Cimientos Eternos

La Geometría de la Soledad 

Esteban

El restaurante era una oda a la pretensión moderna. Paredes de concreto pulido, tuberías de cobre a la vista y una iluminación tan calculada que lograba que incluso la comida más sencilla pareciera una obra de arte conceptual. Era el tipo de lugar donde yo solía sentirme el dueño del tablero, donde mi traje a medida era mi armadura. Pero esa noche, la armadura me pesaba.

—...y por eso le dije al contratista que si no usaba el sellador que yo especifiqué, no firmaría la entrega —decía Julián, agitando su copa de vino con suficiencia—. La gente no entiende que la calidad no es negociable.

Yo no escuchaba. Mis ojos vagaban por el salón, buscando inconscientemente un error de diseño, hasta que el aire se quedó atrapado en mi garganta. En una mesa pequeña, junto al ventanal que daba a la avenida, estaba ella.

Aira.

Llevaba un suéter de lana color crema que parecía abrazarla, y su cabello caía en ondas suaves sobre sus hombros. No había ruido a su alrededor porque ella misma parecía haber creado una burbuja de silencio. Delante de ella, un plato de pasta a medio comer y un libro de tapas desgastadas que sostenía con una mano. Estaba sola. Y en esa soledad, se veía más poderosa que cualquier persona en este salón. No buscaba atención, no miraba su teléfono esperando validación. Simplemente estaba.

—Es ella —susurró Julián—. La chica del café. Está sola, Esteban. Es el momento perfecto para que Marcos vaya a hablar con ella.

Miré a Marcos. Vi en sus ojos el impulso de levantarse. Él tenía la ventaja: la fe compartida y la amabilidad. Pero Marcos me miró de vuelta. Vio la tensión en mi mandíbula y la forma en que mis nudillos se habían vuelto blancos al apretar la mesa. Marcos se recostó en su silla y negó con la cabeza.

—No —dijo Marcos con solemnidad—. Esta vez no me toca a mí. Hay estructuras que solo el arquitecto principal puede reparar. Ve tú, Esteban.

Aira

"Porque has puesto al Señor, que es mi esperanza, al Altísimo por tu habitación..."

Las palabras del libro se mezclaban con el murmullo del restaurante. Había sido un día agotador en el instituto bíblico; los exámenes me tenían exhausta y solo necesitaba un momento para ser yo misma. Comer sola era uno de mis mayores placeres. Después de lo de Daniel, aprendí que mi propia compañía era un santuario que proteger. Disfrutaba de la libertad de no tener que ocultar mi cuerpo tras posturas elegantes o cuidar cada bocado por miedo al juicio ajeno.

Sin embargo, sentí un cambio en la presión del aire. Esa vibración eléctrica que mi cuerpo ya reconocía. Cerré el libro lentamente y levanté la vista.

Esteban estaba de pie a un par de metros. Se veía diferente. El "Arquitecto de Hierro" parecía haber perdido su rigidez. Sus ojos grises, que antes me habían escaneado como un error en un plano, ahora me miraban con una incertidumbre casi infantil. No había cinismo, solo una vulnerabilidad que me dejó desarmada.

—Aira —dijo. Su voz fue apenas un hilo.

—Arquitecto —respondí. Intenté sonar distante, pero mi corazón acababa de traicionarme con un latido desbocado.

Él no se movió. Se quedó allí, como si esperara permiso. Vi cómo tragaba saliva, como si las palabras fueran demasiado pesadas.

—¿Puedo... sentarme? —preguntó. No fue una exigencia. Fue una súplica.

Miré hacia su mesa. Marcos me dedicó un pequeño asentimiento junto a una sonrisa pequeña. Volví a mirar a Esteban. Recordé el dolor de sus palabras en la fiesta y la herida de su comentario sobre mi salud. Aparté mi bolso de la silla frente a mí y le hice un gesto para que se sentara.

Esteban

Me senté, y de repente, el mundo se redujo a la circunferencia de esa mesa. Estar así de cerca era abrumador. Pude ver las pequeñas pecas en su nariz y la firmeza en su mirada, una paz que yo no podría comprar con todo el oro del mundo.

—He estado buscándote —confesé. La honestidad me resultó extraña, pero necesaria.

—Lo sé —respondió ella—. Mis amigas me contaron que estuviste en su iglesia. Mariana y Sofía suelen ser amables con los desconocidos que parecen perdidos.

—Me dijeron que me vigilarían —admití con una sonrisa amarga—. Y tienen razón. Fui allí porque necesitaba ver qué hay detrás de esa muralla tuya, Aira. Elena me contó algo sobre lo que ha pasado en tu vida y simplemente no podía entender porque sigues de pie.

Aira no se encogió. No hubo rastro de vergüenza. Ella llevaba su historia como una medalla de honor.

—Mi pasado no es una grieta, Esteban. Es el lugar donde Dios puso el refuerzo —dijo ella con una serenidad aplastante—. Si esperabas encontrar a una mujer rota para sentirte superior, llegas unos años tarde.

—No espero sentirme superior —la interrumpí—. Me siento... inferior. Te juzgué. Te juzgué por tu apariencia, por tu fe, por lo que decía aquel sobre. Me burlé de tus cimientos porque yo no tengo ninguno. Lo siento, Aira. Lo siento de verdad.

Aira guardó silencio. Sus ojos recorrieron mi rostro, buscando la trampa. Pero no encontró nada más que una verdad desnuda.

—El perdón es un mandato para mí, Esteban, además con el pasar de los años empiezas a entender que el rencor solo te hace daño a ti mismo. —dijo ella—. Así que, por mi parte, no hay deuda. Pero la confianza... eso se diseña desde cero.

—Entiendo. Y no te pido que confíes en mí hoy. Solo te pido que no me cierres la puerta. Quiero conocer a la mujer que hay debajo de todo esto. No a la "estudiante" o a la "maestra", sino a ti.

Aira me miró largamente. Pude ver la duda en ella, el instinto de protección de su pasado.

—Estoy dispuesta a que nos conozcamos —dijo finalmente, y sentí un alivio inmenso—. Pero bajo mis términos, Esteban. Yo no soy como las mujeres con las que sales. Mi cuerpo no es un objeto de exhibición y mi tiempo le pertenece a cosas que tú quizá no entiendas. Tienes que respetar mis límites. No hay contacto físico si yo no lo autorizo. No hay presiones. Y sobre todo, no hay espacio para tu cinismo sobre lo que yo creo.




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