Cien por Cien

Capítulo veintitrés

Los hermanos eran los amigos que no elegías tener.

Era evidente que por más que Victoria y yo intentáramos ser amigas, no teníamos resultados positivos. Las únicas veces que me hablaba era para preguntarme por la salud de Hunter; y yo solo le dirigía la palabra para responderle. Por ello, el camino a casa de Finn fue incómodo.

Amaba las caminatas en otoño, el aire fresco, las hojas cumpliendo su ciclo y cayendo de los árboles, desprendiéndose de sus raíces, literalmente. Mi segunda estación favorita después del invierno. Además, el crujido de las hojas bajo nuestros zapatos era lo que destacaba en nuestro silencio.

Cada una tenía su regalo en la mano cuando Finn nos abrió la puerta con una apariencia ridícula. Un cono, también conocido como gorrito de fiesta, decoraba su cabello rubio. Sonrió al vernos y nos invitó a pasar. En ese instante perdí de vista a mi hermana. De todas formas, no tardaríamos mucho en encontrarnos, el departamento no era enorme y los invitados eran pocos, según Finn.

Yo me quedé en el pasadizo de la entrada quitando restos de hojas de mi polera.

—Así que dieciséis años. Estás viejo.

—Un poco. No sé si podré seguir jugando béisbol igual de bien —Reímos al unísono—. Gracias por venir, Val. Llegué a pensar que no vendrías, como es tarde.

—Problemas con Victoria —No mentía. Ella no quería venir, decía que solo estaba invitada por ser mi hermana y no por ser amiga de Finn. Falso, ellos se veían en cada evento deportivo de la escuela. A él le caía muy bien ella—. Espero que te guste —Le entregué la pequeña bolsa aguardando ver su reacción.

La abrió con una ilusión inexplicable en sus ojos, como si esperase que no le regalara nada.

—No sé cuál me gusta más. Este año te luciste.

En su mano derecha sostenía la foto enmarcada de nosotros de pequeños, mamá me había ayudado a conseguir esa. He de admitir que éramos unos niños muy tiernos. En la fotografía, Finn me abrazaba en la piscina, aunque más parecía que intentaba ahogarme; yo salía riéndome. Extrañaba esa sonrisa. Cuando el mundo aparentaba simplicidad y lo más complicado era elegir qué cereal desayunaría. En la mano izquierda alzaba una pelota autografiada de uno de los London Mets, un reconocido club de béisbol. ¿Quién era? Ni idea, le pedí el favor a un amigo de Finn, Jake, el moreno que siempre lo acompañaba. Seguro que también estaba en el departamento.

—Te abrazaría, pero puedo romper el vidrio del marco o dejar caer la pelota y no quiero que nada de eso pase —Estiró sus labios para depositar un rápido beso en mi entrecejo antes de irse a la última puerta, la de su habitación—. ¡Ve con los demás!

Fui al pasadizo y era verdad lo del grupo reducido de invitados. Él pudo haber invitado a los que quisiera; sus padres y su hermana menor pasaron todo el día con él y para la noche se irían a casa de sus abuelos para que él pudiera celebrar a gusto. Éramos once: Rose, la novia de Rose, dos amigos de Finn, entre ellos Jake, unos tres chicos que eran compañeros de Finn en el equipo y dos chicas que posiblemente jugaban algún deporte, porque estaban conversando animadamente con Victoria al lado de la mesa de bocaditos. Buena elección de coordenadas, el lugar perfecto para alimentarte sin ser visto.

Saludé a Rose sacudiendo mi mano, no quise acercarme y arruinar su momento con su enamorada. En la escuela no se podían besar por las normas y en casa de mi amiga tampoco, así que imaginaba sus escasas oportunidades.

Descansé en una silla del comedor, Victoria se dio cuenta que estaba sola, pero estaba muy ocupada con sus amigas como para acercarse. Bien.

Desde mi sitio podía escuchar la interesante conversación que acontecía al lado. El otro amigo de Finn, quien según yo se llamaba Reggie, le contaba a Jake que su hermana había empezado a ver The Vampire Diaries y que no tenía sentido que fuera ‘team Damon’ siendo él tan malo y manipulador. Coincidía. Tanto en series, películas y libros, por alguna extraña razón, la protagonista elegía al tóxico, posesivo, con problemas y una clara urgencia de asistir a terapia para tratar esos males. Reggie y Jake debieron darse cuenta de  que estuve escuchando porque, de la nada, su tema principal era algo de autos. Aburrido.

Volví al pasillo preguntándome por qué Finn no iba a su propia fiesta de cumpleaños. La luz de su habitación me llamaba así que, sin pensarlo mucho, me encaminé hacia la puerta.

—¿Por qué tardas tanto? —Le provoqué un susto y saltó en su lugar—. ¿Qué haces?

Estaba sin camisa y sosteniendo uno de mis obsequios: el cuadro con la foto. Cubrí mis ojos y retrocedí hasta salir de su cuarto.

—Lo siento, lo siento, no era mi intención.

—No es nada que no hayas visto antes.

Un calor recorrió todo mi cuerpo, mis mejillas lo retuvieron y se tornaron de un vergonzoso rojizo.

—Fui a cepillarme los dientes porque, antes de abrirte la puerta, Reggie me dio un chicle de broma que picaba, la pasta manchó mi camiseta y vine a cambiarme hasta que me distraje buscando un lugar donde iría bien nuestra foto. ¿Qué opinas de este? —Se acercó hacia mí hasta apartar mi mano de mis ojos. Intenté no bajar la mirada hacia su pecho. ¿Por qué para los hombres era tan común andar por ahí con el torso descubierto? Incluso el abuelo mantenía esa manía no muy agradable a la vista.




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