Cimientos Eternos

Capítulo 2 parte 2: La Estética del Alma

Aira

Cuando sentí su mano cerrarse alrededor de mi brazo, un escalofrío que no tenía nada que ver con el afecto me recorrió la espalda. El agarre de Esteban no era violento, pero para mí, cualquier contacto no solicitado activaba una alarma que años de terapia y oración habían intentado silenciar. Mi pasado con Daniel me había enseñado que las manos de un hombre podían ser una cárcel antes que un refugio.

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De repente, ya no estaba en la fiesta de la empresa. Estaba tres años atrás, en aquel pasillo estrecho del departamento de Daniel.

Flashback

—¿A dónde crees que vas? —la voz de Daniel no era un ruego, era un comando.

Aira había intentado pasar por su lado, pero él la había alcanzado con una velocidad aterradora. Sus dedos se hundieron en su brazo con una fuerza que buscaba marcarla, no solo físicamente, sino en el alma. Ella recordó el frío de la pared contra su espalda y el pánico que le cerró la garganta cuando intentó zafarse.

—Suéltame, Daniel... me duele —había susurrado ella, con la voz quebrada.

—Te soltaré cuando yo diga que la conversación terminó —respondió él, apretando más fuerte mientras la sacudía apenas unos centímetros. En sus ojos no había rastro del hombre que decía amarla, solo el brillo de un control absoluto.

Aira recordó la sensación de ser un objeto bajo su puño, la humillación de la impotencia y ese primer impacto que le enseñó que el contacto físico podía ser una jaula.

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Me tensé de inmediato y retrocedí un paso, obligándolo a soltarme por la pura inercia de mi rechazo.

—No me toque —dije. Mi voz no fue un grito, fue algo más poderoso: un susurro cargado de una autoridad gélida—. Nunca.

Esteban abrió los ojos, sorprendido por la brusquedad de mi reacción. Intentó decir algo, pero no le di espacio.

—Usted no tiene idea de los límites que ha cruzado esta noche —continué, sintiendo cómo el nudo en mi garganta amenazaba con romperse—. No solo se toma la libertad de tocarme sin permiso, sino que usa un dolor que no le pertenece para intentar rebajar mi fe. Usted solo es un hombre con un traje caro y un ego demasiado grande para entender que el cuerpo de una mujer no es una estructura que pueda manipular a su antojo.

Sus ojos grises, antes cínicos, se llenaron de una confusión genuina. Por un segundo, el "Arquitecto de Hierro" pareció de cristal.

—Aira, yo no pretendía...

—¿No pretendía qué? —lo interrumpí—. ¿Lastimarme? Lo hizo. Pero lo que más me duele es que use su inteligencia para intentar derribar la esperanza de los demás solo porque la suya está en ruinas.

En ese momento, el sonido de unos tacones decididos sobre el mármol cortó la tensión. Elena apareció con una sonrisa que se desvaneció un poco al notar la atmósfera eléctrica entre nosotros.

—¡Aquí estás, Aira! —dijo Elena, tomándome suavemente de la mano, el único contacto que permití sin retroceder—. Ven conmigo, hay un grupo de directores de una ONG que tienen que conocerte. Esteban, querido, deja de aburrir a mi alumna favorita con tus cálculos estructurales, tenemos invitados que atender.

Elena me arrastró suavemente lejos de él. Caminé sin mirar atrás, tratando de que mis hombros no temblaran y de que el eco de su comentario sobre el sobre del laboratorio dejara de martillear en mi cabeza.

Esteban

Me quedé de pie en mitad del salón, con la mano todavía extendida en el aire, sintiendo el vacío donde hace un segundo estaba su brazo. El calor de su piel —ese breve e involuntario contacto— me quemaba la palma de la mano, pero lo que realmente me escocía era la mirada de absoluto rechazo que me había dedicado.

No era la mirada de una mujer ofendida por un desplante social. Era la mirada de alguien que había defendido su territorio sagrado.

—Vaya... —Julián se acercó por detrás, con una copa de champán en la mano—. Parece que la Aleluya tiene garras. Te ha dejado congelado, hermano.

—Cierra la boca, Julián —respondí, sin apartar la vista de la espalda de Aira mientras se alejaba con Elena.

—Solo digo que ha sido un poco dramática, ¿no? Un simple toque en el brazo y parece que le hubieras pedido un riñón.

—No fue eso —susurré, más para mí que para él. Su reacción no es típica, pero porque estoy tan interesado en saber por qué esa reacción

Me sentí miserable. Una sensación que mi lógica no lograba procesar. Como arquitecto, sabía cuándo había cometido un error de cálculo, pero esto era diferente. Había usado una información privada —ese sobre de la clínica— como un arma. Había intentado herir su punto más débil solo para sentir que tenía el control de la conversación.

La vi a lo lejos, sonriendo de nuevo mientras hablaba con los contactos de Elena. Su figura, con ese vestido azul y sus curvas que antes me parecían "fuera de estándar", ahora me resultaba imponente. Ella era una mujer de convicciones de acero, y yo me había comportado como un demoledor sin escrúpulos.

Miré a Marcos, que hablaba animadamente con otros invitados, y sentí una punzada de envidia. Él la había tratado con el respeto que ella merecía. Yo, en cambio, la había tratado como a una de mis maquetas: algo que podía mover y presionar a mi antojo.

"No todo el mundo está dispuesto a desenredar tus nudos", le había dicho en el café. Qué estúpido había sido. El nudo no lo tenía ella. El nudo lo tenía yo, apretado alrededor de un corazón que se negaba a sentir nada que no fuera amargura.

Esa noche, mientras la fiesta seguía a mi alrededor, me di cuenta de dos cosas: Primero, que Aira era la mujer más hermosa y digna que había conocido jamás. Y segundo, que la había perdido antes siquiera de tener la oportunidad de conocerla de verdad.




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