Aira
El teléfono vibró sobre mi Biblia a las siete de la tarde. No era un número que tuviera guardado, pero algo en la insistencia del timbrado me hizo contestar.
—¿Aira? —La voz al otro lado estaba rota, al borde del abismo—. Soy Adriana... la hermana de Esteban. Perdona que te llamé así, conseguí tu número con mi madre. Por favor... necesito ayuda. Leo no... él no está bien.
De fondo, escuché un grito agudo, un sonido de pura angustia sensorial que me atravesó el pecho. Conocía ese sonido. Era el grito de un niño cuya realidad se había fragmentado y no encontraba cómo armarla de nuevo.
—Voy para allá. Llego en quince minutos. — Tome mis llaves a prisa y me puse los primeros zapatos que encontré en el camino
La Crisis
Cuando entré en la mansión de los padres de Esteban, la atmósfera era sofocante. Adriana estaba sentada en el suelo del pasillo, con el rostro escondido entre las manos. Los especialistas habían sugerido técnicas de contención y horarios rígidos, pero cuando el sistema nervioso de un niño colapsa, los manuales a veces se quedan cortos.
Leo estaba en su habitación, en un rincón, golpeando rítmicamente sus manos contra sus oídos.
No entré con prisa. Me senté en el suelo, a unos metros de él, y empecé a cantar en voz muy baja un himno que mi madre me cantaba cuando yo era pequeña. No lo miré directamente. Simplemente ocupé el espacio con una vibración de paz.
Poco a poco, los gritos de Leo bajaron de intensidad. Le extendí mi mano, palma hacia arriba, sobre la alfombra. Pasaron diez minutos de un silencio denso hasta que sentí sus pequeños dedos rozar los míos. Leo se arrastró hacia mí y apoyó su cabeza en mi regazo. Sus sollozos eran ahora respiraciones profundas.
—Ya pasó, pequeño —susurré, acariciando el aire sobre su espalda
El Estallido
Adriana entró en la habitación con los ojos rojos, mirándonos con una gratitud que no necesitaba palabras. Pero la calma duró poco. El sonido de un motor rugiendo en la entrada y el portazo de la entrada principal nos sobresaltaron.
Esteban entró en la habitación. Su presencia era como una descarga eléctrica, pero no de la buena. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de romperse y sus ojos grises estaban oscurecidos por una rabia que no era para nosotros.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó. Su voz no era cariñosa; era defensiva, casi hostil.
—Tu hermana me llamó, Esteban. Leo tuvo una crisis —respondí, sin levantarme para no inquietar al niño.
—Deberías haberme avisado a mí —dijo él, ignorando a Adriana—. No tienes por qué cargar con los problemas de mi familia.
—No es una carga, Esteban —dije con firmeza.
Él no respondió. Dio media vuelta y salió al pasillo. Escuché cómo Adriana intentaba hablarle, pero él la cortó con una frase hiriente sobre "perder el control de todo". Me quedé helada. Ese no era el Esteban que me había abierto la puerta del auto el viernes.
La Verdad de Marcos
Diez minutos después, mientras Leo finalmente dormía, mi teléfono vibró con un mensaje de Marcos.
"Aira, lo siento. Esteban y yo acabamos de tener una pelea horrible en la oficina. Me reclamó cosas que no tienen sentido. Sus celos lo sobrepasaron... Me duele que piense así de mí, y sobre todo de ti. Yo te quiero, Aira, eres mi amiga y te respeto demasiado como para interponerme en lo que sea que tengan, pero él no lo entiende. Cree que el mundo es una competencia de propiedad".
Sentí un peso en el estómago. Miré hacia el pasillo donde Esteban caminaba como un animal enjaulado.
Salí de la habitación y lo confronté en el estudio.
—Hablé con Marcos —solté sin anestesia.
Esteban se detuvo en seco. Sus ojos se clavaron en los míos, cargados de una mezcla de vergüenza y desafío.
—¿Ah sí? ¿Y qué te dijo el "buen amigo" Marcos? ¿Que soy un monstruo posesivo?
—Me dijo que te desconocía —respondí, acercándome a él—. Esteban, Marcos es tu amigo. Y lo que es peor, es mi amigo. Lo que él siente por mí ha mutado en una amistad hermosa porque él respeta mi fe y mi camino. ¿Por qué tú, que dices que quieres conocerme, eres el único que no confía en mí?
—¡Porque él tiene todo lo que yo no tengo! —estalló Esteban, golpeando el escritorio—. Él entiende tus libros, él entiende tus charlas, él no tiene que fingir que le interesa lo que haces. Yo tengo que luchar cada segundo para no sentir que te estoy perdiendo ante alguien que es "más afín" a ti.
Me quedé en silencio, mirándolo. La arquitectura perfecta de su confianza se había desmoronado ante un simple sentimiento humano: el miedo a ser insuficiente. Pero en mi una de sus palabras si me afecto “él no tiene que fingir que le interesa lo que yo hago” sabía que nuestros mundos son distintos, pero duele escucharlo.
—Si crees que mi afecto se basa en quién tiene mejores apuntes de historia, es que no has entendido nada de lo que soy —dije con una voz que me dolió hasta a mí—. Yo no soy un edificio que puedas proteger con muros, Esteban. Soy una mujer libre. Y si tus celos van a ser el material con el que quieres construir esto, entonces mejor deja de poner ladrillos.
Esteban bajó la mirada, con los hombros caídos. El silencio en la mansión era ahora insoportable. Él se había convertido en el arquitecto de su propia soledad, y yo, por primera vez, no sabía si mis oraciones serían suficientes para reparar una estructura tan dañada por el orgullo.