Cien por Cien

Capítulo Catorce

En el aeropuerto me tocó del lado del pasadizo. Me pareció genial, así podría comprar algo de comer cada vez que pasaran los aeromozos. Del lado de la ventana estaba una compañera del otro salón, el de Victoria, ella se quedó dormida todo el rato. A mi derecha, haciendo más ruido del que creí posible que alguien pudiera hacer, y sin dejar de hablar ni un segundo, Paula. De verdad, no se callaba. Me había enterado de toda su vida en un par de horas. ¿Ella me dejaba opinar o comentar sobre lo que me contaba? No. Lastimosamente, ella no sabía escuchar. ¿Con quienes se juntaba en las clases? Pobrecita.

Rodé los ojos. Del otro lado del pasadizo estaba Finn con otras dos compañeras. Ellos disfrutaban de lo que pasaba la minitelevisión del avión. Yo ni eso podía hacer gracias a Paula. Fingí leer una revista, nada funcionaba. Hasta que se levantó para ir al baño. Entonces, me cambié de sitio. Uno más adelante y lejos de los profesores.

Dormí hasta que nos dijeron que ya estábamos en París. Llegamos al hotel casi a las diez de la mañana. Aún no podíamos disfrutar, tocaba la parte más difícil y que me ponía nerviosa.

Elegir los compañeros de habitación. Mejor dicho, que los tutores dictaminen con quienes pasaríamos tres noches. ¡Tres noches! Ojalá, ojalá, me tocara con Victoria. ¿Sería la mejor compañía? Claro que no, pero después de dieciséis años ya sabía cómo arreglármelas para vivir con ella.

Tuve un poco de suerte. Mis plegarias funcionaron, estaba con Victoria. Lo que no calculé era que todo lo bueno atraía algo malo. Era la única explicación a porqué terminé junto a Paula, como si dos horas con ella en el avión no hubieran sido suficientes y con la pelirroja de la mañana, su nombre era Bea.

Subimos a nuestra habitación y elegimos la cama de cada una. Llegué primera junto a Paula, puesto que Victoria ayudó a Bea a subir los cincuenta kilos de equipaje que trajo consigo.

Paula me dejó libre la cama más cercana a la ventana, se lo agradecía internamente. La habitación era de las normales, porque había oído que las de pisos superiores eran más amplias porque solo tenían dos camas. No tuve tanta suerte. La ventana daba a una pequeña calle, nada resaltante, una cafetería o algo así... En Francia le decían brasserie. Dejémoslo en pequeño restaurante. Esperaba poder ir allí el tercer día. Según dijo el tutor, día uno: Museo del Louvre, Torre Eiffel, Arco del Triunfo y algo más. Día dos: Museo d'Orsay y la Catedral de Notre Dame. Día tres: libre para pasear, conocer locales y algunos quizá preferirían desaprovechar su tiempo y quedarse en el hotel.

—¿Quién escogió la cama de la ventana? Yo quería esa —Aparté mi vista de la ventana, era Bea, despeinada y sudada por cargar sus maletas hasta el tercer piso, donde estaba nuestro cuarto—. Hagamos un sorteo para ver a quien le toca cada cama.

Miré a Victoria y a Paula, quien parecía muda a comparación del avión, apostaba a que Bea la intimidaba y por eso no hablaba.

—No, Paula y yo llegamos antes, nos instalamos, fin —sentencié harta de ella y de todo el mal rato que había pasado en el bus con Finn y en el avión con Paula—, esta será mi cama hasta que nos vayamos.

Salí rápidamente. Paula venía detrás mío. No me libraría de ella tan fácil.

—¡Le cerraste la boca!

“Lástima que no pueda hacer lo mismo contigo", ese pensamiento invadió mi mente. De hecho, se quedó en la punta de mi lengua, pero no lo dije en voz alta porque la necesitaba de aliada en caso de discordia en la habitación.

—En media hora nos encontraremos todos en la recepción del hotel. Yo ya estoy lista, me eché bloqueador, pero empiezo a creer que no era necesario —Y así inició su interminable charla. Nosotras ya estábamos en la recepción, los demás debían seguir desempacando. Me resigné a soportarla hasta las once, entonces apareció Finn, si se me acercaba, me libraría de ella—. Oye, Finn está sirviéndose agua por allá. ¿Por qué ya no se hablan? ¿Terminaron? ¿Te fue infiel? Con una de las chicas del avión, ¿cierto? Eso explica por qué te veías de mal humor.

Asentí automáticamente, era mi única forma de comunicación con ella. De repente, Paula se había ido. Me encontraba sola en el sillón de la recepción. Ella había ido a atormentar a Finn. ¡Le estaba gritando! ¿Pero qué? Regresó dando pasos fuertes y con una sonrisa de oreja a oreja.

—Le di su merecido.

—¿Val? —Era Finn. Levanté mis cejas a modo de saludo y me tomó de la muñeca para llevarme con él.

—¡No caigas en su juego! Te está mintiendo —exclamó Paula viendo como Finn y yo nos alejábamos.

Estábamos en una pequeña sala de estar, bastante acogedora. Hasta tenía una chimenea falsa.

—¿Por qué Paula cree que te fui infiel? ¿Desde cuándo somos algo tú y yo?

Lo expresó de tal forma que parecía sentirse insultado. Me dolió, pensé que éramos amigos. Es decir, tampoco me sentiría halagada si me confundieran con una ex pareja de él, pero no me lo tomaría a mal. Era el único hombre de la escuela con el que hablaba, podían haber malentendidos.

—No sé. Quizá por la misma razón que Ted quería que nos besemos —Me encogí de hombros—. No conozco ni a él ni a Paula. Al parecer, tú sí.

—¿Qué? Yo... —murmuró—. No, es que Ted es así, le gusta molestar. Sabe que no estamos juntos ni nada. Solo me sorprendió que Paula viniera de la nada y me empezara a insultar por engañarte. Uhm, jamás haría algo así. ¿Sabías eso?




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