Esteban
En mi mundo, el tiempo es una divisa. Si quiero hablar con un proveedor, lo llamo. Si quiero ver a un socio, agendo una cita. Si quiero que algo se mueva más rápido, inyecto capital. Pero con Aira, mis reglas de eficiencia se estrellaban contra un muro invisible.
Llevaba tres días mirando la pantalla de mi teléfono. El mensaje de "Gracias por dejarme sentar a tu mesa" había sido entregado, leído y... dejado en el aire. No era un juego de manipulación; yo conocía esos juegos y Aira no tenía la malicia necesaria para jugarlos. Era algo más desconcertante: yo simplemente no era su prioridad.
—¿Sigue sin contestar? —preguntó Julián en la oficina, mientras revisábamos los costos de la Torre Norte.
—Tiene mucho trabajo —respondí secamente, aunque por dentro me carcomía la impaciencia.
—Esteban, nadie está tan ocupado como para no mandar un emoji —se burló Julián—. Acepta que tu "santita" tiene mejores cosas que hacer que hablar con un arquitecto estresado. — lo miro mal, aunque muy en el fondo creo que tiene razón.
Esa tarde, finalmente, el teléfono vibró.
"Hola, Esteban. Perdona la demora. No he tenido un segundo libre entre las clases del instituto y los compromisos en la congregación. Espero que tu semana vaya bien".
Fue un mensaje breve, educado y terriblemente frustrante. Intenté llamarla, pero me mandó directamente al buzón de voz. Le escribí preguntándole si podíamos vernos para cenar el jueves.
"El jueves es imposible", respondió tres horas después. "Tengo culto de oración y luego clase de piano. El miércoles tengo ensayo, el sábado lidero el grupo de jóvenes y el domingo paso el día en la iglesia. Quizá el viernes, si no surge un evento de último minuto".
Me quedé mirando el mensaje. ¿Culto de oración? ¿Ensayo? ¿Jóvenes? Su agenda parecía el despliegue logístico de una campaña militar.
Aira
Cerré mi Biblia y me froté las sienes. El examen de homilética me estaba drenando las energías, y todavía tenía que preparar la dinámica para los cincuenta jóvenes que vería el sábado. Mi teléfono volvió a vibrar sobre el escritorio. Era Esteban.
"¿Cómo es posible que tu agenda esté más apretada que la de un CEO? Me rindo. Dime cuándo y dónde puedo verte, aunque sean diez minutos".
Sonreí a pesar del cansancio. Podía imaginarlo en su oficina de cristal, caminando de un lado a otro, desesperado porque no podía controlar mi tiempo. Me gustaba que sufriera un poco; le venía bien entender que mi vida no giraba en torno a su órbita.
"No soy un CEO, Esteban", escribí. "Soy una servidora. Y mi Jefe tiene prioridades muy claras. Si de verdad quieres verme, ven a la salida de mi clase de piano el jueves. Son solo quince minutos antes de que mi padre pase por mí, pero es lo que tengo".
Esteban
El jueves a las 8:45 p.m., estaba estacionado frente a un pequeño conservatorio de música en una zona tranquila de la ciudad. El motor de mi coche ronroneaba, un sonido fuera de lugar en esa calle silenciosa.
Cuando la puerta se abrió, ella salió cargando una mochila llena de libros y un estuche de partituras. Se veía cansada, con ojeras suaves bajo los ojos, pero cuando me vio, su rostro se iluminó con esa luz que me hacía sentir que todo el esfuerzo valía la pena.
Caminé hacia ella, respetando la distancia de seguridad que habíamos pactado.
—Empiezo a creer que eres un mito, Aira —dije, tratando de sonar casual aunque el corazón me martilleaba el pecho—. He tenido que pedirle audiencia a tu agenda como si fueras un jefe de estado.
—Te lo advertí —dijo ella, soltando un suspiro y apoyándose contra la pared del edificio—. Mi vida no es solo mía, Esteban.
—Lunes estudio, miércoles culto, jueves oración, sábado jóvenes... —recité de memoria—. ¿Cuándo descansas, Aira? ¿Cuándo eres simplemente una chica de veinticuatro años que quiere ir al cine o tomar un helado?
Aira me miró con una profundidad que me hizo sentir superficial.
—Para ti, esto parece una carga, ¿verdad? —preguntó suavemente—. Una lista de tareas religiosas. Pero para mí, Esteban, esto es lo que me mantiene viva. El lunes mis amigas me sostienen, el miércoles la música me conecta, el sábado los jóvenes me recuerdan por qué Dios me dio una segunda oportunidad. No es "trabajo". Es mi cimiento.
Me quedé callado. Como arquitecto, entendía de cimientos, pero ella estaba hablando de una estructura que no se veía con los ojos.
—Siento que tengo que competir contra Dios por tu tiempo —confesé. Con una ligera sonrisa.
—No es una competencia, Esteban —respondió ella, dando un paso corto hacia mí, aunque todavía lejos—. Dios es el dueño de la casa. Tú... tú eres un invitado que acaba de llamar a la puerta. Y a los invitados se les recibe bien, pero no se les entrega la llave el primer día.
En ese momento, la camioneta de su padre dobló la esquina. Las luces iluminaron el callejón.
—Tengo que irme —dijo ella, recogiendo sus cosas.
—Aira, espera —la detuve con la voz—. Mañana es viernes. Dijiste que a veces descansas. Déjame invitarte a algo que no sea una cena lujosa ni una fiesta. Solo... un paseo. Sin presiones. Prometo no burlarme de tu agenda nunca más.
Ella me miró, y por un segundo, vi a la Aira que también necesitaba un respiro, a la chica que disfrutaba de la risa y la compañía.
—Mañana no hay evento en la iglesia —dijo con una sonrisa tímida—. Pasa por mí a las siete. Pero prepárate, Esteban. No voy a ponerme un vestido de gala.
—Mejor —respondí—. Solo quiero que seas tú.
Vio cómo subía a la camioneta y saludaba a su padre. Me quedé allí, solo en la acera, dándome cuenta de que por primera vez en mi vida, no me importaba ser el "invitado". Estaba dispuesto a esperar en la puerta todo el tiempo que hiciera falta, con tal de que ella fuera quien la abriera.
Mañana no era solo una cita. Era la prueba de que podía encajar en una vida donde yo no era el centro, sino solo una parte de una estructura mucho más grande y sagrada.