Cien por Cien

Capítulo dieciséis

El segundo día había sido igual al primero solo que los destinos fueron otros. Lo más interesante e inesperado fue que Ted y sus amigos comieron algo en mal estado, provocando que volviéramos al hotel antes de lo previsto. Estuvieron vomitando por horas.

Muy desagradable. Demasiado.

Otra pequeña, aunque notoria diferencia fue que mi acompañante ya no medía más de un metro setenta, ni era rubio. Paula reemplazó a Finn. No se despegó de mí. Reiteraba, ¿con quién se juntaba durante las clases? Lo bueno era que cada vez hablaba menos.

—¿Qué crees que hayan comido?

Me encogí de hombros. No estaba en lo más mínimo interesada en lo que les pudo haber pasado. Era eso, pasado. Quedaba mirar hacia el futuro y organizar lo que haría mañana en el día libre.

—Debieron ser los bretones. Los compraron mientras los demás iban al baño. Son un bocadillo raro —contestó Finn centrando sus ojos en Paula.

En todo el día no me había dirigido la palabra ni dedicado una mirada, ni siquiera de soslayo. Me odiaba. Muy maduro.

A las siete de la noche llegó el otro grupo al hotel y nos mandaron a todos a nuestras habitaciones.

Si Bea hacía otra noche de chicas con mascarillas y rutinas de cuidado facial, estaría totalmente de acuerdo con ella. Por lo cual, cuando vi que, en vez de sacar cremas de uno de sus maletines, sacó dos botellas de alcohol, me indigné.

—¿Para qué son esas? —le preguntó Paula a la pelirroja. Esta última señaló hacia el techo. Al parecer, Victoria sabía a lo que se refería.

—Las chicas del séptimo piso tienen cuarto grande y han invitado a unos cuantos a pasar la noche y divertirse. Nosotras tenemos el vodka como entrada gratis.

Oh, no de nuevo Victoria con el vodka. Casi la matan ositos de goma con vodka. ¿Qué sería capaz de hacerle el vodka puro?

Acepté ir para cuidar de Victoria. Al menos si los profesores nos descubrían, estaríamos juntas. Eso y que había averiguado que realmente no afectaría mi entrada a la Universidad de Cambridge, así que no era una preocupación.

Usamos las escaleras, me costó respirar, pero lo logramos. El ascensor era una zona peligrosa y que te exponía a ser descubierto.

Las cuatro estábamos con ropa de dormir. Bea había insistido en que esa era un requisito para entrar. Tocó la puerta de la habitación, esta se abrió dejando salir un hilo de luz, al ver las botellas escondidas en el maletín, abrieron por completo la puerta.

El lugar estaba soportable. No había ruido. Solo gente conversando en piyama. Nadie juzgaba la ropa de nadie. Mi molestia surgió cuando tocaron la puerta por tercera vez y los recién llegados eran del sexo opuesto.

Hombres. Invitaron hombres a su dormitorio a las nueve de la noche. Nuestros padres nos aniquilarían.

Finn estaba entre ellos, sin su par de amigos. También vestía su piyama, la cual consistía en un pantalón gris y una camiseta blanca. Entonces me sentí avergonzada por la mía. Era un pantalón negro con dibujos de flores, el polo completamente rosa, pero lo cubrí con una casaca enorme.

Una de las dueñas de la habitación pidió silencio para jugar lo más temible de toda reunión social mixta.

Verdad. O. Reto.

Mi experiencia era nula. No obstante, sabía lo mal que terminaba esto.

Nos sentamos en distintas partes de la habitación. Lo que hicieron fue meter en una bolsa papeles con los nombres de todos los presentes. Sacarían dos papeles cada ronda. El que saliera primero ponía el reto o la pregunta, mientras que el segundo sería la víctima de aquel juego del mal.

Salieron los primeros sorteados.

—Verdad. No sean abusivos.

—¿Es verdad que te gustó la profesora de tu hermano menor, que por eso lo ibas a ver a su salón siempre y te disfrazaste de un perro de Patrulla Canina para agradarle?

El cuarto se llenó de risas, la mía incluida.

—¡Tú ya sabías que eso era verdad! —Las risas aumentaron. Hasta que les tocaba a los siguientes participantes.

—Nathan castigará a... —dice después de sacar el primer trozo de papel—. Vaila.

Ay no.

Aunque, ninguno me conocía lo suficiente como para exponerte brutalmente. En todo caso, no éramos más de quince personas. No podía ser tan malo.

Tan.

Elegí verdad, no quería moverme, estaba cansada.

—¿Quién te parece el chico más guapo de la promoción?

Todos los hombres se acomodaron para que los admire. Recordé a Bea y Paula hablando de Finn. Él era guapo, no tenía nada de malo decirlo. Igual éramos amigos.

—Finn.

—¡Oigan! Eso no vale, es porque son amigos —reclamó una voz masculina. Probablemente alguien que se creía más atractivo.

Victoria, quien estaba apoyada en la pared a mi derecha, me dio un codazo y con su barbilla señaló a Finn. Estaba en el otro extremo del cuarto, cabizbajo, concentrado en algún punto fijo de la alfombra. Negué y le devolví en codazo.

Levantó la mirada al escuchar su mención como víctima en la siguiente ronda.

—Verdad.

—¡No! Ya mucha verdad. Elige reto, dale.

—Bueno, bueno. Un reto. Nada estúpido.

La chica a la que le tocó castigarlo se quedó pensativa, observando los alrededores en busca de un buen reto.

—¿Qué opinan de un dos en uno? Ya que querías verdad... Besa a la chica que te gusta.

—Toma, hermano —Alguien le extendió una botella de alcohol. Finn la aceptó—. Para que te armes de valor.

Se puso de pie. Los que estaban parados delante mío se apartaron, como si supieran que Finn vendría hacia mí. Después del breve momento en la Torre, yo también me hacía la idea de que cumpliría el reto conmigo. No es como si yo fuera su tipo, solo no descartaba la posibilidad de volver a gustarle. Por el contrario, se fue un poco más a la derecha, justo a mi lado, donde estaba Victoria. Se puso frente a ella. Todos dejaron de mirarme para concentrarse en ellos. Yo, a unos centímetros de distancia, me puse a jugar con el cierre de mi casaca. Los labios de él estaban peligrosamente cerca a los de mi hermana.




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