Esteban
Había pasado la tarde conduciendo por sectores de la ciudad que no figuraban en mis rutas habituales. Buscaba algo, aunque no sabía exactamente qué aspecto tenía. Al final, terminé frente a una iglesia de fachada sencilla en un barrio residencial. El cartel en la entrada anunciaba un estudio sobre "La reconstrucción del alma".
Aparqué mi coche, que lucía insultantemente brillante frente a los vehículos familiares y modestos del lugar. Entré con la guardia alta, esperando sentir esa repulsión intelectual que siempre me invadía en estos sitios, pero el aire olía a café y a una extraña calma que me obligó a bajar los hombros.
Me senté en la última fila, oculto tras una columna. Observé la "estructura": no había mármoles ni lujos, solo personas que se saludaban como si el éxito del otro fuera el propio. Y entonces, mis ojos, entrenados para detectar patrones, se fijaron en la plataforma.
Se me heló la sangre.
Allí, preparando los instrumentos para el cierre, estaban ellas. Las reconocí por sus risas en aquel café: Mariana y Sofía. Eran parte del círculo íntimo de Aira. No sabía que asistían a esta iglesia en particular, pero verlas allí, en su elemento, me hizo sentir como si hubiera entrado en un búnker privado.
No vi a Aira por ningún lado. Sentí una mezcla de alivio y una decepción punzante. Sin embargo, me quedé. Escuché al orador hablar sobre el Salmo 91. Cada palabra se sentía como un martillazo en el muro que yo había construido alrededor de mi vida.
—"Bajo sus alas estarás seguro" —recitó el hombre—. El refugio no es un techo que nosotros construimos; es el amor que nos permite dejar de construir defensas.
Cerré los ojos, sintiendo el peso de la confesión de Elena sobre el pasado de Aira. Ella se había refugiado allí cuando sus cimientos fueron dinamitados por la muerte y por ese tal Daniel. Yo, en cambio, seguía intentando reforzar mis muros con orgullo.
Mariana
—Sofía, no mires ahora —le susurré al oído mientras guardaba el micrófono—, pero hay un hombre en la última fila que parece un plano de arquitectura en medio de un taller de carpintería.
Sofía echó un vistazo discreto. —Es el tipo del traje gris. ¿Qué hace alguien así en nuestra reunión de los martes? Se ve... fuera de lugar, pero no parece que quiera irse.
—Me resulta familiar —fruncí el ceño—. Es el hombre que estaba en el café la semana pasada. El que Aira mencionó que era un arquitecto.
—Si es él, no ha venido por la arquitectura —sentenció Sofía con seriedad—. Vamos a saludarlo.
Esteban
Intenté salir antes de que encendieran todas las luces, pero la "seguridad" de la iglesia fue más rápida. Mariana y Sofía me cerraron el paso con una amabilidad que me resultó más intimidante que una inspección de obra.
—Hola, bienvenido —dijo Mariana, con una sonrisa que no llegaba a ser del todo confiada—. Soy Mariana. No es común ver a gente con tanta prisa por salir de aquí.
—Esteban —respondí, tratando de que mi voz no delatara mi agitación—. Solo estaba... explorando la zona. Curiosidad profesional por el diseño de los centros comunitarios.
Sofía arqueó una ceja, cruzándose de brazos de una forma que me recordó a un capataz de obra detectando un error. —¿Curiosidad profesional? ¿qué puede llamar la atención de un arquitecto a esta estructura tan sencilla?
No supe que decir, tenía razón, no tenía sentido lo que dije, este edificio no es nada que me llamara la atención
—Sabemos quién eres —continuó Sofía—. Aira... bueno, Aira nos contó lo suficiente como para saber un poco de ti
—No he venido a molestar —dije, y por primera vez, mi voz sonó quebrada—. Pude ver que ella no está aquí hoy. Solo quería entender... qué es lo que escuchan aquí. Qué es lo que la hace ser como es.
Mariana relajó un poco la postura al notar la sinceridad en mis ojos. —Aira es un milagro, Esteban. Y los milagros no se entienden con lógica, se aceptan con el corazón. Ella ha pasado por desiertos que tú ni siquiera puedes imaginar. Si estás aquí porque te sientes solo, quédate. Pero si estás aquí para coleccionar información y usarla contra ella... te sugiero que olvides ese propósito.
—No quiero usar nada contra ella —confesé, mirando al suelo—. Quiero... quiero saber si mi estructura tiene arreglo. Porque me he dado cuenta de que estoy viviendo en una casa vacía.
Las dos amigas se miraron. Mariana suspiró y me puso una mano en el hombro. —Aira no viene a esta iglesia, ella tiene su propia congregación al otro lado de la ciudad. Pero si de verdad quieres encontrarla, primero tienes que encontrarte a ti mismo fuera de ese traje caro. No le diremos que estuviste aquí... por ahora. Pero Esteban, ten cuidado. Aira es como el cristal templado: ha resistido el fuego, pero si la golpeas en el lugar equivocado, se romperá. Y si eso pasa, no solo tendrás que responder ante Dios. Tendrás que lidiar con nosotras.
Salí al aire frío de la noche, sintiendo que había cruzado una línea de la que no había retorno. No tenía su contacto, no sabía dónde encontrarla mañana, pero por primera vez en mi vida, no tenía un plan. Y extrañamente, eso me daba una paz que ninguna estructura de acero me había dado jamás.