Esteban
Para un arquitecto, la vida se resume en lo que puedes sostener. Si un material no aguanta la presión, lo desechas. Si un cimiento se agrieta, la estructura es peligrosa. Yo aplico esa misma lógica a las personas, especialmente desde los dieciocho años, cuando aprendí que la "fe" es el material más inestable del mundo.
—Esteban, aterriza. Te estoy hablando del proyecto de la fundación —Marcos, mi amigo y el único que aún intentaba encontrarme un "alma", golpeó suavemente la mesa del café—. Necesitan a alguien con tu nivel de detalle para una escuela en el norte.
—Marcos, ya te lo dije: no diseño castillos en el aire para gente que cree que los ladrillos se pegan con oraciones —respondí, ajustando la escala en mi laptop.
—Eres un cínico —rio Julián, mi otro amigo, un ateo convencido que disfrutaba de mi escepticismo—. Pero tiene razón. No pierdas el tiempo con "iluminados".
Me mantuve en silencio, concentrado en las líneas rectas de mi pantalla. Mi familia me había criado para confiar en el cálculo, no en el destino. Mi padre, mi madre y mi hermana veían la religión como un ruido innecesario. Y yo, tras ver a mi abuela morir mientras yo me desgarraba en oraciones inútiles, y tras ser engañado por la "pureza" de mi primera novia, había decidido que el cielo estaba vacío. El vacío no se puede construir.
De pronto, una risa rompió mi burbuja de lógica.
Giré la cabeza y la vi. Estaba rodeada de otras siete mujeres. Una mesa llena de biblias, cuadernos de notas y tazas de café. Eran un ecosistema de promesas. Reconocí el patrón de inmediato: cuatro de ellas llevaban anillos de casada, una brillaba con un diamante de compromiso y las otras dos hablaban de futuros brillantes.
Y en el centro, estaba ella.
Aira
—...entonces, para el próximo año, ya todas estaremos instaladas —decía Lucía, mi amiga casada, con una sonrisa radiante
Forcé una sonrisa. Mis siete amigas eran mis hermanas, pero hoy el abismo entre nosotras se sentía infinito. Lucía, Elena, Mariana y Sofía ya eran esposas; Valeria estaba a meses del altar; incluso Gaby estaba conociendo a alguien. Solo Sara y yo seguíamos solteras, pero Sara no tenía un sobre en el bolso que decía que sus probabilidades de ser madre eran del 15%.
—Dios sabe lo que hace, Lu —susurré, aunque mi mano temblaba dentro del bolso, rozando el papel del laboratorio.
A mis veinticinco años, mi vida se sentía como una construcción bajo fuego. Sobreviví a la pérdida de mi tío —nuestro pastor— y de mi abuela en una sola semana de terror por el virus. Sobreviví a cuatro años de una relación con Daniel que empezó con promesas bíblicas y terminó con moretones que nadie vio y una manipulación psicológica que casi me apaga la voz.
Por eso, mi llamado misionero no era una aventura; era mi respuesta a Dios por haberme sacado de las cenizas. Pero el diagnóstico de infertilidad era una nueva prueba que no sabía cómo procesar.
Sentí una mirada pesada. Miré hacia las mesas altas y lo vi.
Un hombre mayor que yo, de unos veintinueve años, me observaba con una frialdad técnica. Su rostro era una estructura perfecta de mandíbula firme y ojos grises que parecían analizar mis fallas estructurales. No era una mirada de deseo; era una mirada de juicio.
—Aira, ¿estás bien? —preguntó Sara.
—Necesito un café —dije, levantándome abruptamente.
Tenía que pasar por su mesa. Al acercarme, el espacio se redujo. Él estaba allí, con su laptop abierta y un maletín de cuero donde se leía: Arquitecto Esteban R.
Justo cuando pasaba a su lado, el camarero me esquivó y mi bolso se enganchó en la esquina de la silla de madera de Esteban. El tirón fue seco, justo como el golpe de Daniel años atrás. Me tensé por puro instinto.
—¡Lo siento! —exclamé, tratando de soltar la correa con manos torpes.
—Déjalo —dijo él. Su voz era profunda, como el eco en una habitación vacía.
Se levantó. Su estatura me obligó a inclinar la cabeza. Se inclinó para liberar el bolso y, por un segundo, estuvimos tan cerca que pude oler su perfume a madera y algo metálico. Sus dedos rozaron los míos por accidente; estaban calientes, un contraste total con el frío de mi piel.
Vio el sobre. El logo del laboratorio de fertilidad quedó expuesto por un segundo antes de que yo lo cubriera con un movimiento espasmódico.
Él liberó el hilo con una precisión quirúrgica y me miró a los ojos. En los suyos no había compasión, solo una curiosidad cínica.
—Gracias, Esteban —dije, usando el nombre de su maletín.
Él arqueó una ceja, sorprendido por mi franqueza.
—De nada. Pero un consejo —murmuró para que solo yo lo oyera—: No deberías aferrarte tanto a las cosas que se rompen con un hilo. No importa cuánta fe les pongas.
—A veces —respondí, recuperando el aire y la dignidad—, los nudos se desatan solos cuando dejas de tirar tan fuerte. Usted diseña edificios, Esteban, pero se nota que no sabe nada sobre lo que mantiene en pie a una persona.
Me di la vuelta hacia la barra, dejando al arquitecto con la palabra en la boca y el plano de mi vida a medio descifrar. Tenía 25 años, un útero que quizá nunca daría frutos y un llamado al fin del mundo, pero por un momento, la rabia en los ojos de ese hombre me recordó por qué seguía creyendo: porque incluso en las ruinas, Dios sigue siendo el Arquitecto.
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Esteban
El trayecto a casa fue una secuencia de semáforos en rojo y cálculos mentales que no cuadraban. Aparqué el coche frente a la casa de mis padres, una estructura de líneas modernas y ventanales amplios que yo mismo había ayudado a remodelar. Era una casa sin rincones oscuros, sin altares, sin espacio para lo invisible. Justo como nos gustaba.
—Llegas tarde —dijo mi madre desde la cocina, sin levantar la vista de su tablet—. Tu hermana llamó. Quiere saber si vas a ir a su cena de aniversario.