Cien por Cien

Capítulo Trece

La última vez que supe algo de Hunter fue hace dos semanas. Ya estábamos iniciando octubre y seguía sin poder comunicarme con él. Le envié mensajes un día después de la conferencia, eran lindos, en los que le agradecía por su compañía e invitación. Nunca respondió, pensé que estaría ocupado con exámenes de la universidad o algo parecido. Sin embargo, el abuelo comentó que ya no se lo encontraba las mañanas en el parque.

Estuve tentada a tocar su puerta o más sencillo, pasarle la voz por la ventana, pero adquirir la actitud de una acosadora no me parecía la mejor opción, así que solo lo dejé tranquilo. Una que otra noche notaba la luz de su habitación encendida. ¿Qué estaría pasando con Hunter? Realmente quería averiguarlo. Más que nada porque la mañana siguiente me iría al viaje de promoción, también conocido como el viaje por fin de curso. Eso haría memorable el jueves cuatro de octubre, mi primer viaje en avión con puros adolescentes y gente con la que jamás había intercambiado palabra alguna.

Algo dentro de mí me decía que no podría irme sin saber lo que ocurría con él. Llegué a la conclusión que todo era por haberme compartido lo de la muerte de su madre, pudo sentirse expuesto y vulnerable o le trajo malos recuerdos.

Intenté convencerme de que una de esas era la razón de su ausencia y desconexión con el mundo.

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—¿Llevan todo? ¿Muy seguras?

—Sí, ma —contestamos Victoria y yo al unísono. Nos había hecho armar nuestras maletas con una semana de anticipación, claro que estábamos listas y con todo lo necesario para el viaje a París. Vi tutoriales en Internet para doblar de manera correcta mi ropa y ahorrar espacio para mis libros, el viaje solo duraría cuatro días, por lo que con un libro sería suficiente.

—Abrigo por si hace frío. Bloqueador por si sale el sol. Las pequeñas cámaras que les obsequió el abuelo ya saben que él esperar muchas fotos de Francia, que no se les escape nada. ¡Corran, corran!

¿Corrimos? No. Eran las tres y media de la madrugada. Los profesores encargados nos habían citado en la entrada de la escuela a las cuatro. ¡Nuestra casa quedaba a unas cuadras! Teníamos tiempo de sobra y yo aún moría de sueño. La noche anterior no dejé de pensar en Hunter.

Caminé casi arrastrándome junto a Victoria. Ella estaba mucho más entusiasmada que yo por el tour a París. Dos cuadras antes de llegar al colegio, una amiga de Victoria se unió a nosotras con quien supuse era su padre. Ambos eran pelirrojos y con la cara llena de pecas. Él la ayudaba con su equipaje. Una persona podía caber ahí dentro.

—¿Por qué llevan tan poco? ¡Es Francia! —exclamó con un grito agudo y una emoción que resultaba fastidiosa a estas horas—. También he traído un par de cosas para mis compañeras de habitación: mascarillas, cremas, cera, esmalte de uñas. Si me toca contigo la pasaremos increíble —expresó dirigiéndose a mi hermana. Ella me miró de reojo, como recordando que yo estaba ahí—. Y lo mismo para ti, Vaila. Val, dije Val.

Avanzamos un poco más. Jamás había estado tan feliz de llegar a la escuela, me alejé de mi hermana y de la pelirroja. No me agradaba. Otra de las razones por las que este viaje no sería de mis favoritos era por la ausencia de Rose. Su familia le dio la opción de irse a Estados Unidos después de la graduación, todo eso en vez de no venir a este paseo escolar. Era entendible. Podría salir del continente, cruzar el océano... No obstante, Rose me contó que solo lo hacían para que no tuviera que compartir el cuarto durante tres noches con otras mujeres.

Así que sí. Estaba sola.

Finn llegaba modo zombi acompañado de los mismos de Educación Física, el moreno y el de lentes. No sabía sus nombres porque nunca habíamos compartido clases juntos y Finn no me había contado nada sobre ellos. En sí, no era como que él y yo compartiéramos mucho sobre nuestras vidas. Solo pasábamos tiempo juntos cuando él se me acercaba.

Era extraño ver a todos mis compañeros con ropa que no fuera uniforme. Descubrir sus estilos, el de la amiga pelirroja de Victoria era predecible, la verdad. Un vestido en otoño no estaba mal, ¿pero a las cuatro de la mañana? Finn y sus amigos eran más casuales, él y el de lentes en buzo, el moreno con unos shorts de tela y polera. Mamá, para variar, nos había obligado a Victoria y a mí a vestir lo mismo, combinadas como a los cinco años. Las dos estábamos con leggins negros y una casaca deportiva, la mía era blanca y la de ella gris. Lo único que nos diferenciaba era que mi cabello sí alcanzaba para hacerme una coleta. Ella lo tenía suelto.

—Jóvenes, me alegra que la gran mayoría haya llegado puntual. Algunos llegaron antes de la hora, perfecto —Ese era mi tutor, en otras palabras, el que debía preocuparse por nuestra vida y estar al pendiente, además, enseñaba Lenguaje y Literatura, una de mis materias favoritas. A su lado estaba la tutora de Victoria, usaba lentes de sol, probablemente para cubrir ojeras o un rostro cansado—. Son dos buses que nos llevarán al aeropuerto. En el de adelante irán los alumnos de la señorita Jenny y en el de aquí los míos. Pueden sentarse con quienes gusten, solo por ahora. En el avión será según lo que indique su boleto, eviten intercambiarlos.

Victoria, quien pasó en frente mío con su amiga, se despido sacudiendo su mano. Resoplé con resignación y subí al bus, dejé mi mochila en la acera junto a todas las demás pues esa había sido la indicación. Me fui hasta el fondo del bus, no el fondo fondo donde está la última fila con cinco asientos, sino un poco más adelante, en un asiento de dos, del lado de la ventana. ¿Quién ocuparía el otro asiento? Quizá nadie o quizá alguien igual de solitario que yo. Difícil averiguarlo. El autobús se llenó de gritos y bulla cuando subieron los deportistas, liderados por Ted, no podía ser el equipo de béisbol porque ese era de Finn. Debía ser natación, eso explicaría su figura.




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