Cimientos Eternos

La Fragilidad de los Ángulos Rectos 

Esteban

Hay una frase en arquitectura que dice que el espacio no es nada hasta que la luz lo habita. Yo siempre pensé que era una cursilería de estudiantes de primer año, hasta que volví a entrar en aquel café.

Era martes por la tarde. El lugar estaba impregnado del aroma a grano tostado y el murmullo constante de las charlas ajenas. Caminé hacia mi mesa de siempre, la que tenía la mejor vista de la estructura de las vigas, pero me detuve en seco. El aire pareció escaparse de mis pulmones como si hubiera un fallo en el sistema de ventilación.

Allí, en la misma mesa donde la vi por primera vez, estaba ella.

Pero no estaba con sus amigas. No estaba rodeada de risas femeninas. Estaba con Marcos.

Mis pies se clavaron en el suelo industrial. Verlos juntos no fue como recibir un golpe; fue como ver un edificio colapsar en cámara lenta. Marcos estaba inclinado hacia ella, con una expresión de humildad que nunca le había visto en la oficina. Sobre la mesa, una Biblia estaba abierta entre ellos, rodeada de tazas de café y las anotaciones de Aira.

Sentí una oleada de celos tan visceral que me mareó. No eran los celos de un hombre que teme perder una posesión; eran los celos de alguien que se da cuenta de que otro hombre está bebiendo del agua que él se muere por probar. Marcos estaba accediendo a su mundo, a su fe, a su paz. Él estaba "dentro", y yo seguía siendo el extranjero observando a través del cristal.

Caminé hacia ellos. No fue una decisión lógica, fue un impulso magnético.

—Vaya —dije, y mi voz sonó más cortante de lo que pretendía—. Parece que la oficina se ha mudado al departamento de teología.

Aira

El sonido de esa voz me recorrió la columna como una descarga eléctrica. No necesitaba girarme para saber quién era. El tono de Esteban era inconfundible: una mezcla de elegancia, amargura y una tensión que parecía vibrar en el aire.

Levanté la vista. Se veía impecable, como siempre, pero había algo en sus ojos grises que me inquietó. Estaban oscuros, fijos en Marcos con una hostilidad que me recordó, por un segundo, a las sombras que intentaba olvidar de mi pasado. Pero esto era diferente. No era la ira controladora de Daniel; era el dolor de alguien que se siente excluido.

—Hola, Esteban —dijo Marcos, levantándose a medias con una sonrisa que denotaba una paciencia infinita—. Aira me estaba ayudando con unas dudas sobre el libro de Job. Resulta que tiene una forma de explicar el sufrimiento que ningún libro de filosofía ha logrado darme.

—El sufrimiento no se explica, Marcos —espetó Esteban, sentándose en la silla vacía de la mesa de al lado sin esperar invitación—. El sufrimiento se padece y, si tienes suerte, se sobrevive. No entiendo qué haces buscando respuestas en un libro de hace miles de años.

—A veces las respuestas más antiguas son las más sólidas, Esteban —respondí, cerrando suavemente mi cuaderno—. Marcos tiene el corazón abierto para aprender. Eso es una virtud, no una debilidad.

Esteban me miró. Por un segundo, el ruido del café desapareció. Sus ojos recorrieron mi rostro, deteniéndose en el brillo de purpurina que aún quedaba cerca de mi sien desde el sábado, y luego bajaron a mis manos, que apretaban el borde de la Biblia.

—¿Y tú qué ganas con esto, Aira? —preguntó él, ignorando por completo a Marcos—. ¿Es este tu nuevo proyecto? ¿Convertir a un arquitecto racional en un místico?

—Yo no gano nada —dije con calma, aunque mi corazón latía con fuerza—. Solo comparto lo que me salvó la vida cuando todo lo demás se derrumbó. Pero supongo que, para usted, ayudar a alguien a encontrar paz es solo otro "error de cálculo".

Esteban

Me sentía como un intruso en mi propio hogar. Marcos la miraba con una devoción que me quemaba la sangre. Él no la juzgaba por su peso, ni por su fe, ni por su ropa. Él la veía como la guía que necesitaba.

—No es un error de cálculo —dije, y mi voz perdió parte de su dureza—. Es solo que no entiendo cómo puedes ser tan... —busqué la palabra— constante. El mundo se cae a pedazos, tu propio cuerpo te da noticias que no quieres escuchar, y aquí estás, sonriendo sobre un libro de promesas.

Aira se tensó al mencionar su cuerpo. Vi cómo sus nudillos se volvían blancos. Marcos frunció el ceño, captando la tensión, pero sin entender el trasfondo del diagnóstico que yo, de forma egoísta, seguía guardando como un arma.

—Mi constancia no viene de mí, Esteban —dijo ella, bajando la voz—. Viene de saber que no soy yo quien sostiene la estructura.

—Esteban —intervino Marcos, tratando de suavizar el ambiente—, deberías quedarte. Aira estaba explicando algo sobre cómo los cimientos más fuertes se prueban en la oscuridad. Pensé en tus diseños de inmediato.

—No necesito clases de religión para mis diseños, Marcos —respondí, levantándome bruscamente. No podía soportar verlos así ni un segundo más. Los celos me estaban asfixiando, convirtiéndome en una versión de mí mismo que despreciaba—. Pero me alegra ver que has encontrado una "guía". Solo ten cuidado, no todas las guías saben a dónde van.

Me di la vuelta para irme, pero la voz de Aira me detuvo, clara y firme como una campana en medio de la niebla.

—Esteban.

Me detuve sin girarme. Estaba enojado sin entender del todo porque, pero escuchar mi nombre salir de su boca me causaba algo que me gustaba

—Usted no está enojado con Marcos —dijo ella—. Está enojado porque siente que la luz le molesta en los ojos, pero se niega a cerrarlos. No use su amargura para intentar apagar la curiosidad de su amigo. Déjelo ser feliz. Aunque a usted le parezca absurdo, la felicidad es algo que también se construye.

Aira

Lo vi salir del café con hombros rígidos y paso rápido. Me quedé temblando por dentro. Marcos puso su mano sobre la mía, un gesto de apoyo fraternal que agradecí, pero que no provocó en mí ni una fracción de la tormenta que Esteban desataba con solo respirar cerca.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.