Cien por Cien

Capítulo veintisiete

Finn sabía lo que hacía. Y lo hacía mejor que nadie.

Aún no entendía cómo Finn me había convencido de ir a verlo a uno de sus partidos, eran partidos por diversión, ajenos al colegio o universidad, pero eso no evitaba que mi... Finn celebrara sus canastas como si fuera una competencia internacional.

Al menos era básquetbol, deporte que sí llegaba a comprender, porque con el béisbol mi relación no era muy amigable. Y ni hablar del fútbol, la última vez que lo intenté terminé en la clínica. Lo recordaba como si hubiese sido ayer. Esos tiempos en los que Tory y yo no podíamos estar en la misma habitación sin dedicarnos frases un poco hirientes.

Finn rebotaba la pelota de una forma magistral, esquivando a los del equipo contrario. Podía verse hasta presumido llevándose a uno que otro de encuentro. Algunas compañeras en las gradas le hacían barra, gritos emocionados que acompañaban sus jugadas.

Las diferencias entre Finn y yo me alertaban una que otra vez.

Me alegraba que fuera un deportista estrella. Después de todo, fue eso lo que lo hizo destacar entre los demás para conseguir cupo en la universidad de sus sueños. Sin embargo, en ocasiones, un nudo se apoderaba de mi garganta al pensar que no teníamos casi nada en común. Hasta me pregunté a mí misma si eso estaría bien. Arriesgar una amistad por un noviazgo, que si bien no era oficial, "me lo pediría más temprano que tarde porque yo era lo mejor que le había pasado", palabras textuales de Tory.

No era una persona que apresurase las cosas. De hecho, los últimos días lo había pasado de lo mejor con él, con calma. Nuestros besos eran lo único acelerado, probablemente porque nuestros labios debían cobrar por todo el tiempo que permanecieron sin tocarse. Finn no había besado a muchas chicas antes que yo, solo a su primera pareja. Ella seguía en la escuela con nosotros, le dábamos igual, habían pasado años de su relación. En ese aspecto no tenía ninguna inseguridad ni mucho menos celos. Algo me decía que no era el caso de Finn, porque cada vez que Lucas se acercaba para molestarme, mi aún-no-novio le lanzaba una advertencia, era de broma, según él. Aunque sus ojos fulminantes lo delatan.

Respecto al único otro chico en mi vida: Hunter. No había mucho que comentar. Tras esa última discusión en su habitación, salí para no regresar. "No eres su centro de rehabilitación, no mereces a alguien que te vea como tal", aconsejó Tory. Por eso y por mi orgullo, no volví a verlo y estuve evitando a su padre y a Carol.

Fue fácil hacerlo mientras estaba ocupada con mis últimas lecturas por placer y un par de citas con Finn que avivaron mi lado sentimental. La otra noche me encontré a mí misma tarareando He Could Be The One de Hannah Montana, totalmente culpa de mi hermana.

No iba a negar que el hecho de mantener una relación formal me aterraba. No obstante, con Finn todo parecía correcto.

—Ya volví —anunció el rey de Roma. Lo primero que percibí fue su sudor. Sobre todo las pequeñas gotas que resbalaban desde su cabello y bajaban por su frente. En otra oportunidad lo habría calificado de ridículo, sin embargo, su apariencia dejaba de lado al Finn tierno. Lucía (aunque la vergüenza me carcomiera debía expresarlo) sexy. Finn era el chico más sexy a mis ojos. Y eso que no era el único chico sudado en la cancha—. Si hubiera sabido que me mirarías así te habría traído a mis partidos mucho antes.

Y guiñó el ojo.

Podía morir ahí mismo.

—¿No irás a ducharte? —curioseé. Tenerlo cerca me provocaba un ataque hormonal, ya no me parecía normal.

¿Qué tanto se puede perder la cabeza por alguien?

—Ya vengo. —Sonrió cálidamente—. No tardo, no vayas a extrañarme.

—No te preocupes, no lo haré.

Y esa fue mi manera de restablecer el orden del mundo.

Lo vi irse a los camerinos de la escuela con sus compañeros. Varios se acercaron a él, se veían todos muy felices conversando con Finn. Estaba muy segura de que se debía al imán de buena vibra que Finn cargaba consigo sin notarlo. Siempre amable, feliz, servicial, tierno. A veces me preguntaba qué hacía él con alguien como yo.

Además de él y Rose —sin mencionar a Lucas y Paula que aparecían ocasionalmente en las horas de clase—, no tenía a nadie. Y no era que eso me disgustase, siempre fui muy selectiva con quienes tenía a mi lado, sin embargo, estar sin compañía, en medio de las gradas con mis compañeros reunidos con sus grupos, me daba una sensación de soledad. Y, como nunca, no la disfrutaba.

—Hola, coca cola. —Una mano se posó sobre mi cabello y el peso cayendo al lado mío en la grada acaparó mi atención. Era Rose con su ropa para bailar.

—¿Y ese buen humor?

—Verte feliz me hace feliz —exclamó—. Irradias esa luz de estar enamorada y provocas que quiera vivir un primer amor de nuevo. De esos dulces, tiernos, inocentes.

¿Soy tierna, dulce e inocente?

»Es como si toda tu vida hubieses sido una manzana, dura, a veces sin sabor. Saludable, claro, eso sí. Y entonces te meten en dulce y eres una manzana acaramelada. ¿Notas el cambio? Tú eras una manzana y Finn te envolvió en caramelo.

—¿Gracias? Creo. —Llevé la palma de mi mano a mi frente—. ¿Tu primer amor es Julie?

Negó. Las comisuras de sus labios se elevaron, por el contrario, sus ojos brillaron con melancolía.

—Pero ella es tu primera enamorada —resalté, como si fuese algo que mi amiga no supiera ya.

—El primer amor no necesariamente es la persona con la que tienes una relación, ni siquiera debe ser correspondido. Pienso que todo se basa en cómo te sientes con él o ella, cómo te hace sentir estando cerca o, incluso, mirándola a la distancia. —No quise interrumpirla y decirle que no entendía nada, así que la dejé proseguir—. A veces alguien inalcanzable puede ser ese primer amor placentero y agradable debido a las sensaciones en ti. ¿Me explico? —resopló.




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