Cimientos Eternos

Cimientos sobre el Abismo 

Esteban

Salí del café con la respiración entrecortada. Ver a Marcos sentado allí, ocupando el lugar que mi orgullo me impedía reclamar, me estaba volviendo loco. Conducía sin rumbo por la ciudad, pero mis manos, por instinto, me llevaron de vuelta a la única persona que sabía que no me juzgaría, aunque me dijera la verdad: Elena.

La encontré en su oficina privada, revisando los planos de una nueva licitación.

—Esteban —dijo sin levantar la vista—. Tienes cara de haber intentado demoler un edificio con las manos desnudas.

—He visto a Aira —solté, dejándome caer en la silla frente a ella—. Estaba con Marcos. Estaban estudiando esa Biblia... y él la miraba como si fuera el sol.

Elena dejó su pluma y se quitó las gafas. Me miró con una seriedad que me heló la sangre.

—¿Y qué esperabas, Esteban? Marcos tiene algo que tú te niegas a aceptar: humildad para reconocer que está perdido.

—Ella no es lo que parece, Elena —dije, tratando de justificar mi rabia—. Habla de paz, pero lleva con ella un secreto más doloroso que todo lo que dice ser. Habla de luz, pero se viste con ropa de niño y vive para una iglesia que solo le quita el tiempo.

Elena suspiró y se levantó para mirar por el ventanal hacia la ciudad que ambos habíamos ayudado a construir.

—No sabes nada de ella, ¿verdad? —preguntó Elena en voz baja—. Te crees el gran arquitecto porque sabes medir distancias, pero no sabes medir el peso del alma. ¿Sabías que Aira estuvo a punto de no llegar a los veinte años?

Me quedé helado. El aire en la oficina pareció volverse sólido.

—¿De qué hablas? — mi corazón se detuvo por un momento, sin saber realmente a lo que se refería, sabía que no era algo bueno.

—A los diecinueve, cuando perdió a su familia y estaba atrapada en una relación que casi la destruye, Aira intentó rendirse —Elena se giró, y vi tristeza en sus ojos—. No me mires así. Ella no se avergüenza de eso. Es su testimonio. Dios la salvo cuando se encontraba en lo más profundo y oscuro de su vida, cuando ya no quedaba nada de ella. Todo lo que ves hoy, su alegría, su servicio, su entrega a los niños, incluso su sobrepeso que tú juzgas, es la versión de una mujer que decidió que vivir valía la pena si era para ayudar a otros a no caer en el mismo pozo.

El silencio que siguió fue atronador. Cada insulto que yo había pensado, cada juicio sobre su apariencia o su fe, regresó a mí como un proyectil. Ella no era "ingenua". Ella había estado en el infierno y había vuelto con flores en las manos.

Aira

—¿Estás bien, Aira? —preguntó Marcos mientras caminábamos hacia la salida del café. Se había dado cuenta de que, tras la partida de Esteban, mi mente se había quedado anclada en la puerta.

—Sí, Marcos. Solo... a veces me duele la amargura de la gente. Me recuerda a cómo me sentía yo hace seis años.

Me detuve frente a la camioneta. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de un naranja intenso.

—¿Sabes? —le dije a Marcos— Esteban cree que soy débil porque confío. No sabe que confío porque sé lo que es no tener nada más. Él cree que su lógica es su escudo, pero yo sé que es su cárcel. — Le había contado a Marcos mi testimonió la primera vez que salimos y no me vio con las tima como otros lo habían hecho.

—Él no sabe lo que te pasó, Aira —dijo Marcos con suavidad—. No sabe que eres un milagro caminando.

—No necesito que lo sepa para perdonarlo, Marcos. Pero me gustaría que lo supiera para que entienda que La Biblia no son solo palabras. Es una promesa de vida para los que estamos en el refugio del Altísimo.

Esteban

Esa noche, no fui a casa de mis padres. Me quedé en mi apartamento, rodeado de maquetas perfectas y libros de diseño vanguardista. Pero todo me parecía vacío. Busqué en mi teléfono el Salmo 91. Hacía años que no leía una Biblia, pero la curiosidad —o quizá la necesidad— fue más fuerte.

"Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra; mas a ti no llegará..."

Leí las palabras y me imaginé a Aira, a los diecinueve años, sola y rota, aferrándose a esa promesa mientras yo, a esa misma edad, me burlaba de Dios porque mi abuela había muerto. Ella había convertido su tragedia en cimientos; yo había convertido la mía en un muro.

Cerré los ojos y, por primera vez en mi vida adulta, sentí una lágrima correr por mi mejilla. No era por mí. Era por ella. Por todo lo que había pasado sola mientras yo me dedicaba a juzgar su superficie.

Me di cuenta de que Marcos no era mi competencia. Mi competencia era el hombre que yo veía en el espejo. Si quería llegar a Aira, tenía que dejar de intentar ser el arquitecto de su vida y empezar a ser el aprendiz de su esperanza.

Agarré las llaves de mi coche. No sabía a dónde iba, pero sabía que no podía pasar una noche más sin intentar, de verdad, entender la geometría de la gracia que la mantenía en pie.




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