y hacer todas las tareas pendientes que los profesores les habían indicado. Pensando en ello, cerró los ojos y al instante estaba sumida en un profundo sueño. El viaje la había cansado bastante y no había podido dormir bien en el avión.
Tuvo un sueño terrible, esa clase de pesadilla en que si algo te corta, sientes el dolor realmente y ves la sangre brotar con fuerza.
Se vio a sí misma en el bosque cerca del colegio, pero la imagen no era clara, las flores que había visto en Venezuela y los arroyos de agua fresca se superponían, creando un paisaje distorsionado. Estaba parada en el medio de un claro sin saber por qué estaba allí o cual era su propósito. Mientras giraba lentamente sobre sus pies, tratando de encontrar a alguien, decenas de mariposas imperiales azules comenzaron a volar cerca de ella, tan hermosas y cautivantes que trató de seguirlas cuando estas empezaron a alejarse lentamente de ella, pero no podía moverse del claro.
De repente, entre las sombras de los árboles apareció una mujer extraña. Era alta y tenía el pelo negro, si es que se podía llamarle pelo. Su cabello parecía petróleo espeso, un líquido viscoso que la recorría de pies a cabeza. Y para completar la horrenda imagen, tenía unos inquietantes irises rojos. Sabía que la había visto antes, pero no podía recordar dónde ni quién era. Con un chasquido de sus dedos, las mariposas que trataban de alejarse, se incendiaron al instante chillando antes de caer al suelo y lastimando los oídos de Amelie, quien instintivamente trató de cubrirlos con sus manos. No pudo protegerlos por mucho tiempo sin embargo, al percatarse que la mujer movía los labios.
—Qué triste, ¿no? Ver que tan hermosas criaturas se incendien y se convierten en polvo. Me recuerdan a otros seres que cayeron en mi cuna con las alas quemadas.
—¿Qué quieres de mí? ¿Por qué haces esto?
—Solo pretendo demostrarte que no podemos escapar de lo que otros han predispuesto, porque a todos nos llega la hora de morir. Y tú, Amelie, se supone que debías haber muerto hace tiempo, en varias ocasiones. Pero aquí estás, disfrutando otra vida más.
—¿A qué te refieres? —preguntó Amelie, pero ella no respondió y se limitó a señalar hacia un árbol, donde ahora pendían dos personas, colgadas por el cuello.
El terror la inundó cuando descubrió sus rostros, sin dar crédito a sus ojos. Amy no podía creerlo, eran sus amigos. El corazón se le detuvo en el pecho y al segundo volvió a bombear con fuerza y dolía. Esa imagen era peor que cualquier cosa, sus ojos cerrados y sus cabezas cayendo de lado. Poco a poco el color natural de sus pieles se volvía morado y las venas de sus cuellos se volvían gruesas y a punto de estallar. Quiso acercarse para ayudarlos pero era en vano, porque esa mujer ejercía una clase de poder sobre ella que la paralizaba.
Volvió a intentarlo, con las lágrimas quemándole los ojos y logró moverse un poco. La malvada mujer lo notó, pero cuando estuvo a punto de acercarse a Amelie para aniquilarla, apareció Bastian agitando sus inmensas alas y la arrojó con todas sus fuerzas contra el tronco de un árbol. Con el impulso del ataque él rodó por el suelo, pero se levantó enseguida; ella parecía inconsciente. Bastian empezó a caminar hacia Amelie dándole la espalda a la mujer. Inmediatamente, ella se paró sin que él la viera, con una lanza de plata brillante de punta fina y afilada en su mano. Lo atravesó sin misericordia. La punta del arma salió por su pecho, sus ojos quedaron blancos y sin vida, mientras que su sangre carmesí bañó los pies de la muchacha.
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Editado: 17.07.2026