Cien por Cien

Capítulo Tres

—¿Había algún punto extra por romperle la mano a tu hermana?

Era muy probable que toda la clínica estuviera escuchando a mamá llamándole la atención a Victoria. Mientras tanto, el doctor terminaba de ponerme el yeso. Igual era la mano izquierda, no era de tanta utilidad.

Un momento.

¿Cómo iba a pasar las páginas cuando leía? Sería muy incómodo. Victoria había arruinado mi vida. El doctor debió percibir mi desesperación, por lo que aclaró: —Solo serán poco más de dos semanas, quizás tres. Después solo deberás esperar a que se desinflame.

Me dirigió a la salida, donde me esperaban mi mamá y mi hermana. Perdí casi todo el día de clases. Revisé el reloj del pasadizo, eran las cuatro de la tarde. Mi clase de violín empezaba en quince minutos.

Nos subimos a un taxi. Todo el camino fue silencioso. Ya había sufrido lo suficiente en la cancha de fútbol. Mi grito se pudo oír en todo el país. Todas las chicas me rodearon, Victoria había estado celebrando el gol hasta que se percató de mi fractura. La profesora pidió que me lleven a enfermería, Finn se ofreció a acompañarme mientras en la Dirección se comunicaban con mamá. Tres semanas de mi último año con yeso. Y pensé que yo era la peor hermana del mundo.

Bajamos del auto y, regando el jardín, estaba la mamá de Hunter. Viéndola de cerca y no tan de noche, se veía muy joven como para ser madre de un chico universitario.

—¿Por qué tanto apuro? —preguntó mamá al ver que corrí hacía la puerta, esperando que llegue ella con la llave.

—Tengo lección de violín, esta semana ensayaremos algo interesante —contesté como casi nunca, con emoción en mi voz. Mi padre amaba la música y tanto a mí como a Victoria nos inculcó el gusto por esta. Ella sabía tocar el piano. Yo, el violín.

—Val, no creo que puedas ensayar con el yeso, lo ideal es que descanses.

No me dio tiempo a seguir la conversación, pues entró directamente al baño.

—Tú —murmuré. Victoria estaba de espaldas, con la vista fija en el televisor—. ¿No piensas disculparte?

Me senté en una de las sillas del comedor, viendo como ella cumplía con su rutina de tarde que consistía en llegar y ver alguna película de ciencia ficción. Se acomodó en el sillón y puso play. Indignada, me interpuse entre ella y el televisor.

—Mira, Val, no fue a propósito. Siempre juego para ganar —se excusó, supuse que eso era lo más cercano a un 'Lo siento'—. Admito que esta vez se me fue de las manos.

Soltó una risa. Sino hubiera sido yo la de la muñeca rota, también me habría reído. Como no lo era, apagué la tele y me quedé pensando que podría hacer. No habría clase de violín para mí y leer iba a ser incómodo. No habían dejado tareas en clase, según me informaron Rose y Finn. Mi única opción era escuchar música o ver algún video. Antes de encerrarme en mi habitación, fui al jardín para saludar a Crispy, entré por la puerta que hay en la cocina y la vi en su pequeña casa jugando con una pelota. Al verme, movió la cola de derecha a izquierda y apoyó ambas patas delanteras en mis piernas.

—¿Cómo está la bebé? —le pregunté con mi voz especial para ella. Me senté en el césped y jugamos a pasarnos su pelota. De repente, los pasos de alguien aproximándose la distrajeron y empezó a ladrar.

Era el nuevo vecino, Hunter. Cargaba bolsas de compras, quizá para abastecer su nuevo refrigerador. De nuevo vestía con polera, esta vez una negra junto a un pantalón gris. Estilo sencillo. Extraño.

—¡Hola! ¿Qué haces? —Dejó las bolsas en la puerta de su cocina, la estructura de su casa era similar a la mía. Ambos jardines contaban con una puerta que daba a la cocina, era más sencillo para momentos como aquel en los que tenías las compras del súper—. Hola...

Repitió el saludo. Recién entonces supe que sí eran para mí. ¿Por qué? Cuando lo conocí, la noche anterior, no fui precisamente amistosa.

—Wow, tu mano.

Acaricié a Crispy para que dejara de ladrar, poco a poco sus ladridos fueron perdiendo intensidad y se fue a buscar su juguete. Gracias a ello, Hunter se acercó con mayor seguridad. Lo miré directamente a los ojos. Tenía ojeras, pero sus ojos marrones captaban toda mi atención. Sus labios formaban una 'o' casi perfecta. Sentí que ya no era momento de ignorarlo.

—Me doblé la muñeca y algunos dedos en clase —respondí avergonzada—. Deportes, fútbol, esas cosas no son lo mío.

—¿Te lo puedo firmar? —Me atendió expectante. No entendía el motivo, pero asentí—. Compré útiles para la universidad, por aquí debo tener algo que sirva para el yeso.

De reojo, observé a mamá en la cocina, le sirvió su comida a Crispy. Por lo que en el jardín solo éramos Hunter y yo. Yo en el césped, con el uniforme escolar puesto, sin ducharme, con olor a sudor y a clínica. Y él feliz viniendo con su plumón negro hacia mi brazo. Se arrodilló para estar a mi altura y con delicadeza puso sus dedos en una parte del yeso.

—El problema es que no sé qué escribir, no puede ser solo mi... —Sus palabras quedaron en el aire al recibir un mensaje. Se excusó y, aun así, seguía arrodillado. Después de observar la pantalla de su celular, sus ojos se abrieron con sorpresa—. ¿Cómo hiciste eso?

Por primera vez, no tardé en responderle.

—¿Hacer qué?

Levantó su celular, permitiéndome ver una de sus conversaciones. Entendí lo que había pasado solo con ver la foto y el nombre de su contacto: "Tory Lennin", decía al costado de la foto de perfil que usaba Victoria en todas sus redes sociales.

Me reincorporé apoyando por completo mi brazo derecho en la valla que separaba mi jardín del de Hunter, con la mano de ese mismo lado limpié restos de césped de mi buzo. Seguía sin estar a su altura, le llegaba un poco más arriba de los labios.

—Esa es Tory, mi hermana gemela —le expliqué y me adentré en la cocina.

¿Cómo Victoria ya lo conocía? ¿Cómo ya habían intercambiado números?




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