Él (11 años atrás)
El olor a antiséptico y flores marchitas se me quedó grabado en la piel. Tenía dieciocho años y una Biblia pequeña, de esas de bolsillo, apretada entre los dedos. Ella me había dicho que, si pedíamos con suficiente fe, las leyes de la biología se detendrían. Que Dios no podía ignorar un corazón sincero.
Así que oré. Oré hasta que me dolieron las rodillas en el suelo de granito del hospital. Oré mientras el monitor de mi abuela dibujaba una línea recta y constante, un sonido agudo que se convirtió en el réquiem de mi fe.
Cuando salí de la habitación, con los ojos rojos y el alma vacía, la busqué a ella. Mi "cristiana de cuna". La encontré en el estacionamiento, pero no estaba orando. Estaba riendo, escondiendo un mensaje en su teléfono, borrando el rastro de una traición que me dolió más que la muerte misma.
Ese día entendí dos cosas: que el cielo está en silencio y que la religión es el mejor disfraz para la hipocresía. Guardé la Biblia en un cajón que nunca volví a abrir y decidí que, de ahí en adelante, solo creería en lo que pudiera medir, calcular y construir con mis propias manos. El concreto no te miente. El acero no te traiciona.
Ella (Presente)
El sobre blanco sobre la mesa de mi habitación parece inofensivo, pero pesa más que todos mis libros de teología juntos. 85% de probabilidad. Es un número frío, un diagnóstico que parece gritar que mi cuerpo tiene un límite que mi fe no quiere aceptar.
A mis veinticinco años, acabo de recibir la confirmación de mi llamado. El mapa de un lugar que apenas puedo pronunciar está pegado en mi pared, y mi corazón arde por ir. Siempre pensé que el camino de Dios sería una línea recta hacia el propósito, pero ahora me encuentro en una encrucijada que nadie más conoce.
—Con Dios todo es posible —susurro, y mi voz tiembla—. Todo.
Me miro al espejo y trato de encontrar a la misionera valiente que todos ven los domingos. Pero solo veo a una mujer que guarda un secreto capaz de alejar a cualquiera que intente amarla. Sé que quien camine conmigo tendrá que estar dispuesto a abrazar la incertidumbre, a viajar sin brújula y a amar a alguien que quizás solo pueda ofrecerle un futuro de dos, nunca de tres.
Cierro los ojos y entrego mi vientre, mi carrera y mi miedo. No sé qué está diseñando Dios, pero espero que sea lo suficientemente fuerte para resistir la tormenta que siento venir.