Cimientos Eternos

 El Eco de una Estructura Nueva 

Esteban

La cena en casa de mis padres se sentía más sofocante que de costumbre. El tintineo de los cubiertos sobre la porcelana era el único sonido, hasta que mi hermana, siempre observadora, soltó la bomba.

—¿Qué te pasa hermano, o mejor dicho quién te pasa? —preguntó, dejando su copa de vino sobre la mesa.

Mi padre levantó la vista del periódico y mi madre se inclinó hacia adelante, con una curiosidad que intentaba disimular.

—¿De qué hablas? —respondí, concentrado en mi plato.

—A diferencia de lo que crees eres muy evidente cuando algo te distrae hermano. —insistió mi hermana—. Además, Julián me dijo que le pediste el contacto de una chica a Elena y que te pasas las tardes mirando fotos de eventos de la constructora. ¿Es una de esas modelos de la agencia de inversiones?

—No es una modelo —dije, y mi voz sonó más tensa de lo que pretendía—. Es alguien que... que Elena conoce y puede que trabajemos juntos en un futuro, así que me dio curiosidad

—Si no es una de nuestro círculo, ¿qué interés puede tener? —sentenció mi padre con desdén—. Esteban, no pierdas el tiempo con distracciones que no sumen a la firma. Recuerda los negocios y lo personal no se mezcla.

Pero mi madre no dijo nada negativo. Me miró fijamente, con una intriga que me inquietó. Ella sabía que yo nunca me obsesionaba con nada que no fuera un diseño perfecto. Si una mujer había logrado que yo, el hombre de la lógica pura perdiera el sueño, es porque esa mujer tenía algo que el dinero no podía comprar.

La Infiltración de lo Invisible

Esteban

La oficina de la constructora solía ser mi santuario de orden. Aquí, los sentimientos no tenían masa ni volumen, por lo tanto, no existían. Pero últimamente, el aire se sentía denso, como si los muros que yo mismo diseñé se estuvieran cerrando.

Mi familia no ayudaba. La cena de la noche anterior había dejado un sabor amargo en mi boca. Mi padre, con su pragmatismo feroz, y mi hermana, con su sarcasmo, habían diseccionado mi comportamiento como si fuera un plano mal trazado. Solo mi madre permaneció en un silencio inquisitivo, observándome con esa mirada que las madres usan para detectar grietas en el concreto de sus hijos. Sabía que algo —o alguien— me estaba desarmando, y su curiosidad era una amenaza latente.

—Esteban, ¿tienes un momento? —Marcos entró en mi despacho. No traía planos, traía una tranquilidad que me resultaba ofensiva.

—Si es para hablar de la carga estructural del ala norte, adelante. Si es para otra cosa, estoy ocupado —mentí, sin levantar la vista de la pantalla.

—Es sobre el concepto del centro comunitario —dijo Marcos, sentándose y mirando por el ventanal—. Estaba pensando que quizá nos hemos equivocado con el diseño del auditorio. Lo hemos planeado como un espacio de exhibición, pero debería ser un lugar de... refugio.

Fruncí el ceño. Esa no era la terminología de Marcos.

—¿Refugio? Es una escuela técnica, Marcos. Los estudiantes necesitan luz y funcionalidad, no un escondite.

—A veces —continuó Marcos con una voz pausada, casi soñadora—, las personas no necesitan que les enseñes cómo construir una pared, sino que les des un lugar donde no tengan que sostenerla ellos mismos. Me decían el otro día que "la verdadera arquitectura no es la que se ve, sino la que permite que lo invisible suceda".

Me quedé helado. Esa frase tenía un ritmo, una cadencia que conocía demasiado bien, pues llevaba semanas obsesionado con ello. Tenía el eco de la purpurina en el parque y el verde de un overol. El corazón me dio un vuelco violento contra las costillas.

—¿Quién te dijo eso? —pregunté. Mi voz salió más baja y peligrosa de lo habitual.

Marcos pareció darse cuenta de su error. Su expresión cambió de la introspección a una leve incomodidad, pero no bajó la mirada.

—Lo leí por ahí... bueno, en realidad, me lo comentaron en una conversación.

—¿Una conversación? ¿con quién? —Me levanté, apoyando las palmas sobre el escritorio—. Estás hablando con Aira.

El silencio que siguió fue confirmación suficiente. Marcos suspiró y sacó su teléfono, dejándolo sobre la mesa, pero sin desbloquearlo.

—La encontré en Instagram aun que me costó una semana que me aceptara, yo tenía algunas dudas sobre algo y sabía que ella tendría una mejor perspectiva, después Esteban. Empezamos a hablar de cosas simples: el parque, la educación, la fe... Es increíble cómo ve el mundo. No hay odio en ella, ni siquiera después de cómo la trataste.

—Pásame su número — aunque quería que sonara más casual sonó como una orden directa. No era una petición, era un mandato nacido de la desesperación.

—No —respondió Marcos con una firmeza que nunca le había visto—. No voy a hacer eso. — mira si no la has encontrado es por algo.

—¿Por qué? ¿Ahora eres su protector? ¿O es que planeas usar tu "simpatía por la fe" para ganártela mientras yo me quedo fuera? — admití algo que no quería y ni siquera me di cuenta. Pero parece que mi amigo si lo noto

—No se trata de ganar nada, Esteban —Marcos se puso de pie, su voz llena de una compasión que me hizo sentir pequeño—. Se trata de que ella es una persona, no un concurso. Te estoy viendo consumirte. Estás obsesionado porque ella es la única cosa en tu vida que no puedes medir con una regla de cálculo. Y la quieres, pero la quieres para controlarla, para entender cómo funciona y luego, probablemente, para decir que su fe es un error.

—Eso no es cierto —susurré, aunque mis manos temblaban.

—Sí lo es. Pero déjame decirte algo que me dijo anoche: ella no está buscando a alguien que la entienda, está buscando a alguien que esté dispuesto a caminar con ella, aunque no vea el camino. Y tú, amigo mío, no das un paso si no tienes un plano en la mano.

Marcos tomó su teléfono, pero no sin que yo notara antes que recibía un mensaje de ella y caminó hacia la puerta. Se detuvo antes de salir.




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