Cien por Cien

Capítulo veinticinco

Sus manos se deslizaban sobre la portada del libro que acababa de regalarle. Uno de mis favoritos de Eloy Moreno, titulado ‘Invisible’.

Carol confesó que la terapia familiar había ido bien y que, tras la partida de Grace debido a exámenes de la universidad, a Hunter no le vendría mal una distracción. Eso me había llevado a ir a la clínica con una obra increíble y que sentí que le gustaría.

Sus dedos rozaron las decenas de post its que había en los bordes, cada uno señalando alguna frase o extracto que haya llamado mi atención al leerlo. Eligió uno al azar y abrió el libro.

—Casi siempre actuamos como si todo lo que nos rodea fuera a estar ahí siempre, en lugar de vivir cada momento como si fuéramos a perderlo todo al día siguiente.

—Buena frase, como el carpe diem —acoté.

—¿Tú crees eso? ¿Vivir como si fueras a morir en cualquier momento? —Simuló dibujar un arcoíris con sus palmas y continuó—. Aprovechar al máximo… es tonto. Si yo quiero desaprovechar oportunidades, es mi problema. La productividad ha sido innecesariamente enaltecida.

Me quedé sin palabras. Yo amaba ser productiva, si no lo era me sentía mal conmigo misma.

Le dio una ojeada a la contraportada antes de depositar el libro sobre la mesa de noche junto a su cama.

—Gracias, Val. Después de esos análisis de sangre, esto me hará bien. Necesito un descanso —Tiró su cuerpo en la silla de madera que hacía juego con la mesa, ahí recibía sus comidas—. ¿No me preguntarás sobre lo de la semana pasada? No nos vemos desde entonces, creí que no venías porque estabas furiosa conmigo.

—No podría estar furiosa contigo ni aunque me esforzara, pero sí. Me gustaría saber el motivo —Ladeé mi cabeza esperando una reacción por su parte, nada. Sus ojos escudriñaban la pared—. Entiendo que no hayas querido ir, que te pareciera aburrido o lo que sea. Lo que me molesta es la mentira.

Se tomó más del tiempo idóneo para responder. Su profunda mirada reflejaba cansancio y, pese a la ropa holgada que vestía, sus huesos de las costillas y clavículas eran notorios. No podía decir nada de eso en voz alto. La clínica aclaró que opinar sobre su apariencia física estaba prohibido, por algo su habitación y baño carecían de espejos. Asimismo, la terapia familiar era más exigente y constante. Imaginaba que si lo dejaban salir era por una mejoría… Una que yo no notaba.

—Grace estaba a punto de irse y decidimos pasar mi hora libre juntos, me acompañó a casa para enseñarle mi guitarra y volvimos de inmediato. Fue algo de último minuto, sino te habría contado, créeme.

Asentí. Daba igual. ¿Qué iba a hacer? No iba a lamentarme. Era su tiempo, por lo tanto, él decidía con quien pasarlo. No era necesario que se hiciera un problema más grande. No fue al recital y yo estaba bien con ello.

No obstante, él no lo estaba.

—Tienes que entender que ella siempre ha estado ahí, pese a todo lo que he hecho. Ella nunca se rindió conmigo.

Lo siguiente no fue más que un silencio incómodo mientras ambos evitábamos cruzar miradas. Si Hunter quería pelear, estaba con la persona equivocada. Sin embargo, no pude evitar sentirme herida. Yo intenté acompañarlo, de verdad que sí. Y que me restregara en la cara que alguien más lo hacía… Bueno, fui parte de su vida durante ¿tres meses? Grace estuvo con él por años.

Unos toques en la puerta nos alertaron, la enfermera abrió enseguida. Con pacientes como Hunter, no esperaban un permiso o una autorización para entrar, corrían el riesgo de que estuvieran provocándose el vómito en el baño, cortándose o escondiendo la comida. Él no podía estar solo.

Le avisó a Hunter que volvería en cinco minutos para llevarlo a una charla matutina con su doctor. Él no se emocionó con la idea.

Cuando la enferma salió, decidí irme. Iría con Finn a un recorrido por la Universidad de Cambridge. El punto de encuentro era la estación de buses, debíamos ser puntuales para llegar a Cambridge antes de la hora de almuerzo.

—Ya me voy, disfruta la lectura.

Mi muñeca se vio envuelta por sus huesudos dedos. Levanté la mirada.

—Lo siento. Sé que acabo de arruinar todo otra vez —lamentó—. Es solo que esto me tiene mal y… —suspiró y soltó todo el aire que cargaba con él. El ambiente se aligeró—. No sé qué hago ni que digo, soy un idiota. Te prometo que cuando ya no esté internado iremos a acampar. Podemos leer y te mostraré como toco la guitarra.

La velocidad que usó para hablar no me permitió entenderlo fácilmente, pero asentí. Lo de acampar no sonaba mal. De hecho, sería interesante, algo nuevo para mí.

***

—Y por aquí se encuentran las habitaciones. Al finalizar el recorrido les entregaremos unas fichas, que igual encontrarán en sus correos, detallando los presupuestos, siempre y cuando decidan quedarse en la residencia. Ustedes son libres de elegir donde vivir —sentenció el guía de la universidad, probablemente parte del personal administrativo—. Nos encontramos aquí dentro de veinte minutos. Siéntanse con total libertad de ir a la cafetería, conversar con los estudiantes o explorar más allá del recorrido.

No pude hacer mejor elección. En definitiva, la universidad de mis sueños.




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