Esteban
Tres semanas. Veintiún días calculando estructuras, revisando presupuestos y tratando de convencerme de que mi interés por la "chica del nudo" era puramente curiosidad. Pero la lógica fallaba cada vez que cerraba los ojos y recordaba su mirada gélida al marcar su límite. Como alguien que sonreía con tal dulzura pudiera sen tan firme y gélida a la vez.
En contraste a lo que yo habitualmente haría, me dirigí a la oficina de mi jefa a pedirle el contacto de esa chica.
—Elena, necesito el contacto de Aira —le había dicho a mi jefa un par de días después de la fiesta, fingiendo un tono profesional—. Para el proyecto de la fundación, ya sabes. —. Mentí, solo usé información que escuché, de algunas de las personas que habían hablado con ella en el aniversario, ni siquiera tengo idea de que trata la dichosa fundación.
Elena me miró por encima de sus gafas, con una sabiduría que me hizo sentir como un niño de cinco años. —No, Esteban. No te lo voy a dar. Ella no me dijo de que hablaron, pero pude notar que algo no estaba bien después de que hablo contigo. Cuando aprendas a tratar a las personas con la misma delicadeza que tratas a tus maquetas de cristal, quizás ella aparezca de nuevo. Pero por ahora, déjala en paz.
Me sentí humillado, pero el rechazo de Elena solo alimentó mi obsesión.
Ese sábado, Julián y Marcos me arrastraron al parque central bajo el pretexto de que necesitaba "aire fresco" para mis diseños. Yo solo quería silencio. Pero el parque estaba saturado de ruido: música alegre, risas de niños y colores que mareaban.
—Mira eso —dijo Julián, señalando hacia el anfiteatro abierto—. Otra vez los grupos religiosos invadiendo el espacio público. Qué pérdida de tiempo.
Me giré, listo para soltar un comentario mordaz y largarme de allí, pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta.
Allí estaba ella.
Llevaba un overol de falda verde bosque sobre una camiseta blanca. Su cabello, que en la fiesta parecía elegante, ahora estaba recogido en dos coletas altas, casi infantiles, y su rostro brillaba con purpurina y colores vivos. Estaba sentada en el suelo, rodeada de una marea de niños, contándoles una historia con una energía que iluminaba todo el parque.
Si me hubieran contado esto hace un mes, me habría reído. Habría dicho que era ridículo, infantil, absurdo. Pero ahora... ahora me parecía lo más encantador que había visto en mi vida. Aira no tenía miedo al ridículo porque no estaba allí por ella, estaba allí por ellos.
—Vaya —murmuró una voz a mi lado.
Giré la cabeza y vi a Marcos. No tenía su habitual cara de curiosidad intelectual. Tenía la mirada de alguien que acaba de encontrar un tesoro enterrado. Sus ojos no se apartaban de Aira, y una sonrisa de absoluta admiración se dibujaba en su rostro.
—Es perfecta —susurró Marcos, casi para sí mismo—. Mira cómo los mira. Es como si el mundo fuera un lugar seguro solo porque ella está ahí.
Sentí una punzada de alarma, un instinto de propiedad que no tenía derecho a sentir. Marcos no era como Julián; él apreciaba exactamente lo que yo estaba empezando a valorar. Él era la "amenaza" lógica. Además, amaba a los niños y tenía esa idea de que ser padre era su mayor meta, supongo que ver a Aira con esos niños lo motiva
Aira
—¡Y entonces, el gigante cayó! —exclamé, mientras los niños aplaudían emocionados—. Porque no importa cuán grande sea el problema, si Dios está con nosotros, somos más que vencedores.
Terminé la clase en el parque con una oración sencilla he hicimos un último canto con ademanes para los niños. Estaba agotada, pero feliz. Mi vida estas semanas había sido un torbellino: tareas del instituto bíblico, ensayos con el grupo de alabanza y mi turno con los niños. Esteban se había convertido en un recuerdo borroso, una nota al pie de página que ya había perdonado y entregado a Dios. No tenía tiempo para hombres que solo veían grietas.
Me levanté sacudiéndome la hierba de la falda del overol. Mi maquillaje de purpurina seguramente estaba corrido por el calor, pero me sentía en paz.
—¡Excelente trabajo, Aira! —dijo mi madre, acercándose con una botella de agua—. A los niños les encanto todo.
—Gracias, ma. Pero me siento agotada — en realidad estaba muy cansada, pero me sentía llena de gozo al ver que Dios nos respaldó en todo.
Mientras bebía agua, sentí ese peso familiar en la nuca. Una mirada. Giré la cabeza hacia el sendero de cemento y mi corazón dio un vuelco que me quitó el aliento.
Esteban estaba allí, de pie entre sus dos amigos. Se veía fuera de lugar con su ropa de marca y su postura rígida, pero su expresión... no era la de la fiesta. Estaba serio, casi solemne, observándome como si fuera la primera vez que veía a un ser humano real.
Pero no estaba solo. Marcos, su amigo, dio un paso adelante, separándose del grupo y caminando directamente hacia mí con una determinación que me puso nerviosa.
—¡Aira! —exclamó Marcos al llegar frente a mí, ignorando por completo a Esteban—. Ha sido... asombroso. No sabía que también eras maestra de niños. ¿Hay algo que no hagas bien?
Sonreí con timidez, consciente de que Esteban nos observaba desde unos metros, con la mandíbula tan apretada que parecía que iba a romperse. Y siendo honesta el recibir un cumplido de un hombre no es algo a lo que este acostumbrada.
—Es solo mi servicio, Marcos. Nada especial.
—Para mí lo es —dijo Marcos, bajando la voz y acercándose un poco más, invadiendo ese círculo que yo protegía tanto—. Me preguntaba si después de esto... ¿te gustaría ir a tomar algo? Sin música alta, sin gente de la constructora. Solo nosotros.
Sentí el impulso de decir que sí, Marcos era amable, seguro y respetuoso. Pero mis ojos, traicioneros, buscaron a Esteban. Él no se movió, pero vi cómo sus puños se cerraban a los costados de su cuerpo. El "Arquitecto de Hierro" parecía estar a punto de colapsar, y por un segundo, vi en él un dolor tan profundo que me olvidé de Marcos, del parque y de la purpurina en mi cara.