La fiesta de aniversario era un despliegue de lujo. El salón de eventos estaba decorado con estructuras metálicas y luces cálidas, una oda a la ingeniería moderna. Esteban llevaba un traje a medida que resaltaba su porte de arquitecto exitoso, moviéndose entre inversores con la frialdad de quien domina el terreno.
Entonces, la vio entrar.
Aira llevaba un vestido sencillo, de un color azul profundo que contrastaba con su piel clara. No intentaba ocultar quién era. Al verla, Julián, que estaba al lado de Esteban, soltó un comentario mordaz.
—Vaya, parece que Elena invitó a la clase obrera. No es exactamente una modelo de pasarela, ¿verdad?
Esteban sintió una punzada de irritación inmediata hacia su amigo, algo que no pudo explicar. Sus ojos recorrieron a Aira. Según sus propios estándares de diseño, ella era "demasiado": demasiadas curvas, demasiado cabello, demasiado espacio.
Pero, por alguna razón que desafiaba todas sus leyes de estética, no pudo dejar de mirarla. En ese salón lleno de personas delgadas y vestidas de negro que parecían copias exactas unas de otras, ella era lo único que parecía tener color. Lo único que parecía real.
—Se ve... —Esteban se detuvo, buscando la palabra lógica, pero su cerebro falló—. Se ve sólida.
—¿Sólida? —Julián se rió—. Hablas como si fuera un edificio, hermano.
—Hablo de que es la única persona aquí que no parece estar hecha de cartón —sentenció Esteban, empezando a caminar hacia ella sin siquiera pedir permiso a sus pies.
Aira estaba hablando con la arquitecta Elena cuando sintió la presencia de alguien detrás de ella. Se giró y se encontró con los ojos grises que la habían perseguido en sus sueños.
—Vaya —dijo Esteban, con una voz que vibró en el pecho de Aira—. Parece que los nudos nos trajeron al mismo sitio.
Aira sonrió, y por primera vez, Esteban comprendió que hay bellezas que no se miden con una regla, sino con la capacidad de sostener la mirada de alguien que cree que ya lo ha visto todo.
—Arquitecto Esteban —dijo ella, con una calma que lo desarmó—. Qué sorpresa. Pensé que solo frecuentaba lugares donde todo estuviera bajo su control.
Elena, la jefa de Esteban, los miró a ambos con una sonrisa astuta.
—Veo que ya se conocen. Esteban, Aira fue mi mejor alumna de preparatoria. Tiene un corazón que ya quisieras tú para tus diseños.
Esteban no respondió. Estaba demasiado ocupado notando que, aunque ella no encajaba en sus "estándares", era la mujer más hermosa que había entrado en ese edificio en veinte años.
Esteban
El salón vibraba con un jazz moderno y el tintineo de copas de cristal que costaban más que el alquiler de un mes. Era mi hábitat natural: un lugar donde la forma importaba más que el contenido. Observé a mi alrededor, esperando ver a Aira en un rincón, abrumada por la opulencia o refugiada en su teléfono.
Pero no fue así.
La busqué con la mirada y la encontré en el centro de un pequeño grupo de inversores. Eran hombres y mujeres que habitualmente solo hablaban de márgenes de beneficio y materiales de importación, pero ahora estaban en silencio, escuchando.
Ella no estaba "predicando" —sabía que eso los habría espantado—, simplemente hablaba. Se movía con una naturalidad que desafiaba el ambiente pretencioso de la fiesta. Vi cómo un importante contratista, conocido por su mal carácter, sonreía mientras ella gesticulaba con las manos. Había una luz en su rostro que no provenía de las lámparas de diseño del techo; era algo interno, una solidez que hacía que las modelos de pasarela que circulaban por el salón parecieran simples bocetos sin terminar.
Me sentí extrañamente inquieto. Ella estaba incómoda, lo notaba en la forma en que evitaba la mirada cuando pasaban las bandejas de cócteles o cómo arrugaba levemente la nariz ante el volumen de la música, pero no permitía que esa incomodidad la detuviera. Tenía una misión, incluso allí.
—Es increíble, ¿verdad? —La voz de Marcos me sacó de mis pensamientos.
Mi amigo, el que siempre buscaba algo más allá de lo tangible, miraba a Aira con una expresión que no me gustó nada. No era la mirada de un arquitecto analizando una estructura; era la mirada de un hombre que acaba de encontrar un oasis en medio del desierto. A diferencia de mi Marcos es un hombre que pasa el físico a segundo plano, pues en sus propias palabras, la portada de un libro no define su interior, pues ha leído libros que son hermosos por fuera pero su contenido es genérico.
—¿Qué cosa? —pregunté, fingiendo indiferencia.
—Ella —respondió Marcos, sin apartar los ojos de Aira—. Tiene esa... paz. Esa transparencia que hemos estado discutiendo. Es exactamente el tipo de persona con la que podrías construir algo que no se derrumbe cuando lleguen los problemas.
Marcos empezó a arreglarse el saco, decidido.
—Voy a hablar con ella. Siento que hablamos el mismo idioma, Esteban. Deberías aprender un poco; no todo en la vida es acero y vidrio.
Lo vi caminar hacia ella. Vi cómo ella lo recibía con una sonrisa genuina, sin las máscaras sociales que todos llevábamos esa noche. Marcos era un buen tipo, un simpatizante de la fe, alguien que buscaba respuestas. En teoría, eran el uno para el otro.
Sentí una presión en el pecho, un error de cálculo emocional que no supe cómo clasificar. Según mis estándares, ella no debería atraerme. Su cuerpo no era el que yo acostumbraba a ver en mis planos de "perfección", su estilo de vida era opuesto al mío y su ideología me resultaba absurda. Pero ver a Marcos acercarse a ella me produjo una irritación más fuerte que cualquier fallo estructural que hubiera enfrentado en mi carrera.
Aira
El ruido de la música me daba dolor de cabeza y el olor a alcohol me recordaba por qué prefería las reuniones silenciosas de mi instituto. Me sentía como un pez fuera del agua, pero recordé las palabras de mi tío Samuel: "Aira, tú no vas a los sitios para encajar, vas para iluminar".