Cimientos Eternos

El Coeficiente de Expansión 

Esteban

La seguridad es una ilusión que los arquitectos vendemos muy cara. Construimos con acero y piedra para convencer al mundo de que nada se moverá, pero la verdad es que todo material tiene un coeficiente de expansión: bajo la presión o el calor adecuados, hasta lo más sólido se deforma.

Mi "calor" personal tenía nombre y apellido: Marcos.

Marcos era mi amigo. Habíamos compartido obras, proyectos y confidencias durante años. Pero desde que Aira entró en escena, algo en la geometría de nuestra amistad había cambiado. Marcos siempre había sido el "tipo sensible", el que se interesaba por la filosofía y la espiritualidad sin llegar a comprometerse con un banco de iglesia cada domingo. Y esa era precisamente la raíz de mi inseguridad: él podía hablar el lenguaje de Aira sin parecer un fanático, y podía estar cerca de ella sin la barrera de "el arquitecto cínico" que yo mismo me había construido.

Llevaba tres días viendo cómo se enviaban mensajes. Aira mencionaba a Marcos con una frecuencia que me erizaba la piel. "Marcos me recomendó este libro", "Marcos me ayudó a entender este concepto".

El lunes por la noche, mientras esperaba a Aira a la salida de su estudio bíblico, vi la grieta en mi muro de carga. Marcos estaba allí, apoyado en su auto, esperándola con una carpeta en la mano.

—¡Marcos! Qué bueno que viniste —dijo Aira al salir, con una sonrisa que me pareció demasiado brillante para ser solo "amistosa".

—Te traje los apuntes sobre la historia del arte sacro que mencionamos el otro día —dijo Marcos, entregándole la carpeta con una familiaridad que me revolvió el estómago. Le puso una mano en el hombro, un gesto breve, de apoyo

Me bajé del auto, tratando de que mi zancada fuera firme y no apresurada.

—Buenas noches —dije, inyectando toda la autoridad que pude en mi voz.

Aira se giró, sorprendida. —¡Esteban! Mira, Marcos es un sol. Me trajo un material increíble. Es información interesante.

—Lo sé —respondí, estrechando la mano de Marcos con una presión innecesaria—. Marcos siempre ha tenido talento para recolectar información útil. ¿Cómo estás, amigo?

Marcos me miró con esa calma exasperante. Él me conocía. Sabía leer mis estructuras mejor que nadie porque él mismo me había ayudado a levantar muchas de ellas. —Bien, Esteban. Solo quería darle esto a Aira. Ella hace que uno quiera aprender más sobre estas cosas, ¿no crees?

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Durante el camino a su casa, el silencio en el auto era denso. Aira revisaba los apuntes de Marcos con entusiasmo.

—Marcos es muy atento, ¿no crees? —preguntó ella, ajena al incendio que yo llevaba por dentro—. Me sorprende que alguien que no asiste formalmente a la iglesia tenga tanta sensibilidad por las cosas de Dios.

—Es un buen tipo —logré decir, aunque las palabras se sentían como arena en mi boca—. Pero recuerda que él... bueno, él ve todo esto como un interés intelectual. Para él es teoría, Aira.

—A veces la teoría es el primer paso al corazón, Esteban —respondió ella suavemente, cerrando la carpeta—. No lo subestimes. Marcos tiene un alma muy noble.

Quise decirle que me molestaba su cercanía. Quise reclamarle que Marcos no tenía derecho a invadir nuestro tiempo. Pero la sombra de mi pasado como hombre controlador apareció frente a mí. Si expresaba mis celos, si intentaba "marcar territorio", Aira vería en mí al hombre del que huía. Me vería como una prisión, no como un refugio.

—¿Estás bien? —preguntó ella, notando mi mano apretando el volante—. Estás muy tenso.

—Solo es el trabajo —mentí, odiándome por hacerlo—. La Torre Norte me está dando problemas con los cimientos.

—A veces los problemas de cimientos se resuelven dejando que la estructura se asiente sola, Esteban —dijo ella con una mirada que me hizo sospechar que sabía perfectamente lo que me pasaba—. No intentes forzar cada pieza en su lugar.
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Me quedé mirando cómo entraba a su casa. La inseguridad era un ruido sordo que no se apagaba. Marcos no era un extraño; era mi amigo, y eso lo hacía peor. Él sabía cómo hacerme reír, sabía mis defectos y, lo más peligroso de todo, sabía cómo ser el hombre que Aira necesitaba sin el esfuerzo que a mí me costaba.

Esa noche, en mi departamento, no pude dormir. Me di cuenta de que mi mayor reto no era construir un edificio, sino aprender a dominar mis impulsos de posesión. Aira no era un proyecto que pudiera proteger bajo llave.

Tenía miedo de que la afinidad de Marcos con sus intereses terminara por desplazarme. Pero sabía que, si abría la boca para quejarme, la perdería. Así que decidí callar, tragándome el veneno de los celos, mientras me preguntaba si Marcos, mi "mejor amigo", estaba construyendo un puente hacia ella justo por encima del abismo que yo intentaba cerrar.

Mañana sería martes de tareas. Ella estaría estudiando. ¿Estaría hablando con Marcos por mensaje sobre aquellos apuntes? La duda era una termita comiéndose mi confianza. Tenía que dominarme, o los celos terminarían por demoler lo poco que habíamos logrado levantar en aquel jardín.




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